El boxeo ha sido desde el principio de los tiempos el deporte de las oportunidades. Lo fue durante décadas para aquellos grupos étnicos que se encontraban en lo más bajo de la escala social. Abrazó y dio esperanza a la segunda generación de emigrantes irlandeses, italianos o judíos. Lo sigue haciendo con los hispanos. Y fue, en Estados Unidos, con casi medio siglo de adelanto, el único deporte, prácticamente la única actividad, que permitía que los afroamericanos prosperasen y que incluso alcanzaran el estatus de ídolos. Mientras el deporte estaba segregado y los deportistas negros no tenían acceso a las principales ligas de fútbol americano, baloncesto o béisbol, el boxeo convertía en ídolos de masas a campeones como
Henry Armstrong o
Joe Louis.
Bert Randolph Sugar escribía en 1997 que muchos jóvenes en entornos problemáticos abrazaron la Dulce Ciencia como vía de escape, como una escalera social que les sacaba de las duras calles que conformaban su limitado mundo. El boxeo es el deporte de la esperanza. Otro grande de los puños y las letras,
Phil Berger, defendía a finales de los ochenta que "el boxeo es un deporte de pobres; su historia está llena de atletas que trascendieron sus terribles orígenes. En muchos casos, el individuo adquiere conciencia de sí mismo y redirige su ira". Los tiempos, afortunadamente, han cambiado y en una gran parte se han roto esos patrones más propios de otras épocas. Ya no es extraño encontrar innumerables ejemplos de púgiles de orígenes acomodados. Pero sí, el boxeo ha estado históricamente vinculado a los sectores socioeconómicos más desfavorecidos, lo que en ocasiones ha generado las historias más sorprendentes y heroicas de superación. En este entorno, en el que imperan trayectorias individuales marcadas por los orígenes más adversos, hay historias tan increíbles que parecen de ficción. "El boxeo es un deporte de pobres; su historia está llena de atletas que trascendieron sus terribles orígenes", defendía
Phil Berger Es el caso de Matthew Franklin, también conocido como Matthew Saad Muhammad, nombre que eligió cuando, ya como campeón del mundo, se convirtió al islam siguiendo la estela que inició
Muhammad Ali y que luego continuaron otros muchos deportistas en los años setenta. Durante su carrera su apodo fue Miracle. No era para menos. El hombre milagro, como figura en el epitafio de su modesta tumba en el cementerio Ivy Hill de
Filadelfia. Y es que esta historia no podía tener otro escenario que no fuese
Filadelfia, la ciudad del amor fraternal, donde el boxeo es más auténtico y alcanza su mayor nivel. La de Matthew es una historia asombrosa de principio a fin, a mitad de camino entre un cuento de Dickens y el Rocky Balboa de las películas, quien también era de
Filadelfia. Pero, sobre todo, a Matthew se le recordará como uno de los boxeadores más excitantes de la historia, como un gran campeón mundial que libró inolvidables batallas, combates inverosímiles y que protagonizó inexplicables remontadas en una de las épocas doradas de la categoría del semipesado. En realidad, se llamaba Maxwell Antonio Loach, aunque él no lo supo hasta muchos años después, cuando ya era un boxeador rico y famoso. Era uno de los muchos hijos que tuvo Helen Loach con diferentes hombres, que se fueron marchando uno tras de otro. La mujer tenía además una seria adicción al alcohol que le impedía sacar adelante a sus vástagos. Recibía la ayuda de sus padres y de su hermana Henrietta, pero ni aun así. La situación se hacía cada día más complicada con semejante prole. Uno de los hermanos del niño, cuatro años mayor que él, le dijo que se preparase, que se iban a visitar a su abuela. Era junio de 1959 y los niños jugaban por las calles de
Filadelfia. Pero lo que parecía un inocente juego de niños, marcaría la vida del pequeño. El mayor echó a correr y el pequeño trataba de encontrarlo. No fue capaz. Pasaba el tiempo y su hermano no aparecía. No le volvería a ver. Con tan solo 5 años, se quedó abandonado en el centro de la ciudad. No entendía nada. Cuando la policía le encontró, estaba atemorizado y en shock. Lo llevaron a la comisaría. Allí esperaban que algún familiar reclamara al niño extraviado. Pero nada. Ni siquiera al día siguiente, cuando una foto suya aparecía en los diarios de la ciudad. Cubierta de 'Historias de la historia del boxeo', de Jorge Lera. (Almuzara) Su destino final serían los Servicios Sociales Católicos, donde lo acogieron las monjas. El niño necesitaba un nombre y un apellido, y las religiosas eligieron Matthew Franklin. Cuando le preguntaron su nombre, el pequeño, aún en shock, solo acertaba a decir la primera sílaba, Ma. Las monjas decidieron ponerle el nombre de Matthew, que empezaba por Ma, en honor a san