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NSR-2026-0321-27756News Report·ES·Human Interest

El naufragio que se saldó con un tesoro bajo el agua, 400 muertos y un hombre enterrado vivo

En 1554, una flota española zarpó de Veracruz, México, hacia La Habana, Cuba, con destino final a España. La flota transportaba dos millones de pesos en caudales y mercancías, además de unas 400 personas.

Carlos León AmoresEl ConfidencialFiled 2026-03-21 · 16:10 GMTLean · CenterRead · 17 min
El naufragio que se saldó con un tesoro bajo el agua, 400 muertos y un hombre enterrado vivo
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En 1554, una flota española zarpó de Veracruz, México, hacia La Habana, Cuba, con destino final a España. La flota transportaba dos millones de pesos en caudales y mercancías, además de unas 400 personas. El 29 de abril, una tormenta hundió tres de los cuatro barcos frente a la costa de Padre Island, Texas. Los barcos perdidos fueron el San Esteban, el Espíritu Santo y el Santa María de Ycíar. Solo el San Andrés logró llegar a La Habana para informar del desastre. Algunos sobrevivientes del San Esteban, incluido su capitán, Francisco del Huerto, regresaron a Veracruz en un bote pequeño.

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On April 29, a storm sank or grounded three ships off the coast of Padre Island, Texas.

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The ships carried two million pesos in goods and about 400 people.

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On April 9, 1554, four ships sailed from San Juan de Ulúa to Havana under Antonio Corzo.

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The San Juan galleon sank on January 12, 1554, due to a fire, causing nearly 300 deaths.

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54 ships under Bartolomé Carreño arrived safely in Veracruz in February 1554, except for the San Juan galleon.

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Los cincuenta y cuatro barcos que navegaban bajo el mando del experimentado marino asturiano Bartolomé Carreño llegaron sanos y salvos al puerto de Veracruz en febrero de 1554, con la única pérdida de la nave capitana, el galeón San Juan. La nave, propiedad de Lope Horitz, se hundió el 12 de enero de ese año en el seno mexicano por culpa de un incendio que causó una fuerte explosión y en el que murieron casi trescientas personas, casi todas las que iban embarcadas. Carreño, junto con otros dieciocho hombres que navegaban en la capitana, pudo salvar la vida en el pequeño bote del galeón. Aquel convoy, formado por seis naves de escolta y cuarenta y ocho mercantes, transportaba telas, ropa, vino, vinagre, aceite, aceitunas, jabón, plomo y cera, además de un número indeterminado de pasajeros. Dos meses después, en la mañana del 9 de abril de 1554, una parte de esta flota, compuesta por cuatro embarcaciones, partió del puerto novohispano de San Juan de Ulúa con destino al puerto de La Habana, en Cuba, a las órdenes de Antonio Corzo, para dirigirse después a España. Eran cuatro grandes barcos, el San Esteban, capitaneado por Francisco del Huerto, el San Andrés, en el que embarcaba el comandante de la escuadra, el Espíritu Santo, del capitán Damián Martín, y el Santa María de Ycíar, bajo las órdenes de Alonso Ojos. Estas naves, identificadas en algunos textos como naos y en otros como galeones, llevaban a bordo dos millones de pesos en caudales y mercancías variadas, además de a unas cuatrocientas personas entre marinos, comerciantes, soldados, religiosos, prisioneros, mujeres y niños. El día 29 de abril, cuando el convoy navegaba en dirección a La Habana, una tormenta alcanzó a los cuatro barcos sin que pudieran hacer nada para evitar las fuertes olas y el viento huracanado. En pocas horas, tres de ellos, el San Esteban, el Espíritu Santo y el Santa María de Ycíar, acabaron hundiéndose o encallando en los bancos de arena de la