Hace medio siglo, un arquitecto japonés,
Kenzo Tange, imaginó una pequeña revolución: construir en
Nápoles una city al estilo de
Londres. A espaldas de la estación central, entre barrios densamente poblados y en las inmediaciones de la cárcel de
Poggioreale, debían levantarse rascacielos y edificios modernos para albergar oficinas públicas y sedes de grandes empresas.El proyecto se llevó a cabo, pero, como ocurre a menudo en la ciudad, quedó a medio camino. En el
Centro Direzionale —nombre burocrático elegido entonces— hoy están el palacio de justicia, oficinas de la
Región Campania, la sede del principal diario local,
Il Mattino, despachos de abogados, administraciones públicas y también una iglesia poco frecuentada. Está todo y no hay nada.“Falta la ciudad”, dice el camarero de un bar frente al tribunal. “Y por eso cerramos pronto”. Quitarle la vida a un lugar como
Nápoles, donde la vida desborda, es casi un delito que desde hace años se intenta corregir, también con una estación de metro.La arquitecta con el séquitoPAOLO FASSOLI En una mañana templada de finales de invierno, entre los rascacielos fríos, aparece quien ha intentado “devolver
Nápoles” a este lugar.
Benedetta Tagliabue, arquitecta milanesa afincada desde hace años en
Barcelona y directora del estudio Miralles Tagliabue EMBT, llega para inaugurar oficialmente la estación del
Centro Direzionale, en funcionamiento desde hace un año pero nunca realmente contada por las instituciones locales, quizá por prudencia.El proyecto, concebido hace más de una década, nace con un objetivo claro: reconectar este no-lugar con la ciudadSin embargo, hay mucho que contar. El proyecto, concebido hace más de una década, nace con un objetivo claro: reconectar este no-lugar con la ciudad. La estación funciona, pero la arquitecta —a la que aquí llaman “archistar”— insiste en que falta completar la idea: introducir más verde y recuperar algunos elementos artísticos recortados con el tiempo por razones presupuestarias.Tagliabue, sonriente y firme, guía a un pequeño grupo de estudiantes, periodistas y representantes institucionales, entre ellos el concejal
Edoardo Cosenza, atento a cada explicación. “También en
Barcelona, después de los Juegos Olímpicos, hicieron falta diez años para dar vida a zonas como la
Barceloneta”, recuerda. Nunca es demasiado tarde.Aquí todo estaba diseñado de forma rígida, por niveles fijos. Yo quería bajar, moverme, volver a
Nápoles”Benedetta TagliabuearquitectaLa primera ruptura con el entorno se percibe ya al bajar las escaleras. “Fue complicado incluso esto —explica—. Aquí todo estaba diseñado de forma rígida, por niveles fijos. Yo quería bajar, moverme, volver a
Nápoles”. La estación se concibe como una plaza abierta, cubierta por una estructura ondulada de madera laminada procedente de los Alpes del Alto Adigio, que se apoya sobre el esqueleto de hormigón existente.“Quería crear un bosque”, dice. “Es una idea que tuvimos hace más de veinte años y que sigue funcionando, como hicimos en el mercado de Santa Caterina, sin destruir lo que ya existía. Porque también desplazarse, tomar el metro, debe hacerse en un entorno de belleza”.Las dimensiones son modestas frente a los edificios que la rodean, pero la ambición se mantiene intacta: “Es una pequeña semilla para rehumanizar este lugar”.El interior de la estaciónPAOLO FASSOLI La visita sirve también para reivindicar el modelo de metro napolitano, convertido en un museo subterráneo. “Ahora os lo están copiando todos”, comenta Tagliabue a las autoridades mientras desciende hacia los andenes, revestidos de un rojo pompeyano que alguien define, con guiño a la delegación española, como “aragonés y borbónico”.“En París, en el proyecto del Grand Paris en el que participamos, se inspiran en vuestra experiencia, aunque nunca lo reconocerán”, añade. La idea de un “museo obligatorio”, de rodear la vida cotidiana de belleza, funciona. “Increíble, el metro pasa y todo funciona”, bromea.Pero queda un paso pendiente. “Esta estación fue concebida como una plaza abierta, un bosque con madera, luz natural y ventilación. Había imaginado una cubierta con cerámicas de Vietri, del color del mar, con el Vesubio. Nos dijeron que era demasiado caro. Propusimos entonces un retrato de Virgilio del artista cubano Jorge Rodríguez-Gerada. Pero hoy solo veo una cubierta con una membrana de plástico”.El concejal promete que el Ayuntamiento trabaja en un plan para completar las estaciones del arte donde el proyecto quedó inacabado. Hará falta tiempo. Y paciencia. Casi bíblica, en el caso de Tagliabue, que fue nombrada por el Vaticano miembro de la Academia de los Virtuosos del Panteón.