La primera vez que llegué a los
Estados Unidos de América aterricé en
Nueva York siendo muy joven. Pese a esa juventud, llevaba ya en mi equipaje mental mucha literatura norteamericana y, por supuesto, una enormidad de películas de cine y series de televisión. Además de música, cómics, imágenes e ilustraciones de un país al que también conocía por revistas como Mad en su vertiente gamberra o The Atlantic (antes The Atlantic Monthly) en su versión seria. The New Yorker o T he NewYork Review of Books formaban asimismo parte de la dieta de alguien crecido en una
Barcelona donde no había todavía una proliferación de hamburgueserías (sí de frankfurts) y cuando la ciudad ya había empezado su idilio con
Woody Allen, que, tras varias películas de éxito (Bananas, Sueños de un seductor o El dormilón), nos fijó en el imaginario de una generación la modernidad en el personaje de
Diane Keaton en
Annie Hall, donde
Nueva York formaba parte del pack que convertía
Manhattan en el lugar al que había que ir, y a la adorable Annie, en el súmmum de la modernidad femenina vestida o disfrazada casi de hombre. Ya saben: corbata, chaleco, pantalones anchos, sombrero y gafas de sol. Nunca habíamos visto a alguien que resultase tan sexy vestida como para no serlo en absoluto.En fin, ahí estaba mi joven yo en la ciudad soñada y tantas veces vista en la pantalla. Y les reconozco que mi fascinación por la ciudad fue amor a segunda vista porque, si ya la tenía intuida, no podía ni imaginar lo mucho que iba a gustarme pasear por sus calles y avenidas.
París o
Roma siempre serán ciudades capitales e inevitables. Y
Londres es todavía hoy una de las urbes que prefiero en este ancho y proceloso mundo. Pero
Manhattan es algo aparte, un territorio cerrado ganado a la naturaleza y hecho para mujeres y hombres que se apresuran entre desfiladeros de cemento y hormigón. CHARLY TRIBALLEAU / AFPCon los años, no solo atesoro bastantes amigos en
Nueva York, sino que también he recorrido una buena parte de los
Estados Unidos de América. He viajado decenas de veces a ese país, que siempre he dicho que es un continente entero.Vuelvo, si me lo toleran, a aquella primera visita. Dormí en un cuarto de
The Roosevelt Hotel, un clásico ya por entonces un tanto destartalado, en pleno Midtown. Y tengo muy vivo el recuerdo del botones que, uniformado como tal, se empeñó en ayudarme con mi maleta. Era un anciano más decrépito que el hotel mismo. Y ahí tuve una primera lección de la pujante y cruel economía americana. A la mañana siguiente me explicaron, porque a los ingenuos europeos había que explicarnos todo, que probablemente el botones vivía de las propinas y que casi seguro hasta pagaba algún dinero por el uniforme raído que vestía. El sueño americano también tenía ribetes de pesadilla si no habías conseguido asegurar tu vejez.En fin, ahí estaba mi joven yo en
Nueva York, la ciudad soñada y tantas veces vista en la pantallaLos spaniards éramos una especie rara en aquellos años, con la dictadura franquista todavía reciente en la memoria y las bromas de Saturday Night Live sobre que Franco, The Generalísimo, seguía muerto. Acudan a internet si no saben de qué les hablo…La sensación de ser un paleto provinciano en la capital del mundo civilizado era inevitable, pero pronto se acostumbraba uno a entregar propinas disparatadas y a participar del latido y la vida de una ciudad fabulosa en la que, eso estaba y quedaba pronto claro, el dinero era la divinidad adorada y el líquido metal que fluía por todas sus arterias.Otras dos cosas me asombraron sobremanera: el uso de máquinas para casi todo, desde encerar suelos hasta contar billetes, cuando la mecanización apenas había empezado, dicho sea por comparación, en España. Y también las armas, que estaban bien presentes en el American way of life. Armas visibles y enormes en los policías, en los vigilantes de seguridad, en las granjas remotas y hasta en las casas. Armas incluso en los campus universitarios, antes de que la proliferación misma de armas obligase a limitarlas.Será cosa de la edad, pero echo mucho de menos Estados Unidos, al que hace ya unos años que no regreso. Esta segunda venida de Trump me ha dejado varado en Europa, lejos de sus armas y de sus máquinas. Y añorando el tiempo en que Estados Unidos tenía sentido…