El mundo de los hombres está cada vez más feo, confuso y violento, comandado por energúmenos pornográficamente enamorados de sí mismos, gente que nos está haciendo tanto daño. En tiempos así hay que cuidar los rincones donde la belleza sigue abriendo sus alas. Jardines privados donde la paz vuelve a darnos un abrazo. Hoy querría hablarles de un oasis portugués, en un momento de tantos desiertos: la música. Créanme: hay melodías lusas capaces de acallar, en nuestro interior, el eco del actual estrépito de las guerras.Y no les hablo de música erudita.
Portugal no tiene un Bach, un Mozart o un Beethoven. Existe una buena polifonía renacentista y hay, también, varios compositores clásicos muy estimables, en distintas épocas de nuestra historia (
Carlos Seixas,
Domingos Bontempo,
Joly Braga Santos…). Pero la música que cuenta es la que brota de la vida del pueblo, como nacen ahora en el campo margaritas y amapolas.
Portugal es un país que canta. Por todas partes, la vida se transforma en melodía. En los sesenta,
Lopes Graça, compositor portugués, y el corso
Giacometti recorrieron el país, grabando esa música que flota en el aire y el resultado fue una edición mítica: seis discos de vinilo con portadas de arpillera.Un mural sobre el fado en un rincón de Lisboa Apeyron / Getty ImagesEn
Portugal, la música siempre nos ha hecho compañía. La literatura lusa arrancó, entre 1200 y 1350, con las cantigas gallegoportuguesas que se presentaban en espectáculos musicales. La musicalidad viajó con nosotros en la expansión marítima. Aún hoy en
Nagasaki, en las fiestas de la ciudad, se cantan tonadillas populares portuguesas con letra nipona. Da repelús escuchar, al otro lado del mundo y en una lengua tan extraña, melodías de toda la vida que uno coreaba de crío. En Oceanía, el nostálgico ukelele nació de nuestras guitarras pequeñas, con cuatro cuerdas, de la familia de los cavaquinhos, trasplantadas para el Pacífico. No es, pues, una casualidad que la revolución de los claveles de 1974 se haya asociado íntimamente con una canción: la célebre Grândola, vila morena, de
José Afonso, que se emitió por radio como señal para el arranque de la rebelión de los capitanes. La alerta general se transmitió antes, también por radio, con otra canción: E depois do adeus, interpretada por
Paulo de Carvalho.El vigor de la música lusa es tan grande que, sin que el Estado mueva un dedo, ella misma crea sus ecosistemas, en los que se mantiene pujante: surgió así ese laberinto nocturno de tabernas y restaurantes lisboetas en los que se canta el fado. De cuando en cuando, uno de estos murciélagos sonoros se transforma en estrella nacional y, cuando hay mucho talento, trabajo y suerte, en referencia internacional. Pero todo esto lo alimenta un humus de gente que canta por las noches, después de haber trabajado durante el día. En el fondo, cada realidad social del país construye, para sí misma, un espejo musical, que puede ser un grupo folklórico, una filarmónica local, una banda roquera, una tuna de estudiantes o, incluso, un Torrente luso de micrófono en puño, voceando lo que por aquí llamamos música pimba. Casi todas las demás artes las controla la élite nacional, pero la música es del pueblo, de la gente. Nuestro más exacto retrato son nuestras canciones.Las casi lágrimas que uno llora escuchando a
José Afonso, Fausto o A Garota Não nos lavan el alma¿Cómo se frota esta lámpara de Aladino para disfrutar de su magia? Yo empezaría por los cantautores de los años sesenta, setenta y ochenta, unos tipos que recorrían el país coreando sus emociones y sus ideas, muchas veces sin cobrar un duro. En un tiempo de eficaces plataformas musicales en red, saboreen, por ejemplo, la infinita sensibilidad de la voz de
José Afonso en esa obra maestra que es el álbum Cantigas de Maio, de 1970. No hay recoveco emocional al que no lleguen sus aleteos vocales. Otro cantautor magnífico es Sérgio Godinho: el terciopelo irónico de su voz nos hechiza en discos como Pano-cru (1978) o Canto da Boca (1981). Y después está ese monumental doble LP de 1982 titulado Por este rio acima, donde los ritmos populares lusos se entremezclan con sonoridades africanas y orientales: una obra inolvidable inspirada en los relatos del mítico viajante luso del siglo XVI Fernão Mendes Pinto.Para cerrar esta consoladora sesión musical, nada como escuchar Movimento perpétuo (1971), de Carlos Paredes, el intérprete que elevó a su mayor altura la guitarra portuguesa, cuya sonoridad barroca, metálica, de cristal que se rompe, es algo único. Después todo consiste en seguir viajando por otros discos y autores, como José Mário Branco o Vitorino. Por fin, podemos comprobar que la tradición del cantautor luso ha renacido en clave femenina en la voz de humo de Cátia Mazari Oliveira –nombre artístico: A Garota Não–, entonando su magnífica Canção sem final (2022).Porque la música portuguesa es tan potente, seguramente el lector ya se ha topado con alguna de sus grandezas (la fadista Amália Rodrigues, Carlos do Carmo, Dulce Pontes o Madredeus, por ejemplo). Para mí, la música de mi país siempre ha sido un bálsamo. A menudo una melodía nos salva del desastre. Las casi lágrimas que uno llora escuchando a
José Afonso, Fausto o A Garota Não nos lavan el alma. La buena música, al fin y al cabo, es una de las trincheras de la dignidad humana. Nos vuelve a dar esa voz que estamos perdiendo. Uno se entrega a ella y es como si cobrara altura para aguantar las torturas presentes. Ya estamos listos para soportar el próximo telediario, la próxima sombra en nuestro horizonte, porque sabemos que la oscuridad no tendrá jamás la última palabra.