actual costa de Padre Island, en el estado de Texas, a unas 50 millas al sur de la bahía de Corpus Christi. Tan solo el navío San Andrés escapó de la tormenta. A duras penas consiguió llegar al puerto de La Habana, donde informó inmediatamente de lo sucedido. También algunos hombres del San Esteban, con Francisco del Huerto a la cabeza, lograron librarse del temporal navegando en una pequeña chalupa en dirección al puerto de San Juan de Ulúa, en Veracruz. Una tormenta alcanzó a los cuatro barcos. En pocas horas, tres de ellos acabaron hundiéndose o encallando El doctor Antonio Rodríguez de Quesada, miembro de la Audiencia de México, dio cuenta del naufragio el 15 de julio de 1554, con datos de posición, número de personas fallecidas y pérdida aproximada de caudales, en una carta conservada en el Archivo de Indias de Sevilla: "Yo enviaba en la flota q salió deste puerto a IX de abril deste año veinte y un mil y tantos pesos de oro común de bienes de defunctos cuyo juzgado me cupo. El ano pasado de 1553 y fue dios servido que se perdiesen en los tres navíos que dieron al través a XXIX del dho mes en las costas de la florida juncto al rrío de palmas en XXVI grados y medio donde murieron más de doszientas y cnqta personas y se perdió más de un millón de ducados por mal recaudo de los pilotos y marineros [...]". En medio del temporal, y ante la virulencia de las olas y el viento, muchas personas embarcadas saltaron al agua desde sus respectivas naves para tratar de llegar a nado hasta la costa. La mayoría no lo lograron. Los que tuvieron más suerte consiguieron finalmente llegar a tierra sin saber que allí, en las extensas y desiertas playas, les esperaban el hambre, la sed y otro enemigo, tan cruel, despiadado y traicionero como el mar embravecido: las tribus nativas que habitaban la costa del golfo de Texas, desde la actual bahía de Galveston hasta la bahía de Corpus Christi. Estos indios, fieros descendientes de los caribes antillanos, eran hábiles pescadores y cazadores, altos, corpulentos, de pelo largo y piel tatuada, y aún mantenían costumbres ancestrales como la práctica del canibalismo ritual, que consideraban esencial para obtener el poder y la fuerza de sus enemigos. En todo caso, se trataba de un adversario con pocos escrúpulos, con un perfecto dominio del terreno que pisaba y para el cual la caza con arco y flecha era su forma de vida y su máxima diversión. En medio del temporal, muchas personas saltaron al agua para tratar de llegar a nado hasta la costa. La mayoría no lo lograron. El detallado testimonio de uno de los dos únicos supervivientes de los galeones siniestrados, el religioso fray Marcos de Mena, recogido a su vez por el cronista Pedro Fernández de Pulgar en el manuscrito titulado Historia General de la Florida, de 1596, aún se conserva en la Biblioteca Nacional de España. El estremecedor relato es, en realidad, un resumen de la crónica obtenida por fray Agustín de Ávila Padilla, quien tuvo la ocasión de entrevistar personalmente a Marcos de Mena. El fraile, conmocionado aún por el suceso y repleto de cicatrices mal cerradas repartidas por su cuerpo, le contó los detalles del fatídico naufragio. Según el superviviente, entre las gentes que consiguieron llegar con vida a la playa cundió pronto el pánico. Muchos habían oído historias de lo que algunos indios despiadados les hacían a los españoles con los que se topaban. Por suerte, desde el primer día, los supervivientes del temporal, que eran aproximadamente trescientos, dispusieron de agua y comida en abundancia procedente de las naves naufragadas, que habían almacenado suficientes provisiones como para atravesar el Atlántico, de manera que lo único que debían hacer para seguir con vida era evitar el encuentro con tribus indias. Pasado el susto del temporal, y una vez repuestas las fuerzas, decidieron seguir la costa caminando en dirección a la ciudad de Panuco, la próspera villa que Hernán Cortés fundara en 