Es, seguramente, el mayor desafío que existe en el deporte moderno. Al menos en nuestro deporte moderno, vaya. Es, seguramente, la mayor rivalidad que uno imaginarse pudiera. Tan distintos, tan iguales. Una tan especial que solo la vemos cinco o seis días al año. Cómo no ponerse tontorrón mientras llega el que abre. Sean ustedes bienvenidos a la Milán-San Remo, edición de 2026. Volvamos a lo de antes. El desafío es por los cinco Monumentos que afronta Tadej. Solo tres ciclistas ganaron los cinco, y lo hicieron antes de que fueran cinco. Sucede en un período muy concreto, unos campeones muy específicos. Todos de Flandes (aunque Eddy es patrimonio de la humanidad), todos en el Gotha de los clasicómanos.Y, ahora, Tadej. Medio siglo más tarde, Tadej. Entre aquel de Ronde con Freddy y Roger y esta primavera han pasado muchas cosas, pero ningún ciclista logró ganar los cinco monumentos. Quedó (muy) cerca Kelly, quedó (menos) cerca
Hennie Kuiper (solo trinca podio en La Doyenne durante aquella carnicería de Hinault), quedó (menos) cerca
Philippe Gilbert. Parecía imposible, hace no tanto, cuando Boonen y Cancellara luchaban por enseñorear adoquines y se hacían mus en colinas. Parecía imposible, hasta que llegó Tadej. Que fue podio (podio, hostia) en todos los Monumentos del año anterior Y que tiene entre ceja y ceja lo de completar repóker.
ASO y
RCS rezan, cada uno en su idioma, para que San Remo o Roubaix sean el asalto definitivo. Porque aquello sí que será la mayor batalla desde, no sé... Austerlitz. Porque, allí donde sea, estará él. Nuestro segundo protagonista, que sería primer protagonista en casi cualquier momento histórico.
Mathieu van der Poel es, seguramente, el mejor ciclista que jamás haya nacido para las clásicas de adoquín. Y tiene un talento tal que suma ya dos San Remo, que fue, incluso, podio en Lieja. Es rey indiscutible (aunque discutido) en el Principado de las piedras y los bergs. Y es la otra cara de una rivalidad histórica, un Merckx vs de Vlaeminck con menos patillas, un regalo cuando ya no esperas nada que echarte a la boca. Ambos son, en sus feudos, casi imbatibles. Ambos salen, cuando se enfrentan en estos sitios, al cincuenta de opciones. Hasta los que ven este momento de las bicis aburrido (mucho mejor el trenecito SKY, mucho mejor el ataque de Joaquim Rodríguez en las vallas, mucho mejor Zabel y Cipollini por la Vía Roma), hasta esos, de cuyo nombre no quiero acordarme, esperan las clásicas de primavera con interés. Es imposible sobreponderar la importancia que este desafío, que esta lid violenta y constante, tiene en el mundo de las bicis. Demos gracias, pues. Porque hemos visto tantas cosas... Yo aún recuerdo un ataque de Marco Pantani, año 1999 (el Marco Pantani de 1999, antes de Campiglio) en La Cipressa. Todos decían (todos supimos) que aquello era una inmolación, eran espectáculos fatuos, era un poner gónadas encima de la mesa frente a su némesis popular, Michele Bartoli. Nunca coincidían, ambos, porque cómo iba un vueltómano a meter morruco en tales temas. Nunca coincidían. Y entonces eso de Cipressa fue solo demostrar a la tele que estaba allí, y ver si picaba su rival.Es imposible que llegue, desde Cipressa. Sí, Chiappucci, pero haceya, de Chiappucci, y aquello fue muy específico. Imposible. En época de Coppi, de Gino, vale... pero hoy... Hoy, con los equipos, con la velocidad, con la preparación... Nah, hoy La Cipressa, como mucho, desgasta. Como mucho, que normalmente ni eso. Y miren ahora, que llevamos 30 días diciendo "Cipressa esto,Cipressa lo otro". Que si se va Pogačar en solitario, que si cortan a van der Poel, que si ya recuperó Ganna de aquel esfuerzo. Es increíble. Es maravilloso. Repetimos. Demos gracias, pues. Hasta ese instante preciso... pues un poco lo de siempre en San Remo. Una escapada lejanísima sin mayor interés que ver cuándo entran en escena los capos (que suele ser tras los Capos). No es fácil ser Marc Gómez, amigos. Pero, oye, mejor eso que hacer entrenamiento de siete horas sin asomar morruco. Fueron Milesi, Tarozzi, Marcellusi,Moro, Faure-Prost, Belleta y Maestri. Quede aquí, al menos, esa mención. Aunque nadie diera un duro por ellos. (Quede, también, toda la fuerza para Debora Silvestri. Yo no voy a entrar en detalles, porque ya los carroñeros les habrán metido el vídeo en todas sus redes, periódicos y televisiones. Allá ellos.Toda la fuerza para Debora Silvestri). Hasta entonces, hasta esa Cipressa que dijimos (y la previa, que fue agitadísima)... pues lo de siempre en esta carrera. Unos paisajes increíbles, una lengua de asfalto lamiendo la mar tras bajar desde interiores, pueblos con pinta de poner cafés riquísimos. Ah, y