Cuando hay que arrojarse al agua, no sirve de nada estar pensando en la orilla‘David Copperfield’, Charles Dickens------------------------------------------------Fui a descubrir a Vivian Mejia (20) hace unas semanas, en el Palauet Albéniz de Montjuïc, durante la presentación del Trofeo Godó de tenis.Ante una audiencia liderada por un abanico de popes, empresarios, altos ejecutivos, sabios y periodistas, la muchacha se asomó al atril y tomó la palabra.Y no le tembló la voz, no le superaron el peso del auditorio ni la solemnidad del momento.Dijo:–Tengo tres hermanas y una madre luchadora que nació en Honduras y decidió venir a España cuando éramos pequeñas.Y siguió hablando.Y antes de que acabara su discurso, me había ganado el alma.Y por eso mismo, al día siguiente, le dije a la Fundación del RCTB:–Quiero conocer a Vivian Mejia.Vivian Mejia, días atrás junto a la pista 1 del RCTB Miquel González / ShootingY aquí estoy ahora, en la cafetería del club, escuchando su historia. Miquel González le ha tomado las fotos y ahora nos hemos sentado a la mesa, aunque ¡tenemos prisa!Pues en un rato, Vivian Mejia (“Ponga bien el apellido. Mi Mejia se escribe sin acento”, me puntualiza) debe irse a atender a sus alumnos del club, el grupo de criaturas que monitorea los martes y los sábados a través de la Fundación Tenis Barcelona, cuando decae la tarde y ella empieza a ir algo justa de fuerzas.–¿Va cansada?–Imagínese: he empezado el día a las cinco, en Manresa. A las siete me he subido en el autocar hacia Barcelona. He ido a mis clases en el grado de Guía en el Medio Natural y Tiempo Libre en el CET 10, en Bac de Roda. Al acabar, he venido pitando al club. Y cuando termine aquí, venga, para Manresa otra vez en el autocar.(En Manresa, convive con su madre, Eli, y una de sus tres hermanas).Yo soy de fútbol. Pero si el tenis me da una oportunidad, estoy dispuesta a darlo todo por él”Vivian MejiaMonitora deportiva becada por la Fundación RCTBMientras me enumera sus desplazamientos, calculo el tiempo que invierte entre paseos, autocares y vagones de metros. Cuatro horas al día.–Su vida es dura –le digo.Enarca una ceja.Lo es, es dura.Pero antes era peor.–Cuando vivía en Tegucigalpa, ¡qué peligroso era nuestro barrio, el Flor del Campo Zona 2! Allí, nuestra vida era mala. Mi padre nunca se quiso hacer cargo de nosotras. Decía que no éramos hijas suyas, que no nos parecíamos a él. ¡Pero si le enseño a usted una foto suya, verá que somos idénticos! El caso es que mi padre se fue un día y no volvió y ahora solo aparece de vez en cuando: nos llama para pedirnos dinero. Y mi madre se vino sola a España cuando éramos muy niñas. Nos quedamos con nuestros tíos, que se portaron mal. Nos pegaban sin motivo, comíamos muy poco y muy mal. La comida era horrible, estábamos en los huesos. Me costaba dormir y estudiar, de tanto hambre que pasaba. Además, nuestros tíos también se quedaban con casi todo el dinero que nuestra madre nos enviaba desde España.–¿...?–Nosotras no nos enterábamos del robo, pero cuando nuestra madre lo supo, nos mandó con otros tíos al pueblo de San Ignacio. Y a la que pudo, nos trajo a España. Habían pasado ya muchos años.–¿Se trajo a las cuatro hijas?–Claro. ¡No podía dejar a ninguna sola allí!–¿Y quién pagó los vuelos?–Mi madre. Era la primera vez que volaba. Hubo turbulencias, mis gritos se oyeron en todo el avión.Aquí estudió en La Teixonera y en un grado de Atención a las Personas en Situación de Dependencia, en la Vall d’Hebron. Lo pasó mal:–Con los pacientes me derretía de amor. O me ponía a llorar. No sería para eso.También estudió en Martí Codolar. Y allí, en septiembre del 2024, se encontró con la beca de la Fundación RCTB.El ente llevaba cinco años abriéndose paso en los espacios periféricos de la ciudad. Como un profeta del tenis, la fundación visita Torre Baró, o la Barceloneta, o Santa Coloma de Gramenet. Por las tardes, improvisa pistas de tenis en pabellones de baloncesto, o en patios de instituto. Y así, los críos descubren el tenis. Cuando llegó a la residencia Martí Codolar, la fundación se enamoró de Vivian Mejia y la muchacha, de la fundación.–¿Y el tenis?–Bueno, yo soy de fútbol. Pero si el tenis me concede una oportunidad, lo daré todo por él.(Si se cruzan con Vivian Mejia en estos días en el RCTB, salúdenla: se merece el cielo).Licenciado en Derecho (UB) y Periodismo (UPF). En La Vanguardia desde 1995. Estuvo en Sociedad, Política y Economía. Hoy escribe retratos y columnas en Deportes. Autor de 'Soñé que estaba vivo' y 'Soy un superhéroe'