1522 bajo el nombre de Villa de Santiesteban del Puerto que, según sus cálculos, podía estar a unos pocos días de distancia. Pero, puestos todos en marcha, al séptimo día de camino por aquellas playas desiertas que quemaban las suelas del calzado, avistaron a lo lejos a un centenar de indios armados con arcos y flechas. Temblaron de miedo. No había escapatoria ni escondite posible. Solo podían tratar de mantener la calma, agruparse y dialogar. Los temidos indígenas se acercaron sigilosamente al grupo de supervivientes sin hacer ningún gesto de enfrentamiento. Muy al contrario, aquellos temibles aborígenes de las costas texanas les ofrecieron una gran cantidad de pescado que transportaban para alimentarse y algo que los náufragos aún no habían conseguido obtener desde que sus barcos quedaron encallados: fuego para cocinar y alumbrarse por la noche. Los supervivientes respiraron en paz. Los viejos relatos de indios asesinos parecían meras exageraciones alimentadas por el miedo y el desconocimiento. Aquellas tribus no eran más que gentes arcaicas que de forma caritativa les estaban ofreciendo lo que tenían para sí mismos. Los temores se fueron disipando a medida que indios y españoles se miraban, sonreían, se tocaban y se iban poco a poco entremezclando con naturalidad. Sobre el libro y el autor Hundidos (Alianza editorial) traza un recorrido cronológico por los principales naufragios de la armada española ocurridos en aguas americanas entre los siglos XV al XIX. Con el telón de fondo de la historia de un imperio naval y económico sin precedentes, el libro se recrea en la descripción de las flotas, las rutas de navegación, los puertos y astilleros, los productos transportados, las tripulaciones, los tipos de barcos, las causas de los naufragios, las relaciones con la población autóctona, búsqueda, rescate e investigación arqueológica. Dieciséis historias trágicas de navegación y muerte, en unos casos; de sufrimiento y supervivencia, en otros; rigurosamente documentadas mediante testimonios de archivo, mapas históricos e ilustraciones y fotografías de los restos de los barcos y los objetos conservados en museos, así como explicaciones técnicas de navegación, climatología, construcción naval, cartografía, armamento, indumentaria y vida a bordo. Carlos León Amores es doctor en Prehistoria y Arqueología por la Universidad Autónoma de Madrid. Se formó en arqueología subacuática y buceo profesional en el Centro Nacional de Investigaciones Arqueológicas Submarinas del Ministerio de Cultura. Ha participado en numerosos proyectos de prospección subacuática y ha codirigido excavaciones como el barco romano de Grum de Sal, en Ibiza, o el navío Nuestra Señora de Guadalupe, en aguas dominicanas. Desde 2005 realiza un inventario de naufragios españoles en América para el Ministerio de Cultura de España. Sin embargo, Antonio Corzo no terminaba de fiarse. Según el capitán de la flota, había mucha comida para tratarse de una tribu enemiga y demasiados arcos y flechas para ser indios amigos. Pensando en la posibilidad de un ataque repentino por parte de los nativos, pidió discretamente al grupo de náufragos que las mujeres se encargasen de la cocina mientras los hombres debían prepararse para defenderse con las armas que llevaban, apenas unas cuantas espadas y dos ballestas con sus saetas. Y, como si Corzo hubiera leído el pensamiento a aquella tribu india, en el momento en que se sentaban todos a comer correspondiendo a la amabilidad imperativa de los nativos, estos, de repente, saltaron sobre ellos enloquecidos disparando sus arcos y sus flechas. La respuesta no se hizo esperar. En unos segundos, las ballestas españolas atravesaron mortalmente a tres indios e hirieron a otros muchos hasta conseguir que huyeran del lugar. Fue un enfrentamiento corto, fugaz, pero suficientemente intenso como para que ambos grupos, náufragos y nativos, mostraran el poder de sus armas y pusieran al descubierto sus