La anónima protagonista de Ocaso y fascinación, novela de
Eva Baltasar, es una mujer solitaria que vive en un mundo hostil, paradigma de nuestra época de individuos flotantes. Pedagoga de formación, se ve abocada a la precariedad extrema y se sostiene como puede limpiando las casas ajenas, ella que no tiene donde caerse muerta: “Tenía 27 años y estaba acabada, con un sueldo miserable”. Más allá del desamparo social, que hoy empuja a muchos trabajadores a una precariedad insoportable, hay en ella algo íntimo que la aleja de los otros: “No imagino para mí otro mundo que el santuario incorruptible de casa”. Cuando los demás se acercan, se tapa los oídos o mira hacia otro lado. Se refugia en un aislamiento que le evita confrontarse con lo que nombra como su incompetencia. Su soledad social es también la imposibilidad de comprender sus propias decisiones: “Mi vida era una construcción frágil, inestable, un surtido de errores que no comprendía”.¿Más solos que nunca?Esta primera referencia literaria actual nos sirve para constatar que hoy todo el mundo habla de su soledad. La mencionan quienes viven solos, quienes tienen pareja, quienes comparten amistad, casa o trabajo con otros. Y, por supuesto, los escritores de todas las épocas y géneros. Para muchos, la soledad aparece como una amenaza vital, una fuente constante de angustia, y es sin duda uno de los grandes retos de nuestro tiempo.Junto a la soledad no deseada existe también la soledad buscada. ¿Quién no se ha preguntado alguna vez qué libro, disco o película se llevaría a una isla desierta? La pregunta encierra ya una fantasía: la de estar solos, aislados del mundo. Como escribió
Gilles Deleuze, soñar con islas es siempre soñar con separarse, ya sea para perderse o para recomenzar desde cero. La paradoja es conocida: una vez en la isla, son los propios demonios los que nos visitan.Portada de una edición de 1881 de 'Robinson Crusoé', de Daniel DefoeArchivoLa literatura ha explorado esta fantasía de forma recurrente. El
Robinson Crusoe de
Daniel Defoe —inspirado en la experiencia de
Pedro Serrano, capitán español que en 1526 sobrevivió ocho años en una pequeña isla— no encuentra a Eva como compañera, sino a Viernes, esclavo obediente y hastiado de la antropofagia, símbolo de la unión entre capitalismo y protestantismo. Robinson no puede estar a solas consigo mismo ni prescindir del otro. Como señaló
Virginia Woolf, apenas hay signos de subjetividad en el personaje: actúa sin cesar, pero es incapaz de expresar algún sentimiento propio. Su puritanismo moral y sus creencias religiosas velan la soledad. Y, como en otros relatos de solitarios varones, esa ausencia de relaciones sexuales se sustituye por sus proezas manuales, tratando de mostrar que esa soledad ausente de mujer es productiva.⁄ Para muchos, la soledad aparece como una amenaza vital; para otros, es una fantasía buscada para aislarnos del mundoEl psiquiatra francés Jacques Lacan retomó este mito para describir la condición del sujeto moderno: un náufrago que ya no puede contar con la providencia divina y debe arreglárselas solo. La ciencia sustituye a la religión como organizadora de la vida, pero queda subordinada al capitalismo y a la técnica. La independencia conquistada implica un precio: más libres de ataduras, pero más siervos del consumo. Este pasaje de la comunión con Dios a la isla desierta como territorio propio del Yo, instala al sujeto, en palabras del psicoanalista J.A. Miller, “en una soledad esencial respecto de toda institución y respecto de otro que habla”.El mito persiste hoy bajo otras formas. Las identidades sociales tradicionales ya no ofrecen la misma protección, y los jóvenes —y también muchos adultos— tienden a identificarse menos colectivamente y más de manera individual a través de comunidades más pequeñas y aisladas donde adoptan identidades múltiples. Gilles Lipovetsky ha descrito esta deriva como la consagración de la autenticidad: la fidelidad absoluta a una supuesta esencia interior. No en vano, lo auténtico bebe de la sacralización que hizo Rousseau de la sinceridad como un valor moral supremo, cuando de lo que se trata, más bien, es de salir de sí mismo.
