Venecia, junio del año pasado. En la plaza de San Marcos, entre turistas y teléfonos en alto, apareció una pancarta de dimensiones obscenas: el rostro de
Jeff Bezos, ampliado hasta lo grotesco, acompañado de una frase tan simple como eficaz: “Si puedes alquilar una ciudad para tu boda, puedes pagar más impuestos”. No era una broma ni una anécdota local. Formaba parte de una serie de acciones coordinadas que lograron, entre otras cosas, desplazar al menos uno de los eventos del enlace. El grupo responsable de aquella acción no buscaba impedir que se celebrase, sólo incomodarlo. Obligar a Bezos a pensar durante un segundo en cómo era percibido. Un año después, prepara una nueva intervención para el próximo cuatro de mayo durante la
Met Gala en
Nueva York.El colectivo se hace llamar
Everyone Hates Elon por Musk, y surgió hace aproximadamente dos años como una forma de activismo adaptada a la economía de la atención. Más que organizar boicots tradicionales, diseña intervenciones pensadas para circular: imágenes de gran formato, mensajes directos y una capacidad notable para convertir el rechazo en contenido viral. Sus primeras acciones respondían a la creciente exposición política del empresario, incluyendo campañas que permitían donar a causas contrarias a sus posiciones por cada publicación polémica. Desde entonces, el foco se ha desplazado hacia Bezos, aunque en paralelo financiaron otra intervención frente al
Castillo de Windsor coincidiendo con la visita de
Donald Trump con una imagen del presidente junto a
Jeffrey Epstein. La gala del Costume Institute ofrece algo más ambicioso: visibilidad global, una audiencia cautiva y un sistema (el de la moda) que depende, en gran medida, de la admiración que consigue generar.
Lauren Sánchez y
Jeff Bezos el fundador de AmazonGetty Images/Christian DiorEste año,
Jeff Bezos y
Lauren Sánchez Bezos no solo figuran entre los asistentes a la
Met Gala, también son los principales patrocinadores y, según se ha ido conociendo de forma fragmentada, sus copresidentes honorarios. No fue un anuncio directo: en noviembre se comunicó su papel como mecenas; en diciembre su presencia desapareció de las comunicaciones clave y en febrero reapareció, casi de forma secundaria, ligada al anuncio del código de vestimenta, que omitía cualquier mención explícita a su patrocinio en los canales más visibles. En ese momento la propia Sánchez afirmaría en la
CNN que la invitación incluía desde el inicio ese doble rol. No es tanto una contradicción como una forma de gestión de las comunicaciones: dosificar la visibilidad de una alianza que parece generar incomodidad dentro y fuera de la organización.Ante el estado de las cosas hay quien percibe incoherencias en la posición de Anna Wintour, que lleva más de tres décadas definiendo qué es la
Met Gala. Desde mediados de los años noventa, la directora global de contenido de Condé Nast y directora editorial global de Vogue no es solo una anfitriona: decide la lista de invitados, el tono de la noche y, en gran medida, quién pertenece y quién no a ese espacio. Bajo su dirección, el evento dejó de ser una cena benéfica relativamente discreta para convertirse en el espectáculo global que es hoy. Árbitra de lo que se entiende como buen gusto, ha estado siempre alineada con el Partido Demócrata, recaudando fondos y apoyando activamente a candidatos como Barack Obama, Hillary Clinton o Joe Biden; y promoviendo una idea de la moda como espacio de influencia cultural y política con vocación progresista. Su respaldo a los Bezos (ahora que él aparece cada vez más vinculado a Trump y a un modelo empresarial cuestionado por sus prácticas fiscales y laborales) introduce una tensión que va más allá de lo estético. No se trata de quién financia la gala, se trata de qué tipo de poder se decide legitimar desde dentro. A las críticas respondió defendiendo públicamente a Sánchez Bezos, a la que dio una portada digital de Vogue con ocasión de su boda, subrayando su “amor por la moda” y agradeciendo su “generosidad”.Bezos lleva más de una década orbitando el evento. Su primer patrocinio se remonta a 2012, cuando participó como presidente honorario junto a MacKenzie Scott, su primera esposa. Volvió en 2019, ya en solitario, y su presencia se ha intensificado desde el inicio de su relación con Sánchez en 2019. La pareja debutó junta en la gala en 2024, en lo que se leyó como el inicio de una nueva etapa más sofisticada en términos de imagen. Desde entonces, su presencia en el ecosistema de la moda (han pasado por dos semanas de la moda de París) ha seguido una lógica cada vez menos espontánea.La cuestión es que la
Met Gala depende de algo frágil. No basta con que quienes la financian puedan pagar su presencia; es necesario que el público quiera mirarlos, que exista una forma de admiración, aunque sea distante. Ese principio se tambalea. Los ricos nunca habían sido tan ricos, ni tan impopulares. Mientras su patrimonio crece, la distancia con el resto del mundo se hace más evidente. No es solo la acumulación de riqueza, sino lo que representa: desigualdad, influencia desproporcionada en el debate público y una cercanía cada vez más explícita al poder político. Al caso de la riqueza tecnológica, además, se suma una paradoja: se basa en productos y servicios omnipresentes (
Amazon, las plataformas de Meta, X…) que generan rechazo, pero de los que resulta difícil sustraerse. Esa inevitabilidad convive con un creciente afán de visibilidad. No contentos con dominar el mercado; desean ocupar el espacio simbólico. Quieren ser vistos y celebrados.Durante décadas, la moda sostuvo la ficción de que el dinero no bastaba para entrar. El lujo funcionó como una extensión de la élite cultural, un espacio donde el dinero, sin tiempo y una cierta educación, no se transformaba en gusto y pertenencia. Quizá lo que estamos viendo ahora es el final de ese relato.A través de su campaña de donaciones abierta en redes, Everyone Hates Elon ha superado las 10.000 libras de un objetivo de 20.000, con cientos de aportaciones individuales destinadas a financiar acciones para el primer lunes de mayo: desde anuncios en marquesinas hasta proyecciones de gran formato en la ciudad. No es una cifra desproporcionada en el contexto de la gala que pretende interpelar. Pero tampoco es irrelevante. Su eficacia no depende del presupuesto, sino de la capacidad de insertar una idea en el momento y lugar adecuados.