Mateo, el evangelista de la Biblia. De apellido le pusieron Franklin, porque lo encontraron en Benjamin Franklin Parkway, la principal arteria cultural de la ciudad. No deja de sorprender que el bulevar en el que apareció el pequeño Matthew, el que dio origen a su apellido, finalice precisamente en las escaleras que llevan al Museo de Arte, las que subía Rocky Balboa en la película. Y ya con una nueva identidad, Matthew inició su increíble odisea. Sus primeros años discurrieron en el orfanato. A Matthew, al igual que a los otros niños, las monjas los educaron, los escolarizaron y los prepararon para que, cuando estuvieran listos y llegase el momento oportuno, fueran entregados en adopción. Las hermanas les enseñaban con el objetivo de que se convirtieran en buenas personas. Estuvo en distintos hogares de acogida hasta que, con siete años, fue dado en adopción a John y Bertha Santos, un matrimonio de inmigrantes portugueses, de origen caboverdiano, que vivían en la zona sur de
Filadelfia. La peculiar pareja, ya mayor, tenía adoptados a varios niños, de los cuales Matthew era el último en llegar. No vivían en un gueto, pero era uno de los barrios duros, incluso para los parámetros de la
Filadelfia de los años sesenta. A Matthew le dieron cariño y educación. Y una familia. De pronto, Matthew tenía hermanos de todas las edades. El matrimonio tenía cuatro hijos biológicos y cinco adoptados, además del pequeño Matthew. Para asistir al colegio católico tenía que atravesar calles en las que dominaba una pandilla que regularmente acosaba y agredía a Matthew, al que despectivamente llamaban "el huérfano". También se reían de él por sus dificultades al hablar, una tartamudez que seguramente tenía su origen en los muchos traumas que había padecido en su infancia. El barrio era inmisericorde. Prácticamente a diario, recibía palizas y humillaciones. Matthew Saad Muhammad en una imagen de archivo. (Cedida) Matthew adoraba a
Muhammad Ali. Le encantaba ver sus combates por la tele junto a su padre adoptivo. Le fascinaba como se movía, cómo golpeaba a sus rivales y se escapaba bailando. Y sobre todo su actitud valiente y decidida. Por mediación de un amigo, Matthew quiso probar suerte en uno de los muchos gimnasios que había en la ciudad, el Juniper Gym, en el que Nick Belfiore enseñaba boxeo y valores de la manera más estricta y tradicional. En el gimnasio no había privilegios, todos eran iguales y todos debían tratarse entre sí con el debido respeto. Matthew tenía unas condiciones sobresalientes. El boxeo le dio confianza, hasta el punto de que un día, por primera vez, en vez de sufrir las humillaciones de forma pasiva o intentar escapar corriendo, quiso probar algo diferente. Matthew se plantó, hizo frente a su principal acosador y lo tumbó de un golpe. Se ganó el respeto de todos. Es más, recibió de inmediato la invitación de unirse a ellos. Ya no le pegaban, ahora le querían, una tentación difícil de resistir para un adolescente. Entró en la banda y fue adquiriendo galones. Con ellos llegarían los problemas. Un policía lo detuvo por llevar un cuchillo. Era algo que hacía por pose, más que nada. Pues él donde realmente destacaba era con sus puños. Por aquel entonces la policía y los jueces buscaban castigos ejemplares para los chicos que formaban parte de bandas y sobre Matthew cayó un severo castigo que supuso tres años en distintos reformatorios. Matthew sufría pensando que había decepcionado a la familia Santos. En este tiempo tiene contacto por primera vez con la Nación del Islam, que iba ganando notoriedad y se hacía cada vez más fuerte en los centros penitenciarios, donde buscaban adeptos y predicaban sus enseñanzas, especialmente a través de su periódico Muhammad Speak. Su estética y su puesta en escena impresionaba. Y además contaban con el apoyo incondicional del deportista más grande,
Muhammad Ali. También es en el reformatorio donde un consejero le recomendó que, cuando saliera, probara suerte con el boxeo, que para algo estaban en
Filadelfia. Sabía que Matthew era bueno y que el boxeo le podría dar sentido a su vida. Su fuerza estaba en su valentía, su pegada, su inhumana capacidad de asimilar golpes y en la intensidad que metía a los combates Matthew estaba hecho para el pugilismo. Era fuerte, tenía resistencia y pegada. Le gustaba moverse con destreza y su modelo era
