Barcelona, años cincuenta. Teodoro Montoya, el Canijo, el Niño del Chacho, un niño que vive en las chabolas de Montjuïc, un carterista que descubre su devoción por la guitarra... El prolífico
Raúl Montilla halló en Las hijas de la fábrica un camino que ahora prosigue con Los acordes de la ciudad (Ediciones B), el de las grandes epopeyas, las aventuras que duran una vida y los relatos que recuerdan una época que no quedó tan atrás, que a la vuelta de la esquina nos advierte que aquellos males no son tan pretéritos.Esta novela recuerda a La ciudad de los prodigios y a las películas de Marisol, con sus sabios abuelitos y productores musicales. Y, cual Forrest Gump rumbero, entre tantos personajes tan folklóricos y tantas barracas, la vieja Rambla y aquel deslumbrante Paral·lel, el 23-F y los Juegos Olímpicos del 1992,
Madrid,
Granada,
Buenos Aires y
El Aaiún, aparecen
Carmen Amaya, el Pescaílla,
Peret, Miguel de Molina, el Rey ahora emérito y Franco.“Quería escribir sobre quienes cambiaron su destino en una ciudad que se transforma”, dice el autor“Quería entrar en un pasado que parece lejano, pero que está en la memoria de nuestras familias –dice Montilla–. La novela parte de la música y de cómo una vida puede cambiar de golpe, y de una
Barcelona que no siempre ha ocupado el centro del relato, la de la gente que intenta abrirse paso. La rumba cuenta una parte importante de esta ciudad, pese a que no siempre se la ha mirado con la atención que merece”.“También me atraía ese momento en que España cambia de piel: llegan la televisión, el cine popular, los platós, otra idea del espectáculo y otra concepción del triunfo. En el fondo, Los acordes de la ciudad habla de cómo alguien intenta construirse un destino mejor en una
Barcelona y un mundo que también están cambiando a toda velocidad, y ese pasado no está tan lejos”.Hace poco, la
Guardia Urbana desalojó a 126 personas de las chabolas de las obras de la Sagrera. Unos dicen que les avisaron, otros que no… ¿Se imaginan vivir bajo semejante incertidumbre? Que te cojan y te digan, no, la guitarra se queda aquí y tú coges el cetme ¡al desierto! Y que un mal día unos militares te digan que, si sales de casa, te meten un tiro en la cabeza.Porque lo que hace Montilla es recordarnos lo que supone vivir bajo el mandato de la arbitrariedad. Recordarnos que en cualquier momento un malnacido puede echar por tierra nuestros planes, nuestros sueños, nuestra vida. Recordarnos y advertirnos, porque cuando en los andenes de la estación de França la Guardia Civil señalaba al azar una familia con maletas de cartón y la mandaba de vuelta a Andalucía practicaba lo que hoy se conoce como una devolución en caliente.Porque en estos tiempos en los que la Guerra Civil la perdieron todos cabe recordar que unos cuantos la ganaron, aquellos que ahora insisten en repetir que aquellos lustros no fueron más que un periodo de nuestra historia, con sus cosas buenas y sus cosas malas, que no fue para tanto…Porque estos días cumple 50 años la dictadura argentina, y allí el otro día aprobaron la jornada laboral de 12 horas y repiten que los desaparecidos no fueron tantos. Lo repiten tanto que a muchos no se les antoja ya una barbaridad cuestionar lo que pasó. Porque este folklórico Forrest Gump es también un homenaje a Federico García Lorca y Miguel Hernández.Nacido en Salamanca en 1974. Licenciado en Sociología por la Universidad de
Granada. Máster en Periodismo Les Hueras de la Universitat de
Barcelona. Premio Josep Maria Huertas Clavería en 2008 por su obra Mudanzas . Desde el año 2000 escribe reportajes en La Vanguardia , en su mayor parte sobre el ámbito local.