estrategias de ataque y defensa. Corzo ordenó entonces seguir caminando cuanto antes hacia Panuco, el único lugar en el que confiaba para salvar la vida de los supervivientes. Tenía miedo de que, vistas por los indios las escasas armas que traían los españoles, y tras constatar además que no portaban ninguna de fuego, volvieran de nuevo con más arcos y flechas para atacarlos. Durante toda la travesía caminando, con poca comida y escasez de agua, los náufragos fueron acosados por los arcos y flechas indios Y así fue. Durante toda la travesía caminando, con poca comida y escasez de agua, los náufragos fueron acosados constantemente por los arcos y flechas indios hasta que llegaron a las orillas del río Bravo. Allí los supervivientes comenzaron a fabricar balsas improvisadas para cruzar el caudaloso río con tan mala suerte que algunos murieron ahogados. Además, para colmo de desdichas, en un descuido absurdo de uno de los religiosos, las dos ballestas que tanta defensa les habían proporcionado cayeron al fondo de las turbias aguas del río. Una vez que todos habían cruzado a la otra orilla, continuaron caminando por las playas hacia el sur en grupos cada vez más dispersos y desordenados. Los indios se dieron cuenta de la pérdida de las ballestas y acortaron más la distancia con los supervivientes no sin antes matar a muchos náufragos y vengarse de ellos con crueldad. Grabado de unos nativos americanos con arco y flechas. (iStock) Cuenta Marcos de Mena que un día los indios capturaron a un grupo de españoles, desnudaron a dos de ellos sin hacerles daño y obligaron a los demás españoles confiados a desnudarse también. Pero cuando todos estaban sin ropas, aprovecharon la situación de indefensión para matarlos de uno en uno, dar el mismo final cruel a hombres, mujeres y niños y celebrarlo después con bailes y danzas de victoria. A la altura de la desembocadura del río de las Palmas, cuando ya solo quedaban vivos unos doscientos españoles y ya habían muerto todos los niños y las mujeres que formaban parte del grupo de supervivientes, encontraron una canoa en la orilla para cruzar las embravecidas aguas del río. Después de muchos viajes, lo consiguieron. Pero un grupo de indios apostados en la otra orilla les atacó de nuevo, con más crudeza si cabe, y mató a unos cincuenta náufragos. Dos religiosos, Diego de la Cruz y Hernando Méndez, de los cinco que habían salvado la vida en los naufragios, decidieron abandonar el grupo, esconderse y dejar pasar a todos los españoles y a sus perseguidores. Era una estrategia peligrosa. Ahora estaban solos, cansados y heridos. Una estrategia que Diego no superó. Sus heridas le impidieron seguir caminando y murió en los brazos de su compañero de fe, quien regó con lágrimas su sepultura. Hernando continuó avanzando ribera arriba del río hasta que se encontró con otro náufrago, desnudo, solo y mal alimentado. Dos religiosos decidieron abandonar el grupo, esconderse y dejar pasar a todos los españoles y a sus perseguidores. Era Francisco Vázquez, un hidalgo natural de Villanueva de Barcarrota, Badajoz. Juntos siguieron caminando en busca de alguna población de indios amistosos. En su avance encontraron a otro superviviente del naufragio, una mujer negra, cristiana, que se había escondido avergonzada para ocultar su desnudez y había logrado así librarse de los ataques de los indios de guerra. Los tres siguieron caminando hasta que Hernando falleció exhausto y enfermo a pesar de los cuidados que la mujer le proporcionó en los casi cuarenta días que estuvieron andando juntos. Al poco tiempo, ella también murió. Fue asesinada por los indios cuando buscaba algunas yerbas para alimentarse. El hidalgo, solo, desesperanzado e indeciso, prefirió volver sobre sus pasos y dirigirse al lugar en el que habían naufragado los tres galeones para tratar de esconderse y esperar allí algún rescate. Estaba seguro de que tarde o temprano enviarían algún barco a recuperar el valioso