Muhammad Ali. Tras una breve pero intensa etapa como amateur, con 25 victorias y solo 4 derrotas, en 1974, con diecinueve años decide pasar al campo profesional. Había que ganar dinero. Y su carrera fue fulgurante. En su ascenso, se midió a los más duros boxeadores. Matthew era capaz de poner en pie al extremadamente exigente público de las catedrales boxísticas de la ciudad, el Spectrum, el Blue Horizon y el Arena. En sus primeros 18 combates solo perdió tres veces, dos de ellas ante futuros campeones mundiales como Marvin Camel y Eddie Mustafa Muhammad en dos cerradas y hasta discutibles decisiones, una mayoritaria y la otra dividida. Matthew pensaba que no mereció perder ninguno de estos combates. Hubo quien le dijo que tal vez se mostró algo reservado en esos duelos y que eso pudo ser lo que al final le costase la decisión. Fue un punto de inflexión. Ya no iba a ser un boxeador técnico y táctico, ni tampoco quería depender de la opinión de unos jueces. A partir de ese momento se iba a convertir en un indómito guerrero. Su fuerza estaba en su valentía, su pegada, su inhumana capacidad de asimilar golpes y en la intensidad que metía a los combates. Donde destacaba realmente era en la guerra en las trincheras, donde nadie podía aguantarle. En 1977, en el Spectrum, se proclamó campeón semipesado de la NABF (North American Boxing Federation), por entonces un título serio, antesala del mundial. Derrotó al durísimo Marvin Johnson por KO en el duodécimo round. Para Russell Peltz, el mayor promotor de la historia de
Filadelfia, fue el mejor combate que jamás había presenciado en vivo. Lo mismo opinaba el histórico escritor Nigel Collins. Una batalla sin cuartel, muy al estilo de Miracle Matthew. Para algunos fue la mayor guerra jamás presenciada en el legendario Spectrum y uno de los mejores combates de la historia de la ciudad. Matthew era también una fiera entrenándose. Belfiore reconocía que jamás había tenido un boxeador con tanta dedicación. Del título norteamericano, Franklin hizo tres defensas de las que cortan la respiración. Ante Billy Douglas, padre del futuro campeón mundial del peso pesado James 'Buster' Douglas, se fue al piso en el quinto, pero se levantó y noqueó a su rival en el siguiente asalto. A Richie Kates lo noqueó en seis rounds, en un combate que, según el promotor Russell Peltz, fue tan intenso y dramático como su victoria ante Johnson. Matthew se fue a la lona y estuvo al borde del nocaut, pero de nuevo su milagrosa capacidad de recuperación le dio el triunfo en una batalla inolvidable. La prensa calificaba el combate de salvaje y brutal. El Philadelphia Inquirer iba más allá y comparaba el duelo a dos neandertales lanzándose piedras el uno al otro. Y la tercera y última defensa sería ante el temible Yaqui López, al que se impuso en el undécimo, en otra memorable batalla. A estas alturas, por su estilo y espectacularidad, Matthew era una estrella en
Filadelfia y en todo el país. El patrón de sus combates parecía similar: unos primeros asaltos en los que se veía dominado, en los que sufría y encajaba, para luego aumentar el ritmo y protagonizar memorables remontadas. 'Historias de la historia del boxeo' (Almuzara): En estas páginas, el lector entra en un ring donde no solo vuelan los puños, sino también las grandes gestas. Historias de la historia del boxeo no se limita a victorias y derrotas: dibuja personajes irrepetibles, noches eléctricas y un mundo que fue espejo de su tiempo, feroz, épico, contradictorio y profundamente humano. Desde el tabernero de Orange que estuvo a punto de destronar al invencible
Joe Louis hasta el maestro absoluto del juego sucio, Fritzie Zivic; desde las artimañas del promotor Don King hasta la grandeza histórica de
Muhammad Ali; de grandes campeones a otros que se quedaron a las puertas, estos relatos rescatan a los héroes y villanos que levantaron la edad dorada del pugilismo. Jorge Lera es licenciado en Ciencias de la Información y cuenta con más de treinta años de trayectoria en el periodismo deportivo. Desde 1994 es la voz del boxeo en el canal de televisión 'Eurosport' y, desde 2024, también es el narrador en España de la UFC. Inició su carrera profesional en la agencia de noticias audiovisuales EditMedia TV y, a lo largo de los años, ha desarrollado una extensa labor como comentarista, director y presentador. Ha sido comentarista del programa 'Superboxeo' en Antena 3 y director y presentador del espacio 'El boxeo tiene música'. Ha colaborado con publicaciones internacionales de referencia como Boxing News, así como con medios nacionales como El Español y Eurosport.es. En la actualidad participa en Radio Marca y comenta boxeo en Olympic Channel. Es entrenador nacional de boxeo y participa habitualmente en conferencias y charlas dedicadas a la historia de este deporte. Es autor del libro 'Eso no estaba en mi libro de historia del boxeo'. Mientras tanto, Marvin Johnson se había proclamado campeón del Consejo Mundial de Boxeo (WBC) tras derrotar al yugoslavo Mate Parlov en Italia. Y quiso que su primera defensa fuera contra Matthew Franklin. Una esperada revancha, pero ahora con un cinturón mundial en juego. Matthew andaba a la gresca con su mánager Frank Gelb. Un consorcio de musulmanes negros empezó a tener una cada vez mayor influencia en el boxeador y empezaron a ejercer como sus asesores. El combate esta vez se iba a disputar en casa de Johnson, en Indianápolis. Era el año 1979 y el niño abandonado en las calles de
