Como el uroboro, la serpiente se muerde la cola, símbolo de la circularidad del tiempo, o como la pescadilla de un menú de fonda, el ciclo novelesco que se inició en con L’àngel de la segona mort (y que ha continuado con El trànsit de les fades , El metall impur y La casa tapiada) llega, con Les nits en blanc, al punto de partida: el momento en que, por una recomendación de
Pere Gimferrer,
Julià de Jòdar (
Badalona, 1942) publicó su primer libro.Llamarle quinteto me parece tonto: la obra de Jòdar gira en torno al mismo mástil, como una de aquellas atracciones de sillas volantes, encadenadas a un eje mecánico. Zapata als encants y L’home que va estimar Natàlia Vidal tienen todo el derecho a ser contadas como parte de este Rougon-Macquart, que transcurre entre
Cartagena,
Badalona,
Barcelona,
Cadaqués y la isla de
Arousa, entre los años de la República y la crisis del posmodernismo, y que en esta nueva entrega llega al punto G de las verdades decisivas. “L’amor, la inclinació per la literatura, no és sinó una manera d’acceptar que cadascú som molts” -dice un personaje-. Siguiendo esta premisa, Jòdar ha interpretado su obra como un juego de espejos, o mejor aún, un baile de máscaras, “una simulació d’expectatives rigorosament controlada enfront del sempre imprevisible atzar” que domina la vida corriente.
Gabriel Caballero, el señor Lotari, Aticus, el noi que va prendre el relleu de l’Eulògia, el noi que va prendre el relleu del noi que va prendre el relleu de l’Eulogia i el
Julià de Jòdar ortónimo conviven en una ficción barroca, suntuosa y crítica, que explora todos los registros de la literatura: de la sátira al melodrama y de la farsa a la elegía.El libro centrifuga cartas, páginas de diario, confidencias y recuerdos en torno a las experiencias políticas y amorosas de los ochenta. Con una parte central, un bloque de ciento veinte páginas, “Dorothy, o la cavalcada”, que es una novela dentro de la novela: un extraordinario libro de amor, con un retrato de la
Barcelona de la transición y del reflujo de las ideas reaccionarias que en este país no pueden darse nunca por enterradas. Cuando Jòdar toma elementos de su etapa preliteraria y política y los reelabora narrativamente es muy potente. Les nits en blanc tiene dos momentos intensísimos, que contienen un autoretrato contundente y afinado como una filigrana. Cuando, a raíz del retorno del
Guernica a España, con toda la operación de lavada de cara del régimen surgido de la crisálida franquista,
Gabriel Caballero escribe que Picasso no diserta sobre la historia: se quema en el arte. Es en aquel momento que el joven químico, triplicado de aprendiz de director de teatro y director de enciclopedias, decide “que començaria a esbudellar sense compassió les vides d’aquella pobra gent a qui havia ignorat des de petit, però als quals portava dintre seu com a testimoni de la cega i despietada crueldat dels que s’havien apropiat despòticament de la història per fer-ne un relat que ell havia de capgirar sense miraments”. El otro gran momento -en clave de comedia- es cuando, en un bar de la Rambla.
Gabriel Caballero comenta con un periodista un artículo que ha escrito en la revista El Viejo Topo, plagado de referencias librescas, mezcladas con historias sentimentales, y descubre que es ya posmoderno. De espíritu posmoderno, cree que la modernidad es un proyecto inacabado y defiende la razón moral.Pero el centro, como he dicho, es la historia de amor con la mujer a la que llama Rock, la seducción y su época de amantes -ella se ha casado y él ha tenido una niña por accidente-. Son páginas intensas y si me permiten decirlo, preciosas, como Jòdar no había escrito sino en L’home que va estimar Natàlia Vidal. Tan intensas y tan preciosas que en la tercera parte -donde encontramos también mentiras románticas y verdades novelescas- se advierte el esfuerzo literario para desmentirlas y preservar el juego especular.Arte que quema.
Julià de Jòdar Les nits en blanc Comanegra 369 páginas 23,90 euros