La tierra se resquebrajó a su paso. Con sus pedaladas separó el trigo de la paja. Yo, aquí, y allí, vosotros. La ley de Vingegaard no se hizo esperar. En la primera gran etapa de montaña de la Volta, destrozó la carrera. K.O. por aplastamiento.Un mundo se abrió entre el danés y el resto en el coll de Pal. La eterna subida dejó claro que hay un abismo que les distancia. El ritmo del jefe del
Visma fue demasiado para los demás, diminutos cuando quieren medirse con él. No están a su altura.No hay más verdad que esa. Esa es la realidad cuando no está Pogacar, su némesis, en liza. El dúo del
Red Bull están lejos, sea la baza Evenepoel o lo sea Lipowitz. A Onley aún le falta bastante, como a Skjelmose. A Almeida no le alcanza. A Pidcock, caído, ni se le vio, a casi media hora del vencedor.Casi no le hizo falta ni atacar para quedarse solo. Quien pueda que me siga. En menos de un kilómetro, el que va del siete al seis de la meta, no quedaba nadie a su rueda. Vingegaard se deshizo de todos en un santiamén. Por algo es doble ganador del Tour, por algo es el actual vencedor de la
Vuelta a España, por algo venía de arrasar en la
París-Niza. Y menos mal para sus rivales que no se llegó hasta arriba del todo, que el viento obligó a la organización a recortar 2 kilómetros la subida a Pal. El único que no perdió un minuto fue el buen escalador austríaco
Felix Gall (
Decathlon), que entró a 51 segundos. Nadie más aguantó el tipo.Cuando quiso, pasado el ecuador de la interminable ascensión de más de 15 km, se marchó. “Hej hej”. Adiós. Derrotó a la bicefalia del
Red Bull, que le quiso poner nervioso mandando por delante a Lipowitz, jugando a dos bandas. Evenepoel quiso seguirle y lo acabó pagando setecientos metros más adelante. Se tuvo que apartar. Igual que él todos los demás, el valiente Landa, el conservador Uijtdebroeks, el ligero Paret-Peintre... Quizás Vingegaard no sea tan expansivo como Pogacar pero es igual de inmisericorde, tanto o más ambicioso, siempre hambriento y voraz cuando compite. No se dejen engañar por su tradicional saludo familiar a cámara faltando 45 kilómetros. Después se vestirá de lobo. Después llegará su sentencia, dominando con puño de hierro.Y una vez el destrozo está hecho, con la meta ya a la vista, de nuevo la cara más amable del campeón, su versión más achuchable. Tres besos al manillar, uno para cada uno de sus dos hijos, y otro para su pareja. Y un último beso en el anillo de su mano derecha como dedicatoria. Un ritual que le humaniza, que le acerca a la afición.“Para ser honesto no esperaba estas diferencias con los rivales. Estoy muy contento con las ventajas”, afirma al vestirse de líder, al lucir por primera vez el maillot franjiverde de la Volta, una carrera en la que debuta y que valora. “La Volta es una gran carrera, no es una preparación para nada, a mí me gusta ganar las buenas carreras. Por eso estoy aquí”, asegura cuando le preguntan si está en el buen camino para el Giro. Pero él no piensa aún en Bulgaria en la salida de la corsa rosa, su objetivo es ir “a por otra etapa” en la ronda catalana. En Queralt, tras subir Pradell, exactamente como este sábado, ganó Pogacar en el 2024. Detalles que seguro que no se le pasan por alto a un Vingegaard que ya sabe que entre él y el mundo hay un abismo. Periodista que cubre la información de Deportes en La Vanguardia desde 2006. Vibra con el fútbol y el ciclismo. Asiduo del Camp Nou, de Castalia y de los puertos del Tour