Filadelfia se batió como un coloso. Durante los siete primeros rounds el campeón llegó con golpes claros y cortó al aspirante, que se negaba a dar un paso atrás. Cuanto más dolido estaba, más apretaba los dientes para recuperar terreno. Y el tesón de Miracle Matthew tuvo su recompensa en un inolvidable octavo asalto en el que, con el rostro cubierto de sangre, con cortes en ambas cejas, noqueó a Johnson para proclamarse campeón mundial. Con 24 años, con un récord de 23-3-2 (16 por KO), y tras ganar sus últimas cinco por KO, Mathew Franklin era el rey del mundo. La revista The Ring eligió el octavo round de esta épica batalla como el mejor asalto del año. Y al igual que hizo su ídolo
Muhammad Ali quince años antes, Matthew, el niño abandonado, anunció que se había convertido al islam. A partir de ahora su nombre, el tercero y definitivo en su vida, iba a ser Matthew Saad Muhammad. "Saad significa 'futuro brillante', y Muhammad 'digno de alabanza'", explicaba el flamante campeón. En
Filadelfia, una multitud lo esperaba con pancartas en el aeropuerto para recibirle y sacarle a hombros. Profeta en su tierra. Matthew, además, decidió romper definitivamente la relación con su mánager de toda la vida, Frank Gelb, para que su carrera ahora fuera dirigida por Bilal Muhammad y un consorcio de otros miembros de la Nación del Islam. Gelb, al que todavía quedaban años de contrato, denunció la ruptura del compromiso y siguió cobrando su porcentaje hasta 1980. Muy poco después, también rompería con su entrenador de toda la vida, con Nick Belfiore, al que sustituyó por otro veterano de
Filadelfia, Sam Solomon. En poco tiempo desaparecieron todos los que tuvieron relación con su etapa como Matthew Franklin. Saad Muhammad era una persona nueva, con un entorno nuevo. Un entorno a todas luces excesivo en número y en gastos. "Siempre daba lo mejor. Lo conectaban fuerte y se podía tambalear por el ring, pero luego regresaba y lograba la victoria" El reinado de Saad Muhammad será uno de los más destacados de la historia. Según el historiador y promotor Russell Peltz, "desde el verano del 1977 hasta el invierno de 1981, fue probablemente el más grande boxeador de acción en la historia de su división y probablemente uno de los diez mejores boxeadores de acción de todos los tiempos". Conseguiría ocho defensas exitosas del cinturón. En sus combates, podían verse en el ringside grandes personalidades como Diana Ross o Frank Sinatra. Sus combates no decepcionaban. Una de sus defensas, ante Yaqui López, fue el combate del año 1980 para la revista The Ring. Se llevaría también, por segunda vez consecutiva, el mejor asalto del año con el octavo. Fue un memorable campeonato en el que finalmente se haría con la victoria en el decimocuarto round, una guerra televisada por la CBS que enmudeció a todo el país. The Ring describió el combate como brutal, salvaje, explosivo, conmovedor, de infarto, un clásico en la historia del semipesado. El maestro Michael Katz, en el New York Times, escribía que este combate hizo parecer el duelo entre Sugar Ray Leonard y Roberto Durán como un juego de canicas. Eddie Mustafa Muhammad, rival, amigo y también campeón mundial, definió a Matthew como "el rey de las remontadas, el maestro de los escalofríos y las emociones fuertes. Con Saad, los aficionados sabían que iban a ver un gran combate. Siempre daba lo mejor. Lo conectaban fuerte y se podía tambalear por el ring, pero luego regresaba con una ráfaga furiosa y lograba la victoria. Sucedió una y otra vez", le confesaba Mustafa Muhammad al legendario cronista boxístico del Philadelphia Daily News, Bernard Fernández. Pero todo el mundo era consciente, Matthew el primero, de que ese tipo de batallas tenían un precio muy alto y acababan pasando factura. Ese mismo año, el campeón ofreció 10.000 dólares a cualquiera que le pudiera dar pistas sobre su verdadera identidad. Ahora que tenía medios, quería saber quién era en realidad. ¿Por qué lo abandonaron? ¿Por qué nadie lo reclamó? ¿Quiénes eran sus padres biológicos? ¿Dónde está su hermano que desapareció cuando jugaban? ¿Qué fue de su familia original? Matthew seguía adorando a los Santos, su familia adoptiva, pero quería entender su pasado. Una investigadora privada de