Eva Baltasar, Ray Loriga, Samanta Schweblin y Santiago Lorenzo, autores que abordan el asunto de la soledad contemporáneaM.Espinosa/ D.Duch/ E.GutiérrezEl reciente auge de la estética cristiana —presente en artistas como Rosalía o en la película Los domingos, dirigida por Alauda Ruiz de Azúa— puede leerse como una reacción al ruido fatigante de las redes sociales. Invoca vínculos más sólidos y auténticos. Y, a veces, la huida de la ciudad hacia la naturaleza.Es el tema de Los llanos, del escritor argentino Federico Falco. El duelo de un amor quebrado bruscamente empuja a su protagonista a abandonar la ciudad y alquilar una casa en el paisaje de su infancia: “Era un espacio donde me podía encontrar a mí mismo. Donde podía leerme”. La soledad, ya experimentada en la pubertad bajo el signo de no encajar por su sexualidad, se redobla en la adultez cuando lo abandona su pareja. El intento de escribir fracasa al constatar que ninguna palabra es capaz de decir la verdad. Entonces aparece el vacío: “Armé una huerta para llenar el vacío. El ancho tiempo vacío. El tiempo del llano”.Sujetos hiperconectadosLa soledad no se limita a la ausencia de compañía; es también la experiencia de aquello que nos hace singulares. Conectar con esa singularidad no siempre es fácil. La sacralización contemporánea del yo ignora los hilos invisibles que entretejen nuestras existencias. Este desconocimiento no es ajeno a la aceleración de nuestras vidas hiperactivadas. Consumo, inmediatez y búsqueda constante de estímulos generan un movimiento que oscila entre frenesí y vértigo. Como recordaba Zygmunt Bauman, “la vida del consumidor es una secuencia interminable de nuevos comienzos”. En el frenesí domina la euforia; en el vértigo, la angustia por no alcanzar las expectativas. Héroes, la novela de Ray Loriga, narra en primera persona las fantasías y temores de un joven encerrado voluntariamente en su cuarto para “buscar mis propias señales”. Lo híper se muestra en el exceso de sueños donde se mezcla el sexo, las drogas, el rock & roll, la velocidad y el frenesí de un cuerpo fragmentado, sin identidad a la que agarrarse cuando los sueños se desvanecen. Con el telón de fondo de la tristeza y la muerte, trata de componer en soledad el puzle de la vida que no tiene: la soledad son sus propios demonios que vuelven a visitarle.Diez obras sobre la soledad de hoy1Eva Baltasar Ocàs i fascinació / Ocaso y fascinación(Club Editor/Random House, 2024)2Federico Falco Los llanos (Anagrama, 2020)3Ray Loriga Héroes (Alfaguara, 2020)4Alana S. Portero La mala costumbre (Seix Barral, 2023)5Vivian Gornick Mirarse de frente (Sexto Piso, 2019)6Kazuo Ishiguro Klara y el sol / La Klara i el sol (Anagrama, 2021)7Ian McEwan Máquinas como yo / Màquines com jo (Anagrama, 2019)8Samanta Schweblin Kentukis (Seix Barral, 2025)9Santiago Lorenzo Los asquerosos (Blackie Books, 2018)10Laura Freixas A mí no me iba a pasar (Ediciones B, 2019)La vivencia de la sexualidad, sobre todo cuando es disruptiva, intensifica esta experiencia. La mala costumbre, de Alana S. Portero, describe la soledad de una niña encerrada en un cuerpo que no reconoce como propio. Años de “práctica clandestina”, de sentirse sola sin poder hablarle al otro: “un límite asfixiante, una escafandra que me mantenía aislada en el fondo de un mar muerto”. Esa experiencia de soledad solo le permitía anticipar lo peor del porvenir.Las paradojas de la soledadLa soledad es parte constitutiva de la condición humana y no equivale necesariamente a patología. Por eso no está exenta de paradojas, porque en rigor nadie está completamente solo. Siempre estamos acompañados: personas, objetos o pensamientos que amortiguan o intensifican esa experiencia. Vivir sola, uno de los siete ensayos que conforman Mirarse de frente, de Vivian Gornick, muestra muy bien esas paradojas. La narradora ha pasado por diversos estados: pareja, sola, compartiendo piso, y es consciente de que la soledad es la condición humana que menos se presta al análisis fácil. Descubre, en su matrimonio, que la angustia se parece demasiado a la entrega y que la “sola idea del amor se me antojó una invasión”. Eso le permite pasar