cargamento de las naves encalladas. Enterrado vivo Mientras tanto, en el grupo de náufragos que habían seguido caminando por las playas en busca de la población de Panuco, los tres religiosos que quedaban, junto con dos experimentados marineros, optaron por cambiar de rumbo y avanzar por la ribera del río hacia el interior. En una orilla, cerca aún de la desembocadura del río, encontraron una canoa indígena abandonada, con sus remos en el interior. No lo dudaron ni un segundo. Cogieron la canoa y comenzaron a navegar a contracorriente. Hicieron noche en una pequeña isleta ubicada en el centro del caudal y al día siguiente continuaron remando, siempre muy próximos a la orilla. Entonces, en uno de los recovecos del río, se tropezaron con una imagen sobrecogedora: un grupo de náufragos muertos y otros aún moribundos, gravemente heridos por las flechas indias, que, entre gritos de dolor, les suplicaban agua y comida. Los tres religiosos fueron, uno a uno, dándoles consuelo como podían. Pasaron la noche en medio de aquel panorama desolador, rezando y suplicando a Dios por las almas de aquellos desdichados, y al día siguiente continuaron caminando hasta unirse a otros grupos dispersos de supervivientes. Durante unos veinte días avanzaron todos juntos cerca de la costa, perdidos, hambrientos y desconsolados pero vivos y, por primera vez, sin el acoso mortal de los indios. Cada jornada encontraban en las playas más grupos de náufragos fallecidos por los que ya nada podían hacer salvo enterrarlos o cubrirlos con arena, eso sí, después de registrar sus ropas y sus pertenencias por si llevaban algo útil que les sirviera para seguir sobreviviendo. Así continuaron camino, confiados por no ver indios en tantos días, hasta que llegaron a un caudaloso río situado antes de la población de Panuco. Reconocieron los alrededores, recogieron ramas, palos y troncos y comenzaron a construir balsas para tratar de cruzarlo. Esta tarea les supuso un gran esfuerzo físico y varios días de trabajo. Tantos, que dieron tiempo a sus perseguidores para rearmarse de flechas en sus poblados y alcanzarlos con sus canoas bajando el río. Al verlos de nuevo, temblaron de miedo. Mena cuenta que el encuentro fue tan repentino que prefirieron esconderse entre la vegetación antes que tratar de hacerles frente o huir despavoridos. Entonces descubrieron un nuevo enemigo, tan mortal como el hambre, la sed o los despiadados indios de guerra. Se trataba de unas enormes hormigas que les produjeron heridas y mordeduras y los obligaron a salir de sus escondites y echarse al agua para buscar alivio. Muchos murieron irremediablemente, unos ahogados y otros atravesados por las flechas lanzadas desde la orilla, entre ellos, los religiosos que quedaban. Algunos, los menos, quedaron malheridos pero lograron sobrevivir. Marcos de Mena recibió el impacto de siete flechas en distintas partes del cuerpo, aunque, milagrosamente, aún podía respirar. Marcos de Mena recibió el impacto de siete flechas en distintas partes del cuerpo, aunque, milagrosamente, aún podía respirar. Quedó tirado, escondido entre los cuerpos de otros náufragos fallecidos. Los indios que iban rematando uno a uno a los heridos lo dieron por muerto. Sin saber cómo, Mena sobrevivió a las heridas. Moribundo y desangrándose lentamente, se unió a los pocos náufragos que habían quedado vivos y continuó caminando con su ayuda hacia Panuco. Pero pocas horas después de iniciar la marcha, falto de fuerzas y al borde del desmayo, Mena cayó tendido en el suelo. Se había convertido en un lastre para el grupo. Era incapaz de seguir caminando. Al ver que cerraba los ojos sin conocimiento, los que antes lo habían auxiliado decidieron abandonarlo definitivamente. Optaron por enterrarlo para evitar que se lo comieran las alimañas y para ocultarlo a la vista de los indios. Como aún estaba vivo, dejaron su rostro al descubierto para que respirase en su agonía final. A Marcos solo le quedaba