Durante décadas, la historia de nuestros ancestros se ha contado mirando hacia África oriental. Es en países como Kenia o Uganda donde se han concentrado los fósiles que han guiado el relato científico. Pero un nuevo estudio sugiere que los paleontólogos podrían haber estado buscando en el lugar equivocado. Un fragmento de mandíbula hallado en el desierto egipcio obliga ahora a redibujar uno de los capítulos clave de la evolución: el origen de los simios modernos y, en última instancia, el del ser humano.Cómo se reconstruye un árbol evolutivoEl protagonista es
Masripithecus moghraensis, una nueva especie de primate hallada en el yacimiento
Wadi Moghra, en el norte de Egipto, cuyo nombre —a partir de Masr y píthēkos— puede traducirse como “simio de Egipto”. Vivió hace entre 17 y 18 millones de años, en pleno Mioceno temprano, una época en la que África y Eurasia comenzaban a conectarse.Según el estudio publicado en Science, este primate se sitúa más cerca de los hominoideos modernos que otros simios fósiles contemporáneos. “Es una combinación de rasgos la que lo sitúa en esta posición”, explica el paleontólogo
Erik Seiffert, autor principal del estudio. “La mandíbula es muy profunda y robusta, más parecida a la de simios posteriores conocidos en Europa y
Asia, y presenta un desarrollo incipiente de una cresta transversal en la sínfisis”, detalla para La Vanguardia. A ello se suman unos molares con proporciones y superficies inusuales. “El segundo y el tercer molar tienen una longitud similar, a diferencia de los simios más antiguos del este de África, y son notablemente planos, con poco desarrollo de crestas”.Fragmento mandibular de
Masripithecus moghraensis con molar Hesham SallamPara entender la importancia del hallazgo hay que retroceder más de 25 millones de años. Fue entonces cuando la línea evolutiva de los simios y los humanos se separó de los monos del Viejo Mundo. Durante el Mioceno —entre hace 23 y 5 millones de años— los simios eran diversos y ampliamente distribuidos.Como señala un artículo de perspectiva publicado en la misma revista por los investigadores catalanes
David Alba y
Júlia Arias-Martorell, del
Institut Català de Paleontologia Miquel Crusafont, el estudio de especies más recientes, como los australopitecos, solo permite reconstruir “la historia más reciente del linaje humano”. Para comprender el origen real hay que mirar más atrás, hacia los simios antiguos que vivieron cerca del último ancestro común entre chimpancés y humanos. Ese punto de partida —añaden— es esencial porque marca “el inicio de la evolución humana”, pero sigue siendo en gran medida desconocido.Un cambio de escenarioLa importancia del hallazgo reside en su ubicación. El norte de África había sido, hasta ahora, un territorio casi vacío en el mapa de la evolución de los primates. Sin embargo, hace 17 o 18 millones de años, ese paisaje poco tenía que ver con el actual. “Los fósiles de
Wadi Moghra se depositaron a lo largo de una costa cambiante en el sur del Mediterráneo, en un entorno que probablemente incluía pantanos forestales de agua dulce muy distintos del Egipto actual”, explica Seiffert.Para situar a Masripithecus en el árbol evolutivo, los investigadores utilizaron un enfoque avanzado conocido como “tip-dating bayesiano”, que combina rasgos anatómicos, edad de los fósiles y datos genéticos de especies actuales. El análisis integró 268 caracteres morfológicos y más de 59.000 bases genéticas. El resultado sitúa a este primate como el pariente más cercano conocido de la línea que dio lugar a los simios modernos, cerca del punto de partida evolutivo de todos los simios actuales, desde los gibones hasta los humanos.El estudio apunta así a que los grandes simios podrían haberse originado en el noreste de Afro-Arabia, una región que incluye el norte de África, el Levante y el Mediterráneo oriental. Desde allí, aprovechando la reducción de barreras marinas, habrían podido expandirse hacia Eurasia.Un sesgo en el registro fósilEl trabajo también pone de relieve hasta qué punto la historia de la evolución puede estar condicionada por dónde se busca. “Es un problema claro”, reconoce Seiffert. “En evolución humana, por ejemplo, nadie habría imaginado que pequeños parientes humanos vivieron en la isla de Flores, en Indonesia”. Hallazgos como ese —y ahora el de Masripithecus— indican que “no podemos limitarnos a excavar siempre en los mismos lugares si queremos tener una visión más completa del pasado”.Aun así, los autores llaman a la cautela. El registro fósil sigue siendo fragmentario, y pequeños cambios en los datos pueden alterar las relaciones entre especies. El árbol evolutivo de los simios continúa siendo, en gran medida, un boceto en construcción.Más allá del fósilPor ahora, el conocimiento sobre el “simio de Egipto” se basa en una parte limitada de su anatomía. “Cualquier otro fósil del resto del esqueleto sería extremadamente importante”, subraya Seiffert. “Cuanto más sepamos de otras partes del cuerpo, mayor será la confianza en su posición evolutiva”.Lo que sí permiten inferir los dientes es parte de su modo de vida. “Tenía músculos masticatorios muy potentes y probablemente una dieta flexible basada en frutas, frutos secos y semillas duras”, explica el paleontólogo. Sin embargo, todavía se desconoce cómo se desplazaba o si pasaba la mayor parte del tiempo en los árboles o en el suelo. En todo caso, el descubrimiento recuerda que la evolución humana no es una línea recta que avanza desde un único punto, sino una historia con múltiples ramificaciones y aún llena de vacíos.