del sentirse sola al aprender a estar a solas porque admite que la soledad es incurable. Se trata entonces de plantarle cara a lo que ella define como lo característico de la soledad: la evaporación de la vida interior. Ignorarse a sí mismo te condena a la soledad.Vilhelm Hammershøi, Interior, No. 30 Strandgade (Interiør, Strandgade 30), 1906ArchivoEn La soledad era esto, de Juan José Millás, el cuerpo mismo se vuelve un acompañante inquietante. La protagonista no es una mujer aislada, aunque sea parca en sus lazos sociales. Se siente sola, si bien no puede evitar la compañía insistente de un objeto extraño que convive con ella y atraviesa su cuerpo de arriba abajo: una bola que le causa dolores intestinales, náuseas, vómitos. Cuando la angustia escala a cimas altas, cae desmayada, desaparece, despojada de referencias. La soledad era esto: “Encontrarte de súbito en un mundo como si acabaras de llegar de otro planeta del que no sabes por qué has sido expulsada”.Soluciones digitales ante la soledadLo virtual ha generado nuevos interlocutores (humanos, avatares, inteligencias artificiales) en quienes delegamos—como si la vida pudiese externalizarse— aspectos cruciales de la vida como la búsqueda del saber y de la satisfacción. Aplicaciones de citas, redes sociales, pornografía online, chatbots y robots de compañía prometen paliar la soledad. Todas ellas confirman la diferencia crucial entre una conexión y un vínculo. La conexión es un lazo unilateral, acorporal, que implica un compromiso débil y muchas veces efímero. Un vínculo, en cambio, supone un lazo bilateral o multilateral, siempre en presencia del cuerpo, con un compromiso más sólido y duradero en el tiempo. Klara y el sol, novela de Kazuo Ishiguro, nos presenta a una máquina humanoide de personalidad femenina, llamada Klara. Adquirida por la pequeña y frágil Josie, es una prótesis suplementaria, siempre disponible para no dejarla a solas, especialmente cuando cada breve separación de su madre atormenta a la niña avivando su sentimiento de soledad. Ishiguro nos muestra las paradojas de la soledad, entre la búsqueda del otro y la preferencia por estar a solas.Joaquin Phoenix da vida a Theodore en 'Her'Vertigo FilmsEl éxito que vemos hoy de los chatbots conversacionales nos enseña cómo, al igual que Joaquin Phoenix encarnando a Theodor en Her, somos capaces de amar las máquinas. Charlie, el joven protagonista de Máquinas como yo, la novela de Ian McEwan, es un sujeto inconsistente y solitario: “me he pasado la mayor parte de mi vida, sobre todo cuando estoy solo, en un estado de neutralidad anímica, con la personalidad, sea esta lo que fuere, en suspenso”. Busca compañía y, aunque la tiene en el piso de al lado, su joven vecina, elige un amigo artificial, “un compañero para mí mismo”, un plan B por si no puede acceder a la chica. Kentukis es una novela sorprendente de Samanta Schweblin que explora la relación entre la tecnología y la intimidad a través de los “kentukis”, unos dispositivos parecidos a peluches que tienen cámaras y ruedas para moverse. Estos aparatos se conectan de forma aleatoria con un controlador anónimo que los observa y manipula a distancia, infiltrándose en los hogares de otras personas alrededor del mundo. La novela se compone de múltiples historias que muestran un amplio abanico de las pasiones humanas: voyeurismo, exhibicionismo, sadismo, compasión, amor. Cada uno de los usuarios incluye al kentuki en una escena organizada a partir de su propia soledad.Encerrados en su burbujaLacan habló de lo “inquietante de la presencia” para referirse al efecto que nos produce la presencia del otro, sobre todo cuando no es alguien familiar. Podemos ver su imagen y escuchar su voz, pero la presencia incluye además lo que no es visible, aquello del otro que tiene que ver con su deseo y no podemos captar. Todos hemos experimentado un grado leve de esa inquietud cuando viajamos en un ascensor con un extraño y, a pesar de identificar imagen y voz, no sabemos bien qué quiere, “de qué pie cojea”. Por eso, solemos recurrir a conversaciones banales como el tiempo o la hora para romper el silencio que hace todavía más inquietante