A priori, puede resultar extraño que hablemos en Historia y Vida de un largometraje como Siempre es invierno. Dirigida por
David Trueba, esta película ha logrado situarse entre las más vistas en
Netflix contando una historia de amor entre un arquitecto paisajista y una mujer mayor que él. Y, si todo hubiera sido eso, ustedes no estarían leyendo estas líneas, naturalmente. Pero resulta que el citado arquitecto, Miguel, interpretado por
David Verdaguer, tiene la osadía de lanzarse a un breve monólogo sobre la antigua
Roma mientras la otra protagonista del relato, Olga, encarnada por
Isabelle Renaud, conduce escuchando el prolijo discurso de su acompañante, que dice así: “En las casas de los nobles romanos ponían unas piedras planas en la entrada para que la gente se sentara a esperar hasta que les dejaran presentar sus peticiones. Así que los bancos públicos son, en origen, una deferencia hacia los más humildes.”Dada la repercusión de la película, tales afirmaciones no podían quedar fuera de nuestro análisis, así que hemos rastreado en los archivos de la historia en busca de la realidad sobre los bancos romanos que, vaya por delante, si bien no fueron una invención de esta civilización, sí tuvieron mucha relevancia en sus calles. Ahora bien, que fueran una deferencia a los más humildes o estuvieran siempre hechos con piedras planas no parece del todo cierto… ni completamente falso.Lo que sabemos de los bancosEs bien conocido que los romanos hacían mucha vida en la calle. Comían a menudo en el exterior, discutían en el foro y se acuchillaban en un callejón oscuro cuando tocaba. En este contexto, resulta evidente que también se sentaban a charlar, y solían hacerlo en las escalinatas de los templos o, en su defecto, en bancos pegados a las fachadas de las casas. Pero este tipo de mobiliario urbano no era parte de una iniciativa pública como tal.Lo explica perfectamente el arqueólogo
Jeremy Hartnett en The Roman Street: Urban Life and Societi in Pompeii, Herculaneum and Rome, obra en la que dedica todo un capítulo a los bancos. Gracias a sus investigaciones en los yacimientos de
Pompeya y
Herculano, Hartnett ha documentado al menos cien bancos situados frente a sesenta y nueve propiedades distintas, y no solo construidos con piedras planas, como sugiere Siempre es invierno, sino con elaboraciones diversas, llegando a medir casi diez metros de largo en algunos casos.
Herculano, antigua ciudad romanaEuropa PressEstas obras, de diversa mampostería, eran, por lo general, sufragadas por el capital privado de los propietarios de las viviendas en cuyas fachadas se construían, destinándose a uso del público, pero sin ser realmente públicos. Es más, según la legislación vigente, eran los dueños de los bancos adosados a sus fachadas quienes debían mantenerlos. Es justo en este punto en el que la película de
David Trueba se acerca bastante a la realidad de los bancos y a su protagonismo en un ritual muy romano.Redes clientelaresMucho se ha escrito sobre el ritual de la salutatio, una costumbre que, muy resumidamente, podemos definir como la visita que realizaban a los aristócratas ciudadanos que recibían el nombre de “clientes”. Básicamente, estas personas buscaban favores del poderoso de turno y éste, a cambio, recibía su lealtad incondicional, que fundamentalmente se traducía en apoyo político, pero que, en ocasiones, implicaba el uso de la violencia para proteger a su patrón.Pues bien, tal y como recoge el historiador Pedro Ángel Fernández Vega en La casa romana, en torno a ese ritual de la salutatio “algunos patronos añadían bancos macizos de fábrica a lo largo de la fachada” de sus domicilios, “para hacer más llevadera la situación a los clientes”. “La situación” era, a menudo, una larga espera hasta ser atendidos por aquel a quien querían presentar sus respetos, ya que, dependiendo de la importancia del noble romano, podía uno toparse con una larga cola de clientes acudiendo a su encuentro. Así que, con esto como base, podemos sostener que Siempre es invierno acierta al indicar que los bancos eran una deferencia a los más humildes. Eso sí, detalle proveniente de gentes poderosas que, a su vez, se beneficiaban de los servicios de sus subalternos en el clientelismo.Pero aquí, nuevamente, tenemos que matizar lo dicho, pues no solo se erigieron bancos en las fachadas de los poderosos. Así, en
Pompeya ha quedado acreditada la existencia de multitud de bancos pegados a comercios o tabernas, e incluso adosados a edificios habitados por múltiples inquilinos. No obstante, estos bancos no podían, en ningún caso, obstruir las calles, norma que, según las pruebas arqueológicas con las que contamos, algunos romanos se saltaban alegremente.Restos de la ciudad de
Pompeya TercerosJeremy Hartnett tiene una teoría para esta infracción: la publicidad. Y es que, según el arqueólogo, colocar un molesto banco junto a una panadería podía obligar al transeúnte a fijarse en el negocio y, llegado el caso, interesarse por la mercancía. Estrategia comercial que completamos con una última nota de color, la de los grafitis grabados en el mobiliario urbano que nos ocupa, con mensajes como “aquí el amor tiene sed”. Unas palabras que indican que, probablemente, los bancos también servían en determinadas horas del día para mantener relaciones sexuales al aire libre.Tras esta exposición, podemos concluir que el pequeño monólogo de David Verdager en Siempre es invierno resulta, por lo general y con ciertos matices, bastante acertado. Lo que desconocemos es si tamaño despliegue de sapiencia resultó determinante para seducir a la mujer que el actor ama en la ficción. Eso ya que lo aclare Trueba.