Una gran contradicción asalta la mente de este reseñista en plena lectura. ¿Puede haber belleza en relatar la tragedia de la guerra? ¿Es posible admirarse del verbo, de la forma, cuando la realidad, el fondo, son tan monstruosos? Poder, es posible, pero… ¿es correcto? ¿Contar bien el mal no resultaría problemático? La reflexión, quizás grandilocuente, quizás frívola, nace a partir de la publicación reciente en castellano de
Sarajevo Blues de Semezdin Mehmedinović (Kiseljak, 1960), suerte de crónica del sitio de
Sarajevo, uno de los episodios más crueles de las guerras de la antigua
Yugoslavia, construida a base de impactantes retales. Es decir, una serie de poemas y prosas breves que narran, desde el singularísimo ángulo del autor, el crudo día a día de los habitantes de la ciudad sitiada durante cuatro años entre 1992 y 1996. Imposible no pensar en
Mariupol, Gaza o Teherán.Sorprende de entrada que este conjunto de textos del escritor bosnio no se haya editado en castellano hasta hoy. El original se publicó en plena guerra, en
Liubliana, y contó con una segunda edición extendida en la que se incluyeron nuevos textos mientras todavía bombardeos y francotiradores sembraban el terror en la ciudad. (Por cierto, a raíz de un libro en Italia, vuelve a hablarse estos días de los llamados “safaris humanos”, el execrable negocio de “cacería” de civiles por parte de “turistas” occidentales). Finalizada la pesadilla, el libro se publicó en inglés gracias a la célebre editorial
City Lights de
San Francisco y eso colocó a Mehmedinović en la categoría de autor de culto, admirado en EE.UU. —donde él mismo, por cierto, se fue a vivir tras la guerra al sentirse en deuda con su familia por haber vivido el sitio— por figuras como
Paul Auster o Susan Sontag. Por eso, decíamos, con semejante currículum, sorprende su tardía traducción al castellano, más de treinta años después, a cargo de la independiente y barcelonesa Deleste. La edición se completa con fotografías de Milomir Kovačević, que resultan valiosas por sí mismas y que encajan aquí a la perfección, además de una interesante entrevista al mismo autor.⁄ Los textos, en verso o prosa, nos adentran en la vida cotidiana del sitio, con sus muchas miserias y algún heroísmoLas imágenes de Kovačevic encajan porque también muchas de las composiciones de Mehmedinović son imágenes textuales. Imposible, por ejemplo, no hacerse una fotografía mental de la tragedia al leer: “Ralentizamos el paso en el puente / para observar cómo junto al río Miljacka / los perros despedazaban en la nieve / el cadáver de un ser humano / luego seguimos más allá / en mi interior no cambió nada”. Visualizamos la escena con una nitidez diáfana pero también nos metemos de lleno en la mente de aquél que ha normalizado la muerte como un lance más de la cotidianidad. Porque este es el valor del libro, quizás no tan habitual en la literatura escrita en tiempos de guerra: el relato de una realidad corriente, con sus muchas miserias y algunos pocos heroísmos. Y por eso también hay, desgraciadamente, belleza.Kralja TomislavaMilomir Kovačević / Otras FuentesEntre escenas cotidianas, Mehmedinović reflexiona sobre otros asuntos. Por ejemplo, de cómo se llegó hasta ahí, de cómo algunos en el mundo cultural yugoslavo, que él conocía bien, pasaron de ser amigos a defensores de la limpieza étnica. “Yo mismo tampoco me hago ninguna ilusión respecto a la humanidad. Sé que alguien con quien he pasado una tarde agradable antes de que termine la jornada puede llamar a mi puerta enmascarado con un calcetín”. En este sentido, resulta estremecedor el retrato del criminal de guerra Radovan Karadzic.
Sarajevo Blues, leído ahora, permite además rememorar unos hechos que tanto nos impactaron en los noventa. En nuestro caso, a través del filtro de una amplia cobertura mediática que convirtió aquella guerra en la primera en ser espectáculo televisado. Por supuesto, Mehmedinović nos da el reverso crudo y crítico de aquella retransmisión llena de imposturas: “Todas las masacres acaecidas desde entonces no son más que una multiplicación de esa misma imagen. Así las cosas, el mundo ve lo que está ocurriendo aquí. ¿Acaso hay alguien que empatice con nosotros? Nadie”.TitoMilomir Kovačević / Otras Fuentes⁄ Asoman también la reflexión filosófica, el retrato de los políticos sanguinarios y la crítica al papel de los mediosSon tantos los pensamientos, las ideas y las escenas esparcidas a pedazos que resulta imposible no dejarse algo notable. Desde el significado de las palabras o la aceleración del tiempo durante el sitio hasta la mala conciencia por el hijo que pierde la inocencia entre bombas. Una fragmentación obligada, “consecuencia de la fragmentación del mundo que me rodeaba” —como comenta Mehmedinović en la entrevista adjunta—, y que aquí constituye un relato sentimental, y pese a todo coherente, de vivir en carne propia la guerra. Para tomar nota en estos tiempos de frivolidad bélica. /Licenciado en Periodismo y Humanidades, en La Vanguardia desde 2008. Actualmente es redactor del suplemento Cultura/s. Antes pasó por la sección de Última Hora.