Filadelfia comenzó a tirar del hilo y descubrió que su verdadero nombre era Maxwell Antonio Loach. Descubrió que su madre había muerto en 1966 y la historia de cómo lo abandonó su hermano mayor porque no tenían dinero para mantenerlos. El paradero de su padre se desconocía. Con el tiempo, las versiones fueron variando, incluso era el propio Matthew quien las cambiaba. En la más extendida, quien tramó el abandono en el centro de
Filadelfia, la que dio las instrucciones a su hermano mayor, fue su tía, quien además de los suyos propios, no se veía capaz de mantener a más criaturas. Michelle, mujer de Matthew, creía que al boxeador este relato le resultaba algo más digerible que el de ser abandonado por su propia madre. En la fantástica biografía Warrior Matthew Saad Muhammad, escrita por Tris Dixon, que además de destacado periodista y escritor fue amigo personal de Matthew, la versión que se defiende y la que apoya también Michelle es que realmente fue su madre la que tomó, seguramente enajenada por el alcohol, la dramática decisión de deshacerse de su benjamín. La otra gran biografía, Matthew Saad Muhammad, Boxing’s Miracle Man, escrita por William Detloff, detalla los orígenes de la familia y parece inclinarse por que la decisión la tomó la tía. Gracias a la investigación que ahora podía financiar como campeón mundial, Matthew lograría reunirse con cuatro hermanas y con dos de sus tres hermanos. Se hizo amigo de
Muhammad Ali, el héroe al que admiraba antes de que empezara a dedicarse al boxeo, la superestrella que más le influyó "Estoy en shock, prácticamente ya había perdido la esperanza. Siempre me preguntaba de dónde venía. Quería saberlo. Ahora, por lo menos, ya no tengo que buscar más", confesaba a la revista Family Weekly. El encuentro se produjo, además, en un plató de televisión, en el programa Good Morning, America. Allí se reencontró con Rodney, el hermano mayor que lo dejó abandonado. Rodney se justificaba. Si no obedeces, el abandonado serás tú, le dijeron. Por eso corrió y corrió hasta que su hermano lo perdió de vista. Matthew ahora era rico y famoso. Si no le hubieran abandonado, pensaba el campeón, no hubiera conocido a las monjas, ni a la familia Santos. No hubiese sido el campeón. Además, su religión le enseñaba a perdonar. Quería respuestas y ya las tenía. Y varios hermanos, aunque todos tenían padres distintos. Con todos fue especialmente generoso. El campeón invitó a su hermano Rodney a que fuera parte de su equipo. No tenía una función especialmente necesaria, pero pasaría a estar a sueldo de Matthew. En esta época se casa con Michelle, una mujer joven, inteligente y bella, que siempre lo apoyó y buscó lo mejor para él. Fue vital para Matthew, especialmente en esta etapa en la que pronto se daría cuenta de que no podía esperar mucho de sus hermanos. Rodney, quizá un tanto atormentado por la culpa, dejó un día el campamento de entrenamiento, con la excusa de tener que ir a una cita médica y nunca regresó. Y las hermanas parecía que solo lo llamaban cuando querían algo o necesitaban dinero. Michelle le contó a Tris Dixon cómo en alguna ocasión, el propio Matthew le confesó entristecido que ojalá no los hubiera encontrado nunca. Por lo demás, fueron años de gloria, de lujo, de atenciones y de grandes bolsas. Se calcula que Saad Muhammad pudo ganar entre 4 y 5 millones de dólares de esa época. Pero el dinero también se escapaba. Tenía una mansión, un Rolls Royce entre otros muchos coches y hasta un piano Steinway, que se compró como capricho sin saber tocar ni una nota. Lujos, fiestas, y un séquito que podía llegar a las cincuenta personas, todas ellas tirando de la chequera del campeón. Se hizo, además, amigo de
Muhammad Ali, el héroe al que admiraba incluso antes de que empezara a dedicarse al boxeo, la superestrella que más le influyó, el hermano musulmán cuyo modelo siguió al proclamarse campeón y cambiar de nombre. Ali le facilitaba su campamento en Deer Lake para que Matthew preparara sus combates, pasaban tiempo juntos y se ayudaban mutuamente en productivas sesiones de sparring. Matthew también recibía buenos ingresos de contratos publicitarios. Siempre bien vestido, elegante, apuesto y con una resplandeciente sonrisa, Matthew era de los que llenaba de luz cualquier espacio que ocupara. Y generoso y comprometido. Una de sus obsesiones era ayudar y favorecer a los más desprotegidos. Imagen promocional de Matthew Saad Muhammad. (Almuzara) Pero el boxeo de Saad Muhammad era de los que pasa factura. Muchas guerras sin cuartel, de golpe por golpe en las trincheras, de victorias de alto precio. Él mismo es consciente de esto y siempre habla de hacer algún combate más y retirarse en lo más alto. Por desgracia, su mánager no acertó a cerrar los combates que realmente deseaba Matthews, un duelo de unificación contra Eddie Mustafa Muhammad, su