Siempre que puede,
Giuseppe Caputo visita su
Barranquilla natal, ya sea físicamente o en sus obras. “Los que hacemos eso de forma constante a mí me gusta llamarnos regresantes”. No se quedan en el lugar, pero necesitan cada tanto conexión con sus orígenes. “Y conforme te haces mayor, todavía más”, confiesa el autor, que acaba de cumplir 44.La edad causa en Caputo, y en la mayoría de los mortales, una especie de bucle nostálgico que lo lleva a revisitar su pasado, aunque a menudo lo envuelva en el halo de la ficción. En su nueva novela,
La frontera encantada (
Random House), se siente totalmente identificado con el protagonista, un niño que es partido en dos por su abuela, pues esta considera que un lado de su rostro es elegante y el otro vulgar. Esta línea imaginaria que va desde la frente hasta la boca y que es una suerte de hechizo social la materializó el propio escritor en un dibujo de su infancia.“Encontré esta y tantas otras ilustraciones en un cuaderno y muchas de ellas están regadas por el libro. Esta me llamó especialmente la atención porque la línea que separaba el rostro era muy gruesa. No era la primera vez que dibujaba eso y eso evidencia que lo que me decía mi abuela me marcó. Para ella era una realidad: todos teníamos dos lados, y el vulgar se tenía que ocultar a toda costa, aunque eso tenía que ver con el nudo colonial que hay en el
Caribe colombiano y ese complejo de inferioridad ante esa migración europea que tiempo atrás fue tan grande”, explica el escritor durante su visita a
Barcelona.Tras ver este dibujo, Caputo decidió escribir un libro a modo de contrahechizo. “Lo que buscamos tanto el protagonista como yo es repensar los órdenes establecidos. No escalar en ellos, sino cambiarlos. Por eso considero que esta es una novela que se aleja de lo aspiracional y que más bien busca una conciencia política”. Y lo consigue, entre otras cosas, denunciando la homofobia que lleva años viviendo. “La literatura es la mejor arma, la única que debe existir”.“Hay una escena en la que los padres están tomando una foto a un niño que empieza a ‘mariquear’. El papá, de una forma muy militar, trata de coartar esta muestra de espontaneidad infantil con lo amenazas. La mamá, aunque se lo dice de forma más dulce, le dedica el mismo mensaje represivo. Pero no hay que olvidar que, aunque sus palabras sean más suaves, es igual de castrante”, reflexiona el escritor, que con este tipo de situaciones invita a reflexionar: “ante algo así, solo quedan dos opciones: la ruptura del lazo o la transformación política del lazo. Obviamente la segunda es la ideal pero, lamentablemente, es la que menos pasa”.En sus presentaciones, y también durante esta entrevista, Caputo anima a no tolerar estas reacciones, pues “estamos ante el riesgo de que se den pasos hacia atrás. El fascismo está tocando a la puerta, no le pongamos las cosas fáciles”. Acorde con sus convicciones, anunció junto a la también colombiana Laura Restrepo que no participaría en el Hay Festival de Cartagena después de que se anunciara la presencia de Corina Machado. “No tiene sentido que le haya entregado su premio Nobel a Trump ni que aplaudiera los bombardeos de Venezuela. No hay que naturalizar las cosas que no son corrientes, ni mucho menos alzarlas, y parece que eso está a la orden del día”.Lara Gómez (
Barcelona, 1993) es licenciada en Periodismo por la Facultat de Comunicació i Relacions Internacionals Blanquerna y está especializada en cultura y género. Aunque lo intentó, nunca llegó a aprender alemán. Su gran pasión es escribir, por lo que todo aquello que ve es material sensible para transformarse en un pequeño relato o en un guion. Sueña con cubrir los Oscars in situ.