La clase media se resquebraja Vive en
Madrid con su pareja, su hija y un compañero de piso. No lo cuenta como anécdota, sino como síntoma. La casa, dice, ha dejado de ser promesa de estabilidad para convertirse en el activo más valioso del planeta. El sistema ha cambiado: la vivienda es el motor de un capitalismo que premia la propiedad por encima del trabajo. En Generación inquilina (
Capitán Swing), sostiene que el acceso al hogar depende cada vez menos del salario y cada vez más de la herencia. Y cuando eso ocurre, la idea misma de clase media se resquebraja. Surge así una generación, que incluso con estudios y empleo, no puede comprar un piso. Cuando el trabajo ya no garantiza techo, el contrato social pierde credibilidad. Para
Gil, discutir la vivienda no es hablar de ladrillos, sino de cómo se organiza el poder económico en nuestras sociedades.La vivienda se ha convertido en el mayor depósito de riqueza del planeta. ¿Más que todas las bolsas del mundo juntas? El valor acumulado en bienes inmuebles supera al del mercado bursátil global, al del oro extraído en la historia y al de la deuda combinada. Es el activo más valioso del mundo. Explíquemelo. Cada vez el dinero encuentra menos rentabilidad produciendo bienes. Así que se desplaza hacia activos que permiten extraer renta, y la vivienda es el principal. Ha dejado de ser hogar y se ha convertido en un instrumento de acumulación. Y los precios se disparan. Y se desconectan de los salarios. Ese es el núcleo del problema: trabajar ya no garantiza poder comprar una vivienda. ¿Desde cuándo es así? El proceso venía de antes, pero a partir del 2008 se acelera. Tras la crisis financiera entran con fuerza los fondos de inversión, compran activos inmobiliarios de los bancos y comienza un nuevo ciclo especulativo. Antes el alquiler estaba más protegido. Sí. Con la renta antigua no podías expulsar a un inquilino para aumentar el alquiler. Ese modelo se fue desmontando progresivamente para facilitar el negocio inmobiliario. ¿Quién impulsa ese nuevo ciclo? Grandes fondos de inversión y grandes entidades que, tras la crisis, han acumulado miles de viviendas, yo los llamo megacaseros . Hábleme de ellos. Utilizan vehículos propios, como las socimis, con ventajas fiscales que facilitaron su expansión a partir del 2012, cuando se buscó atraer capital para absorber los activos inmobiliarios de los bancos. Se resolvió un problema financiero, pero se abrió un nuevo ciclo especulativo. ¿Y los llamados particulares ? El término es engañoso. Ahí cabe quien alquila una habitación y quien tiene 15 pisos. No es lo mismo. No. Pero el dato es este: la renta de los hogares de caseros más que duplica la de los inquilinos. ¿Y eso qué implica? Que el alquiler funciona como un mecanismo regresivo de redistribución: la riqueza fluye de los que menos tienen hacia los que más tienen, aumentando la desigualdad. ¿Cuándo dejó de ser viable comprar trabajando? En los años ochenta bastaban tres años de sueldo íntegro para adquirir una vivienda. Hoy hacen falta más de diez, y para los jóvenes bastante más. En las grandes ciudades, mucho más. Entonces el bienestar depende de heredar. Cada vez más. Y eso tensiona la idea meritocrática sobre la que se sostenía la clase media. ¿Se está rompiendo la clase media? La vivienda en propiedad era su pilar. Si ese acceso se bloquea, el modelo se debilita. ¿Así nace la generación inquilina? Sí. Personas que desde el 2008 no han podido acceder a la propiedad y viven encadenando contratos cortos y alquileres crecientes. ¿Y qué provoca eso? Inestabilidad vital. Cuando haces todo lo que te dijeron: estudiar, trabajar, esforzarte, y no accedes a la estabilidad prometida, algo se quiebra. ¿También políticamente? Sí. Esa ruptura genera desafección. Y hoy parte de esa desafección se expresa en el auge de la extrema derecha. ¿Quién posee hoy ciudades como Barcelona? Existe una fuerte concentración. Un 1% de propietarios con quince o más viviendas controla el 25% del mercado del alquiler. Y cada vez hay más capital internacional: fondos y plataformas que agrupan dinero de inversores extranjeros y compran edificios enteros, transformando viviendas en productos globales. ¿Y qué cambia cuando ocurre eso? Que suben los precios, se acortan los contratos y el barrio deja de organizarse en torno a quienes viven allí durante décadas. Empieza a pensarse para quien está de paso. Usted habla de capitalismo rentista. Es un modelo en el que ya no se crea riqueza nueva, sino que se compite por apropiarse de la existente. Es un juego de suma cero: lo que uno gana, otro lo pierde. Y eso genera tensiones sociales mucho más fuertes. ¿Hoy importa más poseer que trabajar? Esa es la tendencia. La posición social depende cada vez más de las propiedades acumuladas. ¿Qué propone? Un nuevo paradigma de vivienda. Sin estabilidad habitacional no hay bienestar. Debe protegerse como la educación o la sanidad. Expulsar a los fondos buitre y democratizar el mercado inmobiliario. Ahí empieza el cambio.