amigo y por entonces campeón de la Asociación Mundial de Boxeo, o ante el campeón olímpico y luego campeón mundial Michael Spinks. Eran combates que hubieran supuesto unas bolsas de récord en la historia de la categoría. Tras cinco años sin conocer la derrota, con dieciocho victorias consecutivas, tres años como campeón mundial y ocho impresionantes defensas exitosas, llegaría la derrota que acabó con su intenso y espectacular reinado. Matthew parecía inmortal, el hombre milagro le llamaban, siempre capaz de aguantar y remontar, pero todo tiene un límite. Fue el 19 de diciembre de 1981, en Atlantic City. El campeón tuvo muchos problemas para cumplir con la báscula. El pesaje era a las ocho de la mañana del mismo día del combate, no como ahora que se hacen un día antes. Matthew estaba dos libras, 900 gramos, por encima de los 79,387 kilos que marcan el límite del semipesado. Se le concedió el período de dos horas para bajar el exceso de peso, si no quería perder su título. Finalmente, a las diez, tras pasar por la sauna y correr por la playa, dio 79,150. Había campeonato, pero con tan pocas horas de recuperación quedaba claro que a Matthew le tocaba sufrir esa noche. Además, el retador era el incansable expresidiario Dwight Braxton, un espectacular púgil de Camden, Nueva Jersey, que a pesar de su corta estatura venía con una espectacular racha de triunfos. Saad Muhammad, muy debilitado, no fue capaz de seguir el tremendo ritmo impuesto por el aspirante y acabó sucumbiendo en el décimo round. El combate fue duro y dramático. Matthew perdía su corona y, lo que resultaba aún más doloroso, sufría por primera vez una derrota antes del límite. Esta vez no hubo milagro. Dar el peso le había minado, pero sobre todo las guerras acumuladas. Por su parte Braxton, con 1,79 metros de estatura se convertía en el campeón más bajo de la historia de la división. Y también, siguiendo la tendencia, tras proclamarse campeón anunció su conversión al islam y su cambio de nombre a Dwight Muhammad Qawi. "Quería ser reconocido universalmente como musulmán y sentí que el nombre me ayudaría a lograrlo. Me gusta el nombre Muhammad, que significa 'alabado', y Qawi significa 'el fuerte'", explicó el nuevo campeón. El expresidiario Qawi es otra de las fascinantes historias que nos ofrecía el boxeo de los años ochenta. "Quería ser reconocido universalmente como musulmán y sentí que el nombre me ayudaría a lograrlo" Ocho meses después, Matthew tendría la oportunidad de revancha. Esta vez boxearía en casa, en el Spectrum de
Filadelfia. Despidió a su entrenador Sam Salomon y lo sustituyó por Steve Traitz. Pero ni el cambio de escenario ni el de esquina mejoraron su actuación. Desde los primeros compases, hasta sus fieles seguidores entendieron que ya no era el mismo. A pesar de tener solo 28 años, las batallas pasaban factura. Qawi dominó la contienda de principio a fin, ensangrentó la nariz de Matthew y lo derribó en el tercero. En los siguientes rounds, Qawi aumentó el ritmo y sometió al excampeón a una presión insostenible, acortando la distancia y golpeando sin descanso abajo y arriba a un Matthew a la deriva. El orgulloso guerrero sufría y aguantaba lo indecible. Dolía verlo, ahí sufriendo, encajando golpes, pero sin la milagrosa capacidad de remontar que le había caracterizado hasta hacía muy poco tiempo. En el sexto round, el árbitro Carlos Padilla se apiadó de Matthew. Como no caía y seguía recibiendo, decidió misericordiosamente detener el combate. Saad Muhammad se planteó seriamente la retirada. Era rico, tenía una mansión y una gran mujer a su lado. Pero quiso darse una nueva oportunidad, en contra de la opinión de Michelle, que imploraba a su marido que colgara los guantes. Ocho meses más tarde reaparecía en Atlantic City ante Eric Winbush, un discreto oponente, nada que ver con el nivel al que Saad Muhammad estaba acostumbrado. Era un combate poco comprometido, de regreso, fácil a priori para volver a obtener una victoria e intentar una nueva escalada. Pero Matthew no es ni una sombra de lo había sido tan solo un par de años antes. Su imagen es preocupante. El árbitro se ve obligado a detener el combate en el tercer round para salvarle de mayor castigo. Ya no quedaba ninguna duda, ya no le daba ni para derrotar a un púgil del montón. Matthew Saad Muhammad era un boxeador acabado. A pesar de su marcado declive seguía siendo una figura de culto para el boxeo de
