Un fragmento de cráneo de hace 15.800 años hallado en el yacimiento de
Pinarbasi, en el centro de Turquía, pertenece a un perro y no a un lobo, según una investigación genómica que adelanta en 5.000 años la prueba más antigua de convivencia entre perros y personas.El fósil corresponde a un cachorro de sexo femenino, informan los investigadores en
Nature, donde hoy presentan sus resultados. Su análisis isotópico demuestra que había comido pescado y el estudio arqueológico indica que fue enterrado deliberadamente, lo que sugiere una relación estrecha con las personas con las que vivía.Los autores de la investigación, liderada por el Museo de Historia Natural de Londres, han analizado también restos caninos de hace 14.300 años hallados en la Cueva de Gough, en el suroeste de Inglaterra. Han demostrado que corresponden a un perro y, sorprendentemente, que tiene un gran parecido genético con el cachorro de
Pinarbasi.Mandíbula de perro de hace 14.200 años hallada en la cueva de Kesslerloch (Suiza)Cantonal Archaeological Service (KASH) of Schaffhausen“Una población de perros genéticamente homogénea ya estaba ampliamente distribuida por Europa y
Anatolia” en aquella época, concluyen los autores del trabajo.Una segunda investigación que ha analizado 216 genomas caninos europeos de hasta 14.200 años de antigüedad, también presentada hoy en
Nature, llega a la misma conclusión. Los resultados demuestran que la separación entre el linaje de los perros y el de los lobos tuvo que producirse miles de años antes de esa fecha, cuando las sociedades humanas estaban organizadas en grupos de cazadores-recolectores durante la última glaciación, con un clima mucho más frío y seco que el actual.Los nuevos datos indican que los perros fueron los primeros animales que se domesticaron. Por comparación, se estima que la domesticación de los gatos se produjo hace unos 10.000 años en Oriente Próximo. La de ovejas y cabras, hace 9.000-11.000 años, también en Oriente Próximo, lo que supuso el origen de la ganadería. La de vacas y toros, poco más tarde, hace 8.000-10.000 años. Y la de los caballos, hace unos 5.000 años en la estepa del centro de Eurasia.Mandíbula de perro de hace 14.300 años hallada en la Cueva de Gough, en InglaterraAimee McArdle/NHMLondonLa fecha y el lugar donde se domesticaron los perros “continúan siendo un misterio”, declaró el martes en rueda de prensa
Pontus Skoglund, del Instituto Francis Crick en Londres, codirector de la investigación que ha analizado los genomas de 216 fósiles caninos.Se sospechaba que muchos de estos fósiles eran de perros, pero el parecido anatómico entre los perros del paleolítico y los lobos impedía afirmarlo. El análisis genómico ha permitido resolver las dudas, al igual que las ha resuelto para el cachorro de
Pinarbasi y el perro adulto de Gough’s Cave.Hasta ahora, la prueba genética más antigua de domesticación de los perros correspondía a un fósil de hace 10.900 años hallado en Carelia, en el norte de Rusia.Sobre la relación que tenían los cazadores-recolectores con los perros, “a partir de los datos genéticos no podemos decir mucho”, admitió Skoglund. “Pero el hecho de que muchas sociedades de cazadores-recolectores, con culturas diferentes, vivieran con perros sugiere que eran útiles para ellos”.“Es posible que les ayudaran para la caza o como sistemas de alarma”, añadió en la rueda de prensa Laurent Frantz, codirector de la investigación de los perros de
Pinarbasi y la Cueva de Gough. “También es posible que tuvieran algún vínculo [emocional], aunque tal vez no como lo tenemos con los animales de compañía hoy en día”. En cualquier caso, “había una interacción muy estrecha entre humanos y perros en el paleolítico”.Una prueba de esta relación estrecha la aporta una mandíbula canina hallada en la Cueva de Gough, que presenta una perforación esculpida deliberadamente tras la muerte del animal. Curiosamente, los restos humanos hallados en la cueva también presentan modificaciones producidas tras la muerte, algunas de las cuales se atribuyen a canibalismo y otras a prácticas rituales diferentes. Por el contrario, los fósiles de lobos hallados en la misma cueva no presentan alteraciones post mortem, señaló Frantz, para quien la perforación de la mandíbula del perro fue “un acto simbólico”. Además, al igual que en
Pinarbasi, los análisis isotópicos indican que los humanos y los perros de la Cueva de Gough comían lo mismo. “Nos sorprendió ver la estrecha relación [genética] entre los primeros perros pese a estar separados por más de 4.000 kilómetros. Esto indica que los primeros perros cambiaron las reglas del juego para los humanos y se expandieron rápidamente por Europa”, declara en un comunicado Greger Larson, de la Universidad de Oxford, coautor de la investigación sobre el cachorro de
Pinarbasi y el perro de la Cueva de Gough.Periodista de La Vanguardia especializado en ciencia y salud desde 1990. Coordinador del canal de información científica Big Vang. Colaborador de LaSexta, TV3 y RAC1. Ha sido miembro del Comité Científico Asesor de Covid-19 de la Generalitat de Catalunya