Como en aquellas fotos antiguas de grupo en que casi siempre un chaval se asoma por detrás haciendo muecas, así se nos presenta la primavera: avisando con el zureo de la tórtola, el vuelo enlutado de las golondrinas, el salpicón amarillo en el pico del mirlo macho, la buganvilla violácea, el reventón rojo de las fresas, los guisantes de un verde acharolado, la merienda al aire libre y, en el horizonte, la ilusión del prometido primer baño anual…
Mohamed Azakir / ReutersSin duda, una primavera pasada, en el recuerdo. Idealizada. De cuando la vida se hacía en la calle y los vecinos, celebrando el buen tiempo, hablaban de ventana a ventana mientras el sofrito perfumaba el patio de luces. Otros tiempos y otros recuerdos. Como el de cada año, a principio de curso, el benigno ritual de forrar libros y cuadernos, aunque algunos fueran heredados, con un papel azulón, grueso y muy parecido al utilizado para simular el cielo en los pesebres, pero sin estrellas, claro. Un asunto entre madres y el papel kraft, creo que se llamaba. Otra muesca en la memoria.El mundo está enfermo, y cada uno de nosotros va sobreviviendo sin ningún entusiasmo, prisioneros de un paréntesis de guerras atroces“La verdadera patria del ser humano es la infancia”, se atribuye a Rilke, aunque no es el único. La infancia y los recuerdos son una defensa proustiana ante el mundo y la sinrazón. El claustro amniótico. Los niños que cerrando los ojos creen que nadie los ve. La protección sentimental. El amparo de la ternura y la caricia. La desolación de nuestra vida diaria. La depresión. Dios parece estar de año sabático. Y ya lleva demasiados, a ver si… Nuestros recuerdos son un inmenso paisaje dibujado a carboncillo, el botín intransferible para sobrevivir disimulando tristezas, recordando lo que no siempre fueron felicidades, pero da igual: recordando, al fin y al cabo.El mundo está enfermo, y cada uno de nosotros va sobreviviendo sin ningún entusiasmo, prisioneros de un paréntesis de guerras atroces, salvajes y, lo que es peor: inútiles. Asesinos en serie reorganizando el mundo. Refocilándose en la sangre inocente. Corrigiendo geografías. El asesinato institucionalizado. Revendedores de agonías y petróleo.Niños y niñas que nunca tendrán recuerdos como nosotros. Solo miedo y muerte con sus vidas secuestradas. Una canción popular dice así: “Canto porque recuerdo que he vivido”. ¿Y si no se ha vivido? ¿Y si no tienen nada que recordar, solo muerte y espanto y orfandad? ¿Y si no tienen la gran muralla que nos protege de todo mal que son los recuerdos amables y la memoria, el patrimonio verdadero? Y la lucha contra el olvido. Sin futuro. Vidas sin planes. Solo les espera una noche definitiva. La maldad existe.