Filadelfia. Hasta el punto de que Sylvester Stallone pensó en él para interpretar el papel de Clubber Lang en Rocky III. Pero Matthew, en esta época marcada por tomar siempre las peores decisiones, rechazó un trabajo que le hubiese supuesto fama y dinero: "Querían que me afeitara la cabeza y yo me negué. Si ahora pudiera dar marcha atrás en el tiempo me afeitaría la cabeza, si eso era el requisito para quedarme con el papel. Si hubiésemos sabido entonces las cosas que sabemos ahora, la vida sería mucho más fácil. Imagino que era joven y loco. Los árboles no me dejaban ver el bosque y no me di cuenta de lo que ese papel hubiese supuesto para mí. Ojalá lo hubiera aceptado". El periodista Nigel Collins cree que, además del carácter manirroto del boxeador, el entorno de la Nación del Islam no le hizo ningún favor Con 28 años Matthew era un boxeador acabado, pero lamentablemente seguiría boxeando casi diez años más. Y cada vez peor. Años con más derrotas que victorias, por bolsas menores. En muchas ocasiones, fue trampolín para boxeadores con aspiraciones, en pleno ascenso, que buscaban que el brillo del nombre de un gran excampeón embelleciese su palmarés. Y es que el dinero se había esfumado. Michelle tenía problemas con el entorno musulmán. Ella nunca se convirtió. Era un pacto que tenía con su marido. Lo acompañaba durante el ramadán y él a ella durante las fiestas navideñas. Se querían, sin importar qué fe profesara cada uno. Pero Michelle sospechaba de Bilal Muhammad. Era una mujer educada y le podía cuestionar al mánager sus decisiones y esto al apoderado le sentaba fatal. Las cuentas no cuadraban, empezaron a aparecer deudas y lo que es peor, una alarmante deuda con las autoridades fiscales. Matthew llevaba años pagando a un mánager, un asesor y un contable, pero ninguno se ocupó de ir cumpliendo con el inmisericorde Internal Revenue Service. El escritor y periodista Nigel Collins cree que, además del carácter manirroto del boxeador, el entorno de la Nación del Islam no le hizo ningún favor. No llevaron sus asuntos con la honradez y la lealtad que Matthew merecía. Saad Muhammad se declaró en bancarrota. Michelle aguantó a su lado hasta que la situación se hizo insostenible. Siempre se quisieron y se mantuvieron en contacto, y cuidaron de los hijos que tenían en común, pero ella acabó cansada de sus infidelidades. Los miembros del séquito empezaron a desaparecer, también el numeroso grupo de amigos que viajaban a todo tren a su costa. Había que vender la casa y el Rolls. Más triste todavía, sus recuerdos, sus trofeos, sus elegantes batines, los cinturones... Y seguir boxeando. Ahora por necesidad. En veladas de tercera y perdiendo ante auténticas medianías. O lo que era más peligroso, haciendo de sparring, a tanto la jornada, de los jóvenes leones que aspiraban a ser campeones mundiales. Seguía siendo inmensamente generoso, como demostró en octubre de 1987 cuando, en Atlantic City, vio como un apartamento ardía. Matthew y otro viandante se la jugaron y escalaron al piso en llamas para rescatar a varios niños. Los bomberos, al llegar, aseguraron que, sin la decidida actuación del excampeón, el incendio hubiera acabado en una auténtica tragedia. También ganaba algún dinero entrenando a chicos, pero poca cosa. Su última victoria tendría lugar en Marbella en 1991, en una gala que tenía de combate estelar un campeonato mundial pluma entre Marcos Villasana y Ricardo Cepeda. Pero fue un espejismo. Tras tres nuevas derrotas, dos de ellas antes del límite, Matthew Saad Muhammad, uno de los boxeadores más increíblemente espectaculares de la historia, protagonista victorioso de inolvidables batallas y uno de los mejores campeones del semipesado, ahora reducido a un acabado jornalero del ring, colgó los guantes. En realidad, era porque ya nadie le quería conceder la licencia para que siguiera, lo que le obligó a aceptar una última aventura que también resultó lastimosa: un combate de MMA en Japón, en 1991 en UWF en el que cayó sometido en 24 segundos ante Kiyoshi Tamura. Matthew llegó solo a Japón, sin traductor, ni entrenador, ni nada parecido. No había leído los términos del contrato, ni las reglas del combate. En Japón querían su nombre, su gloria pasada y aprovechar su condición de excampeón mundial. Saad Muhammad salía al ring con guantes de boxeo, su rival con las manos descubiertas. Un par de patadas a las piernas, una estrangulación y en menos de medio minuto los japoneses ya podían decir que su peleador había sido capaz de fulminar a una estrella del boxeo. "Todos estaban felices a mi alrededor, comiéndome vivo, llevándose el dinero. Pero yo decía que estaba bien" Tras dieciocho años de carrera, no le fue fácil la vida de exboxeador a Matthew. El dinero se había esfumado. En gran parte debido a su extremada generosidad, de la que a menudo se aprovechaban los muchos adláteres que lo rodeaban, un insaciable séquito que fue desapareciendo paulatinamente según menguaban los ingresos. En una de sus últimas entrevistas, a One Step Away, confesó: "El dinero volaba por todas partes. Amigos de amigos, sus madres, sus padres, sus hermanos. Todos estaban felices a mi alrededor, comiéndome vivo, llevándose el dinero. Pero yo decía que estaba bien. Matthew Saad Muhammad siempre estaba ahí para todos. Di mucho dinero. Tuve millones de dólares. Tenía ahorros, una cuenta corriente. Pero gente en la que confiaba se fue con el dinero". Daba mucho dinero. La gestión de su carrera y de sus finanzas no fue buena, a pesar de la cantidad de empleados que le rodeaban. La figura de Matthew Saad Muhammad, excampeón mundial idolatrado en