su presencia.Esta inquietud es, de todos modos, relativamente normal, pero algunos casos como esos jóvenes japoneses, los hikikomori, o personajes encerrados en sí mismos nos muestran el lado más patológico y dramático de esa “inquietante extrañeza”. Esther, la protagonista de La campana de cristal, la única novela de Sylvia Plath, se percibe como una adolescente tranquila y vacía que únicamente fue feliz hasta los nueve años y no entiende por qué después todo se torció. Sus encuentros con chicos siempre son fallidos y no logra salir de la soledad de su campana de cristal: “Para la persona encerrada en la campana de cristal, vacía y detenida como un bebé muerto, el mundo mismo es la pesadilla”. En su diario, Plath escribió su rechazo a ser una chica por lo que tenía de dependencia del hombre. Su anhelo de renacer encontró un final trágico cuando en 1963 precintó la puerta de la cocina, abrió el gas y esperó con la cabeza dentro del horno. Minutos antes había preparado el desayuno para sus hijos.'Hacia rutas salvajes' ('Into the Wild'), la película dirigida por Sean Penn que protagoniza Emile Hirsch (en la imagen)Universal PicturesManuel, protagonista de Los asquerosos, la novela de Santiago Lorenzo, nos ofrece una versión peculiar del encierro. Se presenta como un “niño de la llave” abandonado por los padres, que encuentra en la adolescencia la oportunidad de salir de ese encierro forzado para hacer realidad “sus deseos de compincheo”. No parece tener suerte y atraviesa el pasaje adolescente en un estado de soledad no deseada. Un azar le lleva a refugiarse en un pueblo abandonado, una suerte de isla robinsoniana en la España vaciada, donde disfruta de “una austeridad fiera en la que chapoteabas cada vez con mayor deleite”. Hace de la exclusión una salida solitaria “gozosa en cuanto que vocacional”.Escribir la soledad“La escritura de un libro es siempre la puerta abierta hacia el abandono. El suicidio —añade Marguerite Duras en su Escribir — está en la soledad de un escritor. Una está sola incluso en su propia soledad. Siempre inconcebible. Siempre peligrosa. Sí. Un precio que hay que pagar por haber osado salir y gritar”. La escritora sabe bien de qué habla cuando enlaza suicidio, soledad y escritura. La soledad necesita a quien la escriba, aun con el riesgo que esto implica. Para ella —como para todo aquel que escribe— la literatura es un tratamiento de lo íntimo, y por ello, de lo más doloroso: aquello que no encuentra palabras para ser dicho. Por eso cuesta escribir, y por eso se necesita tiempo para hallar la propia voz.Lacan también señalaba que hablar tiene que ver con la soledad, con aquello que no puede escribirse porque no existen las palabras adecuadas. Y es precisamente por esa falta de palabras que no nos queda otra opción que intentar escribir algo que dé forma a esa soledad. Duras lo expresa poéticamente cuando confiesa hallarse en un agujero, en una soledad casi total “y descubrir que solo la escritura te salvará”.Lee también A mí no me iba a pasar, el relato autobiográfico de Laura Freixas indaga sobre otro registro de la soledad, el de la mujer que se interroga sobre su condición femenina. La soledad a la hora de decidir sobre la maternidad —más allá de las expectativas de los otros— la divide respecto a su deseo: “no sabía cómo contestar (…) la maldita pregunta: ¿qué es ser una mujer?, para la que nunca había tenido una respuesta”. Esa soledad estructural la tienta a taponar el enigma con una versión demasiado maternal, cómoda y mutilada de su ser femenino. Su vida, que hasta entonces “había sido un permanente diálogo entre lo vívido y lo leído” se topa ahora con la experiencia más intensa y trascendental de su vida y no encuentra nada que leer y hasta le faltan las palabras para designar su falta. Este libro, junto con todos sus diarios, es un esfuerzo poético por dar forma a esa soledad.La literatura sobre la soledad es vastísima; atraviesa épocas, estilos y géneros. Las obras comentadas —selección deliberadamente arbitraria— nos ofrecen una experiencia singular de ese desamparo y el esfuerzo poético que cada cual hace para rozar la soledad y darle forma escrita.