No sé si les pasa lo mismo, pero estos días de misiones espaciales, de pensar en la Luna, de hablar de Marte, de temblar ante la inmensidad del universo, uno se pone metafísico hasta que baja la vista y se fija en la Audiencia Nacional y el Tribunal Supremo. En el Supremo, por el juicio a Ábalos y el fiel Koldo; en la Audiencia, por el inmarcesible Fernández Díaz y ese hombre difuso que responde por Francisco Martínez. Todo tan parecido, y sin embargo tan diferente. La corrupción es el denominador común, pero un análisis de estilo demuestra que hasta para delinquir hay clases, y que, como es habitual, quienes han acumulado más poder del que mentes más sabias les habrían otorgado, tienden a creerse por encima de la ley. O son, sencillamente, idiotas.El exministro Jorge Fernández Díaz y quien fue su número dos, Francisco Martínez (derecha), en el juicio en la Audiencia Nacional Javier Lizon / EfeHay algo perturbador en la estampa de las primeras sesiones de la Kitchen. Fernández y Martínez blindados en su uniforme de gente seria, ambos con chaqueta oscura y corbata azul. El aspecto de hombres de Estado. O de opositores a notarías. El de quienes, aun al borde de la catástrofe, habitan una realidad donde las formas parece que pueden plantar cara al abismo. Dan la impresión de ser las dos mitades de una unidad muy poco satisfactoria y un raro ejemplo de cómo, a veces, las apariencias no engañan.En el Supremo, la cosa deriva hacia el neorrealismo. Ábalos y Koldo proyectan una fragilidad descarnada, la de dos oportunistas que sucumbieron al vértigo del dinero, el sexo y la disipación como si acabaran de inventar el pecado en una gasolinera. En las facultades de Derecho, la gente lee libros sobre ese tipo de cosas. Koldo, en particular, ha dejado de parecer un villano para revelarse como un cruce imposible de Josechu el Vasco y el gallo Claudio, alguien que lo mismo te prepara un marmitako que despotrica contra Zapatero o te presenta a una ciudadana de buen ver en la Gran Vía. Ábalos ya se atisba como un personaje del Greco. Y parece saberlo; el muerto en el entierro del conde.Más allá de quién sea el político más penado, la orgía de peticiones de pena revela la clase de país que hemos creadoPero no puedo evitar pensar que los pícaros pillados con las manos en la masa resultan, tal vez paradójicamente, menos disolventes para la salud pública que los que manipulan a la policía o envían a casa de los oponentes a mercenarios disfrazados de cura. Ya lo sabemos, los esbirros, los policías de facción, los vigilantes y soplones son los que mueven el mundo de la alta política, pero tampoco hacía falta hacerlo tan evidente. Pues lo que hace de la Kitchen un episodio tenebroso –por decirlo amablemente– no es el dinero, sino el método. Bien está, y es del gusto de tirios y troyanos, financiar ilegalmente un partido con todo tipo de trapisondas. Otra cosa es que, descubierto el apaño, se utilicen los resortes más contundentes del Estado (el Ministerio del Interior y la Policía) para encubrir y extorsionar. Es un salto al vacío fenomenal en el que no podía faltar el comisario Villarejo, perejil de todas las salsas corruptas, el abate apócrifo y el pobre Martínez, conocido en el arte como Paco el Bomba. No puedo dejar de preguntármelo. ¿Por qué gente que lo tenía todo se mete en camisa de once varas? Fernández, vecino de siempre de la zona alta de Barcelona, pues la gente más dudosa no siempre reside en los peores barrios, con un pasar más que desahogado. Martínez, letrado de las Cortes con un brillante futuro merced al turnismo . ¿Cómo terminan ahí? Barbara Tuchman advirtió que el poder genera una forma específica de locura: que el mando impide pensar y que la responsabilidad se desvanece conforme crece su ejercicio. Es la hibris del que ignora que la ambición debe ir acompañada de modestia y limpieza.Hay un punto en que los dos juicios convergen, aunque sea en una imbecilidad compartida. La desmesura de las penas que se solicitan para estos dechados de virtudes cívicas. Pedir treinta años para Ábalos y compañía –penas que superan con creces las de un par de asesinatos– es el síntoma de una sociedad que confunde hacer justicia con la ley de Lynch y el exterminio civil. Que los amigos de la Kitchen sigan en libertad mientras los del Supremo ya llevan una temporada gozando de las virtudes resocializadoras del sistema penitenciario, también dice mucho de los salomones togados. Pero más allá de quién gane el concurso al político más penado, esta orgía de peticiones acusatorias revela la clase de país que hemos creado. Uno que requiere muchas cárceles y elevadas dosis de anestesia moral.