el equipo de Pogačar tirando. Porque la única opción de Pogačar, aquí, es que esto sea más duro que nunca, que sea una San Remo de (más) agonías, que vuelva a decidirse a puro tirón de angustia y fondo. Así que... se endurece. En la carrera de los 300 kilómetros, se endurece. Hasta que ocurre. A poco de Cipressa. En (casi) la misma cabeza del pelotón Una curva a izquierdas, un maillot arcoíris que cae. Afilador, parece. Arrastra a otros. A Van Aert (menudo tras coche después, macho, con televisión en directo... esto también juega contra la credibilidad), a Girmay. Tiene, Tadej, el coulotte sucio, roto por las caderas, tiene dolor aunque puede reincorporarse, tiene un reguero sanguinolento recorriendo la pálida piel. No importa, el asunto ha cambiado. Ya no es entrar a tope en Cipressa, sino entrar en el pelotón antes de Cipressa. Mathieu también se corta; Mathieu también debe remontar. Menos, en su caso, y no lleva manchurrones en maillot. Lo hace fácil, porque lleva Van der Poel en que colocación y olfato, déficits suyos cuando joven, tornan aliados para conseguir la victoria. Pero vean ustedes cómo se modifica el asunto en solo un curveurbano... Empalma Tadej en plena subida a Cipressa, y asoma el morro al primer instante. Y tiran los suyos, y todos se estremecen, todos metencoditos, buscan rueda, entienden que es culmen, aunque haya dolor. Muestran, en la tele, velocidad subiendo. 35, 36, 37, hasta 40. 40, tú, que los pillo bajando Ubiarco... Momento clave... tres kilómetros a la cima (el último es más suave) y acelera Isaac del Toro. Con un maillot distinto Del Toro podría ser outsider, pero aquí... prepara el despegue de Tadej. Que llega. Donde todos lo piensan, donde todos lo saben. Mueve la bici deforma violenta, como si los pedales fuesen venganzas. Y a su rueda sale Mathieu, y tenemos otra vez el duelo, y está allí, como invitado aparente, Tom Pidcock, que es un mini-van der Poel, un mini-Pogačar, un motor privilegiado, pero más chico, ante auténticos buques de guerra... Ya saben cómo (casi) termina. El resto... En fin, el resto. Más de 20 a meta. Más de 20... Sin llegar arriba vuelve a probar Pogačar. Tras dos relevos (uno de Tom, uno de Mathieu) vuelve a probar Pogačar. Pero casi no hay pendiente, lo cogen fácil, todo lo fácil que se pueden hacer estos asuntos. Va entre ellos tres. Ahora toca remar. Que lo hacen. No es poca cosa jugarse San Remo, y los tres hacen porcolaborar. Relevos francos, sin esconderse. Todo para el Poggio, peroantes lleguemos al Poggio. Esta generación, esta de la que hablémás arriba, también destaca por algo tan sensato, tan lógico, comono esconderse. Antes se rateaban fuerzas y se buscaba sprint, perdiendo con esa táctica muchas victorias. Ahora todos jugamos aljugar de las bicicletas (que no se me enfade el Vizconde). Y se agradece mucho, eh. Así que Il Poggio. La colina sin dureza más legendaria de todo el mundo bicis. Apenas pendiente, asfalto ideal, herraduras donde estos muchachos deben frenarse mogollón (con lo que resulta difícil lo de romper grupos, con lo que resulta difícil descolgar a alguien con la técnica exquisita, la técnica deliciosa, de un van der Poel, por ejemplo), una cabina telefónica devenida en icono que algún concejal sin sentido estético decidió cargarse. Ese Poggio. Y acelerones. Vuelta y revuelta. Pogačar que mete unos metros a Mathieu, Pidcock que aguanta tras el monstruo, que sufre a su rueda,que se muere sobre el manillar. El grupo grande a menos de diez segundos, van der Poel que parece entrar en crisis, que descompone suestampa bella e irrepetible (yo a veces viendo a van der Poel siento... cosas). Ha hecho, Tadej, lo imposible. Ahora solo quedarematar con lo más difícil. Porque Tom Pidcock no cede, Tom Pidcock se aferra. Tom es nueva némesis, Pogačar siempre está. Ni un metroabre. El hombre de los ataques sentado se alza en pie, mueve su bici, descompone gesto. No hay forma. Quedará para la discesa, para el sprint. Y qué sprint. Pidcock es rápido, y se juega su gran día. Pogačares rápido, y se juega su gran obsesión. Se vigilan, pareciera que los pueden coger. Sería injusto, sería un bajón curioso, una pelide Star Wars donde a Darth Vader se lo cepilla Astrako. Nollegan. Llegan. Sprint, sprint agónico, sprint increíble. Sprint con Pidcock que remonta, con las bicis una junto a otra, con el casi tocar de manillares, con el miedo por ver ambos al suelo. Llegan casi (casi) a la vez. Casi. Media rueda. Solo media rueda. No alza los brazos, solo lanza un puño al aire. Solo uno. Se guarda. Gloria a Tom Pidcock. Leyenda
Tadej Pogačar. Desde hoy con expectativas insuperables para la París-Roubaix. Menudo mes y pico nos espera.