esperar la llegada inevitable de la muerte inmovilizado bajo el montón de arena caliente que sus propios compañeros de viaje le habían echado encima. Los náufragos que lo acompañaban dejaron atrás al religioso y continuaron caminando por las playas. Pero poco tiempo después, como si de un castigo divino se tratase, fueron localizados por los crueles indios, que, tras matarlos uno a uno, se marcharon victoriosos con su sangrienta misión cumplida. Cubierta de 'Hundidos', de Carlos León Amores. Marcos, que seguía enterrado en la playa esperando la muerte, fue recuperando las fuerzas bajo la cálida arena que le oprimía el pecho. Pasó la noche durmiendo, inmóvil, en silencio, oculto, mimetizado con el entorno, con el alma entre dos mundos. Al amanecer, abrió los ojos. Respiraba. Seguía con vida. Comenzó a retirar poco a poco la arena que le cubría el cuerpo. Entonces escuchó aterrado los gritos de un grupo de indios que merodeaba muy cerca de su posición. Por suerte, no llegó a verlos, ni ellos lo vieron a él. Tras esperar un tiempo prudencial, salió de su tumba de arena y sol y, puesto en marcha, echó a andar por la costa en dirección al sur. Entonces encontró muertos a los náufragos que lo habían enterrado vivo. Su extrema debilidad le produjo un nuevo desmayo, del que no se recuperó hasta el día siguiente. Mena hizo de tripas corazón y continuó andando por la playa durante cuatro días más, sin agua, sin comida y con sus graves heridas infectadas de gusanos. Avanzaba muy despacio durante el día y descansaba por la noche para recuperar las fuerzas. En uno de los descansos, tumbado junto al tronco de un árbol caído en medio de la playa, durmió plácidamente unas horas hasta que despertó violentamente cubierto por un enjambre de cangrejos que pellizcaban su cuerpo con sus enormes pinzas. Sobresaltado y dolorido, se quitó como pudo los cangrejos de encima. A cambio, aquellos devoradores crustáceos le habían despojado de los infectos gusanos que parasitaban sus heridas. Mena continuó andando por la playa durante cuatro días más, sin agua, sin comida y con sus graves heridas infectadas de gusanos. Desconsolado, solo y sin aliento, llegó rezando y haciendo promesas hasta la orilla del Panuco, donde comprobó, desgraciadamente, que el agua era salobre, de manera que siguió río arriba en busca de agua dulce con la que aliviar la sed. Cuando había caminado unos pasos, vio en la orilla contraria una canoa y a un grupo de indios, estos desprovistos de arcos y flechas. Asustado pero esperanzado a la vez, llamó su atención con gestos de auxilio, pues no pudo emitir ni un solo grito. Cuando comprobó que los indios se habían percatado de su presencia, se sentó calmado a esperarlos. Si eran indios de guerra, su final había llegado, y si eran gentes de razón, serían realmente ángeles enviados para salvar su vida. En esta ocasión tuvo suerte. Los indios lo trataron con caridad, colocaron una manta de algodón en el suelo, lo tumbaron en ella, lo levantaron con sumo cuidado y lo metieron en la canoa tras confeccionarle con yerbas y ramas un lecho y una improvisada almohada. Le ofrecieron una torta delgada para alimentarlo y agua dulce en cantidad, y comenzaron a remar río arriba. Aquel trayecto en canoa le pareció a Mena un paseo celestial transportado por ángeles en forma de indígenas enviados por la Virgen como respuesta a sus rezos y promesas. Sea como fuere, aquellos indios lo condujeron, primero navegando por el río y después caminando por tierra, hasta la población española de Tampico, el lugar de las nutrias, donde fue recibido con muchos cuidados por los habitantes de aquella pequeña aldea fundada ese mismo año por el religioso fray Andrés de Olmos. Desde allí lo transportaron hasta Panuco para curar sus graves heridas. Unos días más tarde, recuperado, agradecido y con muchas cosas que contar, viajó hasta la ciudad de México. Allí los cirujanos lo examinaron detenidamente y encontraron fragmentos de