El mundo atraviesa un momento de retroceso democrático: más del 70% de la población vive bajo regímenes autoritarios, algunos altamente represivos. Paralelamente, son más de cincuenta los conflictos armados activos. Solo unos pocos ocupan las portadas; otros muchos son invisibles.Esta realidad coincide con una crisis de la arquitectura institucional internacional. El sistema global se fragmenta y evidencia las limitaciones —si no el fracaso— de la gobernanza articulada en torno a las
Naciones Unidas. El respeto por el derecho internacional se deteriora, incluso entre democracias, y reaparece la lógica de que el fin justifica los medios.Las ciudades pueden reconstruir la convivencia y devolver la esperanzaEn este contexto, también se hace evidente la insuficiencia del estatocentrismo. Los estados a menudo no pueden afrontar solos retos transnacionales complejos. Una parte creciente de la respuesta recae en las ciudades, donde vive la mayoría de la población mundial, incluidas ciudades medias y municipios que afrontan problemas globales con instrumentos locales. De aquí nace la diplomacia urbana. A diferencia de la estatal, centrada en la geopolítica y la soberanía, la diplomacia de las ciudades es pragmática: establece relaciones directas, comparte conocimiento y busca soluciones tangibles, priorizando la cooperación y la cohesión social. Esta acción es especialmente valiosa en contextos de conflicto. Las ciudades aportan tres ventajas clave: proximidad para detectar tensiones sociales, legitimidad como actores sin capacidad militar –las ciudades no declaran guerras– y flexibilidad para mantener canales de cooperación cuando la diplomacia estatal se bloquea.Este trabajo a menudo se canaliza a través de redes internacionales como Ciudades y Gobiernos Locales Unidos ( CGLU), que se han convertido en plataformas esenciales para impulsar la cooperación, la reconstrucción y la promoción de la paz desde el ámbito local.Los ejemplos lo demuestran.
Barcelona, durante la guerra de los
Balcanes, impulsó iniciativas con
Sarajevo. El municipalismo catalán, a través del Fons Català de Cooperació, ha desarrollado numerosos proyectos de solidaridad internacional que han contribuido a la reconstrucción social e institucional en varios territorios.Este potencial se concreta en la cooperación técnica descentralizada. En el postconflicto, restablecer servicios esenciales como el agua, la vivienda o los residuos es prioritario. El intercambio entre técnicos municipales puede ser determinante para reconstruir instituciones locales y evitar vacíos de gobernanza.Las ciudades medias tienen un papel destacado: combinan proximidad humana y capacidad de innovación institucional, facilitando soluciones con impacto real. Sin embargo, la diplomacia local tiene límites: escasez de recursos, presión de la gestión cotidiana y dependencia de los ciclos electorales. Por eso es clave el apoyo de los estados y de los organismos multilaterales, así como el refuerzo de las redes municipales globales.Desde la Associació Catalana de Municipis, hemos reforzado este camino impulsando iniciativas para combatir los populismos y compartir experiencias en Europa. Nuestra presencia en Bruselas quiere contribuir a fortalecer el papel de los gobiernos locales en los grandes debates globales.En un mundo fragmentado y en conflicto, las ciudades seguirán siendo a menudo víctimas. Pero también se pueden convertir en actores relevantes en la construcción de la paz. Quizás no decidirán las guerras, pero sí que pueden reconstruir la convivencia y devolver la esperanza. Y hoy, esta contribución es más necesaria que nunca.