Los ucranianos, los rusos, los gazetíes, los israelíes, los iraníes, los sudaneses y unos cuantos pueblos más saben que están en guerra. Es su pan de cada día. Caen las bombas; los ataques con drones y misiles no cesan; las casas, escuelas y hospitales se convierten en escombros; todo escasea; y la gente, cada vez más gente muere. Los estadounidenses también están en guerra, pero como si de un videojuego se tratase.Y nosotros aquí en la miedosa, desorientada y desunida UE, ¿estamos en guerra? Se diría que no, al menos no oficialmente. No enviamos a nuestros jóvenes al frente a matar y a morir. De modo que aún podemos permitirnos el lujo de gritar “No a la guerra” y quedarnos tan panchos, limitándonos a contribuir a la causa con el envío de municiones, dinero, alimentos y medicamentos, a los que sí se juegan el tipo para salvaguardar nuestro bienestar. ¿Pero hasta cuándo?Que los principales propulsores de las guerras en danza sean Putin, Trump y Netanyahu, invita a reflexionar sobre la absurdidad de éstas y su incierta finalidad, como, por otra parte, siempre ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad. En todo caso, al parecer, las hostilidades sólo pararán el día que Donald Trump declare la victoria, y aquí paz y después gloria. Mientras tanto…El novelista polaco
Joseph Conrad, que escribía sus novelas en inglés, pone en boca de Marlow, el personaje que narra su viaje al corazón de las tinieblas, esta descripción de lo que veía al navegar por la costa occidental de África, de eso hace más de ciento veinticinco años.“Recuerdo que una vez nos encontramos con un barco de guerra anclado frente a la costa. No había ni un cobertizo allí, y estaban bombardeando la maleza. […] Allí estaba, en la vacía inmensidad de tierra, cielo y agua: incomprensible, disparando contra un continente. ¡Pum! […] Había algo de insensato en toda la maniobra; una sensación de lúgubre bufonada en el espectáculo, que no se disipó poque alguien a bordo me asegurara seriamente que había un campamento de indígenas (¡los llamaba enemigos!) oculto en alguna parte”.Los hombres de la guerra, ahora y siempre, se rodean de aduladores y sicofantes, que es precisamente lo que les impide ver la realidad o la crudeza de sus acciones. Como bien sabe hasta el último lacayo, para sobrevivir hay que rendir pleitesía al comandante Supremo, que no necesariamente ha de ser un hombre.Tomen el caso del príncipe Grigory Potempkin, el todopoderoso valido de la zarina Catalina la Grande, que era alemana. En 1887, el príncipe organizó un convoy de dorados carruajes para transportar a la zarina y su séquito a la recién conquistada península de Crimea, tras un simpático crucero por el río Dniéper y la travesía de la inmensa estepa amenizada por el acompañamiento de miles de cosacos del Don, la caballería de tártaros crimeos y un regimiento de amazonas traídas especialmente desde la región conocida en la antigüedad como Escitia, todas ellas ataviadas a la manera descrita por Heródoto.A fin de que la zarina no crease que atravesaba un páramo despoblado, el príncipe mandó se construyesen unos falsos pueblos de lona, que en lontananza parecían real. Tal vez se trataba tan sólo de un engaño piadoso para el mayor regocijo de su señora. Tal vez. Lo que pasa es que, ahora, anda Donald Trump rodeado de sicofantes que hacen que Potempkin parezca un aficionado.Pero si tan perniciosas y destructivas son las guerras que ha provocado o en las que participa Trump, a largo plazo tanto o más serán las consecuencias de su ataque frontal contra las más elementales reglas de la diplomacia internacional. Sin ellas, no hay más que caos, como asimismo ocurre cuando se salta a la ligera las bases fundamentales de la democracia o el espíritu de la Constitución.Las guerras son cada vez más mortíferas, sí, pero no menos absurdas que aquel buque francés bombardeando la maleza que vio Conrad camino de ocupar su puesto en el corazón de las tinieblas. Una sensación de lúgubre bufonada en el espectáculo se apodera del mundo.