pedernal de las puntas de flecha incrustados en su cuerpo que tuvieron que extraer una a una para curar totalmente sus heridas. Definitivamente, Mena había renacido. Los cirujanos que examinaron a Mena encontraron fragmentos de pedernal de las puntas de flecha incrustados en su cuerpo que tuvieron que extraer Volviendo a Francisco Vázquez, el hidalgo extremeño que regresó a la zona del naufragio. También tuvo una suerte providencial. Esperó escondido en la playa hasta que fue localizado por los barcos del capitán Ángel Villafañe que el virrey de Nueva España había enviado para rescatar a los supervivientes de los barcos naufragados y recuperar las valiosas mercancías embarcadas. Tras la flotilla de Villafañe, el día 15 de julio de 1554 partió de Veracruz otro segundo convoy de rescate, bajo las órdenes de García de Escalante Alvarado, formado por seis embarcaciones cuya misión principal era continuar la recuperación de lingotes, monedas y carga de particulares perdida en los naufragios. Según los testimonios de la época, la arboladura del San Esteban aún se podía ver perfectamente, ya que el barco había tocado fondo a escasos 4 o 5 metros de profundidad. Cerca estaba el Espíritu Santo, del capitán Damián Martín, que permanecía también encallado a pocos metros de profundidad. El Santa María de Ycíar, al mando del capitán Alonso Ojos, fue localizado por Escalante el día 20 de agosto de 1554. Su casco se había partido en trozos y su cargamento estaba esparcido por toda la costa, al norte de la desembocadura del río Grande. Esta expedición, que finalizó el 12 de septiembre, además de rescatar a Vázquez, el único superviviente que quedaba en la playa, pudo recuperar unas 13 toneladas de plata, algunos objetos personales y parte del cargamento, compuesto por azúcar, resina, grana cochinilla, cuero, madera y unos 22.000 pesos en monedas. Según el balance hecho en la época, fue recuperada algo menos de la mitad de la carga. Un verdadero logro. Bajo el agua quedaron sin rescatar unas 23 toneladas de plata y otros metales, además de joyas y objetos religiosos. El virrey de Nueva España dio cuenta inmediatamente de la pérdida al emperador Carlos V: "Yo don luis de belasco visorrey e gobernador p. su m. en esta nueva España. Hago saber a vos los oficiales de su m. y bien sabéis q.a causa q. los tres navíos q. iban a los rreinos de castilla con el oro y plata de su m. y de particulares dieron al trabes en la costa de la florida [...]". Grabado de Hesiquio Iriarte que muestra a fray Marcos de Mena rodeado de náufragos muertos. También Luís de León Romano, alcalde mayor de Puebla de los Ángeles, informó al rey de los naufragios: "Sépase e bien sabéys como por el mes de abril de este presente año salieron del puerto de San Jn de ulúa de esta nueva España quatro o cinco naos pa yr a los nrs Reynos de castilla. Las tres dellas cuales donde yban por maetres franco del guerto y miguel de jáuregui y la ginivesa fueron acá abordar a la costa de la florida en las cuales yba gran cantidad de oro y plata asy de nro aver. Para aclarar algunos desajustes en las cuentas entregadas por Escalante Alvarado, el virrey envió a Luis de León Romano, quien hizo las averiguaciones pertinentes e informó de sus diligencias: El viso Rey y presidente e oidores del audiencia rreal que V.M. tiene eneste nueva España me mandaron venir aesta ciudad de la vera cruz A aberiguar ciertos yerros que dizen aver en las quentas q. gra. Descalante Alvarado Avya dado al alcalde mejor. De la plata que traxo dela costa de la florida de los tres nabíos que allí se perdieron el abril pasado del año cinqta e cuatro [...]". Del hidalgo Francisco Vázquez nada más se supo. El fraile Marcos de Mena, aquejado de por vida de sus terribles heridas y dedicado a rezar como promesa por su milagrosa salvación, vivió hasta 1584 y dejó escrita la historia de este naufragio en su celda del convento.
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