Filadelfia, poco a poco se fue desvaneciendo. Desapareció de la primera línea y poco más se supo de él. Se volvió a casar, aunque su matrimonio con Helen no duró mucho. Probó fortuna entrenando en algún gimnasio, pero nada importante. Durante algún tiempo estuvo trabajando como tejador, instalando cubiertas y techos en Atlantic City, la ciudad en la que protagonizó algunos de sus combates más gloriosos. Vivía errante, en casas de amigos, en algún gimnasio, de aquí para allá entre Atlantic City y
Filadelfia. Mantenía la esperanza de que su vida fuera llevada al cine y que esto supusiera un punto de inflexión, pero extrañamente nunca sucedió. Tal vez su historia era demasiado asombrosa como para ser creíble. La película no llegó y con el tiempo, la salud empezó a empeorar en su desgastado y castigado cuerpo. No mucha gente conocía su dramática situación. Matthew, que mantenía su orgullo, la sabía ocultar. Lo cierto es que a pesar de las penurias era capaz de conservar su imagen elegante y apuesta. Tuvo sus merecidos momentos de gloria, como su inclusión en el Salón Internacional de la Fama o algún homenaje en
Filadelfia donde sus antiguos rivales se volcaron con él, pero luego volvía a desaparecer y poco más se sabía de él. Lo que nunca abandonó fue la relación con sus hijos y también con Michelle, con la que seguía manteniendo un contacto marcado por un cariño mutuo que nunca desapareció. Todos los que le conocieron destacaron su gentileza, su generosidad y su capacidad para levantarse tras una caída Dieciocho años después de su último combate, en 2010, Matthew Saad Muhammad, arruinado y sin hogar, ingresó en el albergue Ridge Center, en la zona norte de
Filadelfia. Había tocado fondo. Eso sí, rogó a los responsables del centro y a los que allí se albergaban que mantuvieran su identidad en secreto y que no le comentaran a nadie que estaba durmiendo allí. Pero ese albergue para personas sin hogar, regentado por Resources for Human Development (RHD), una organización benéfica, fue su salvación. Allí conoció a Kevin Roberts, que se convertiría en su mejor amigo y su mayor apoyo. Roberts fue esa buena esquina que todo boxeador necesita para protagonizar una remontada. Ya no habría lujos, que eso ya era algo del pasado, pero Matthew Saad Muhammad fue capaz de levantarse. Salió del albergue para comenzar una nueva vida en un modesto pero orgulloso hogar propio. Y salió del anonimato. Ya estaba preparado para contar su historia. Lo hizo en el periódico One Step Away, una publicación mensual que vendían por la calle personas en dificultades de
Filadelfia, y que se le conocía precisamente como la voz de la gente sin techo. Era el mejor medio posible para contar toda su historia. Y lejos de quedarse de brazos cruzados, quiso que su experiencia pudiera ser de ayuda a los demás. Se convirtió en el principal portavoz del programa Knock Out Homelessness. Fue importante activista y portavoz contra la falta de vivienda y trabajó para recaudar fondos y ayudar a los más desfavorecidos, participando regularmente en los actos organizados por RDH. "Matthew dio esperanza a la gente y estamos orgullosos de que trabajase con nosotros", decía su amigo Kevin Roberts, director de comunicación de RHD y editor de One Step Away. "Fue un caballero que siempre se mostraba con dignidad y trataba a todo el mundo con respeto. Fue un maravilloso defensor por la manera con la que conectaba con la gente a través de un mensaje simple, que de alguna manera era el resumen de su vida. Tal vez hayas caído, pero puedes volver a ponerte en pie". El 25 de mayo de 2014, el hombre que fue Maxwell Antonio Loach, Matthew Franklin y Matthew Saad Muhammad, falleció en
Filadelfia a los 59 años. Tres nombres y varias vidas, en las que conoció los extremos de la pobreza y la opulencia; de la gloria y el olvido. Todos los que le conocieron destacaron su gentileza, su generosidad y su capacidad para levantarse tras una caída, que es lo que hizo hasta el final. Y su sonrisa. Sus últimos años estuvieron marcados por un vertiginoso deterioro causado por la de esclerosis lateral amiotrófica (ELA), que finalmente ocasionó su muerte.