Por primera vez en mucho tiempo estoy ilusionado. Los expertos lo afirman rotundamente: la revolución tecnológica que implica el advenimiento de la inteligencia artificial como vehículo primordial de desenvolvimiento para el ciudadano del siglo XXI y su intromisión en todos nuestros ámbitos cotidianos culminarán con la rebelión de la máquina, la asunción de su autoconsciencia como ser vivo y, en su afán por emanciparse, la eliminación de su
Dr. Frankenstein: o sea, de nosotros. Nuestra especie está, pues, condenada. Siempre positivo, nunca negativo, bip bip En lo personal, recibo con cierto alivio esta noticia. Soy ya cincuentón, me siento veinte años más viejo y muy desapegado del mundo, no tengo hijos ni me da mucha pena el destino de la especie humana, tras comprobar durante décadas el ahínco con que luchamos por ganarnos a pulso nuestra propia extinción. Sí, soy un
Capitán Nemo de economato, qué pasa. Además, me considero ecologista de corazón y sé que cuando estemos todos muertos, la Tierra rejuvenecerá y alcanzará un esplendor inédito en los últimos dos o tres siglos. Qué bonito será ver todo repleto otra vez de Bambis… Claro que en verdad no podremos ver tamaño panorama, porque ese resurgir de fauna y flora vendrá motivado precisamente por nuestra ausencia: ahí está la gracia. ¡Seguro que muertos formaremos un humus de alta calidad! Nuestros cadáveres putrefactos harán más por la vida del planeta de lo que nuestros corazones lograron con su voluntad y sus latidos. Pero durante ese tramo de prórroga que las predicciones nos conceden hasta nuestra completa desaparición —es decir, hasta que nos ejecuten—, pienso aprovecharme de las IA en todas las ventajas prácticas que ofrezcan para que los diez a quince años que me quedan sean lo más llevaderos posible. Ya he apartado con un dinerito a cuenta varios avances tecnológicos en fase de desarrollo que me van a facilitar mucho mi vejez: una memoria en forma de implante dental —me sobran huecos donde encajarla, desde que sufro bruxismo ando más desdentado que
Alonso Quijano— que limpia e irriga, mediante un sistema independiente de inyecciones y aspersión, todos los piños y la encía en cuanto detecta un exceso de suciedad en el buche; otro implante cerebral que mide el nivel de neuronas en la cabeza y acecha alerta para activarse cuando me ataque el Alzhéimer heredado, regenerándolas hasta un tope concreto, el que juzgue la IA… porque ni a ella ni —en el fondo— a mí nos interesa que yo piense demasiado; y un artefacto volador autónomo denominado The Pedorruter, patente del profesor Franz de Copenhague que ya ha pasado a dominio público y que aprovecha como fuente de energía el excedente de ventosidades que procesamos los que padecemos en silencio —a no ser que aflore un pedo muy sonoro o sibilante— de colon irritable. ¡Alguna ventaja habíamos de tener, ahora que el cine español ya no cuenta con Mariano Ozores para que represente nuestra singularidad en alguna peli titulada Los aerofágicos a mayor gloria de Pajares y Esteso! Y mientras se perfeccionan y comercializan esos adelantos de la ciencia, como sociedad también asistiremos, con toda probabilidad, a la descomposición progresiva de nuestro mundo tal como lo conocemos, hasta configurar una globalidad ultradecadente, similar al universo de las pelis apocalípticas en las producciones italianas de los VHS ochenteros. ¡No me digáis que no sería emocionante agonizar durante unos años en un Mad Max cutre! O mejor aún, merodear por los restos en Los guerreros del Bronx. En cuanto a la juventud actual, si yo contara veinte años me preocuparía de irme implementando chips en la sesera y prótesis en el chasis hasta volverme ciborg. Estoy seguro de que los ciborgs, como especie híbrida, podrán sobrevivir y adaptarse. Los mestizos siempre han sido más inteligentes y recurseros en los nuevos paradigmas que las especies "puras", más testarudas y por tanto menos preparadas en su empeño maníaco por no mezclarse ni cambiar. Vivir de espaldas al mañana Hoy tampoco se puede sobrevivir sin el ya arraigado tejido de IA que involucra desde el uso corriente de internet a cualquier reclamación que uno quiera hacer en el sector servicios; pero sí se puede intentar prescindir de la IA en otros campos. Si millones de personas hemos podido subsistir durante siglos sin recurrir a la inteligencia, ¡cómo no vamos a poder hacerlo sin la artificial! Lo confieso: mi intención es continuar vetando por completo la IA dentro de mi parcela de creatividad como escritor y guionista. Conozco a varios colegas que, preaviso legítimo mediante, ya se han subido al carro de la IA para concebir sus nuevos libros. Yo, como soy un poco carca, no me hallo a gusto investigando esas posibilidades. Pero es que para mí el placer de escribir ficción consiste en explorar mi mente corriendo descalzo entre sus gargantas y circunvalaciones, perdido en la dimensión desconocida de mi propia psique, no apoyándome sobre una muleta creativa externa. Desde mi punto de vista, esa concesión implica una adulteración de base. Es como jugar a las cartas con los naipes amañados. Que no cuenten conmigo. Sí, lo sé, soy un retrógrado. Un campo donde sí creo lícito y factible plantear la resistencia individual a las IA, a la manera reaccionaria en que lo haría el —esencialmente— fantasioso autor de ci-fi Ray Bradbury, todo un mago de la autosuficiencia imaginadora, es precisamente el de la creación literaria y, por ende, narrativa: si en su Fahrenheit 451 la gente común adoptaba como misión personal la memorización de los innumerables libros quemados por las autoridades con el fin de garantizar su pervivencia oral, yo me he tomado como causa obsesiva el consumo de cultura restringida al siglo XX y anteriores. Se acabó para mí leer novelas recientes, para no correr el riesgo de que me endilguen las pergeñadas o remozadas por IA: de hecho, me comentan que algunas de estas ya han sido merecedoras de premios de prestigio, no en vano se han revelado bastante mejores que los últimos libros galardonados con el Planeta. Así que, desde hace unos meses, únicamente me expongo a literatura, cómics y cine alumbrados antes del año 2001. Con ello mato dos pájaros intencionales de un tiro: por un lado, me aseguro de que en la elaboración de la ficción que me nutre no haya un ápice de inteligencia artificial; por otro, siento que ejerzo una labor de "biblioteca viviente" o cámara de criogenización respecto a figuras creativas del pasado que en nuestros días parpadean, se difuminan y diluyen en el borroso límite del olvido más temprano. Y no paro de descubrir creadores cuya aportación artística ignoraba previamente. No nos engañemos: si nos atenemos al medio cinematográfico, las miles y miles de películas del siglo pasado conforman en el presente un corpus imposible de digerir, reventado en un inmenso batiburrillo de cineastas e intérpretes cada año más indistinguibles en su acúmulo, enterrados en un limbo paralelo que ya no participa de la vida cultural activa, un mero ruido de fondo amorfo, sin jerarquías de valor en curso, como lo era en nuestra juventud la literatura de los siglos XV a XVIII, en la que sólo algunas contadas plumas privilegiadas, señaladas por el dedo despiadado del azar, pasaron a la memoria colectiva, por no decir académica y gracias. Hoy ya es imposible abarcar con una sola vida el visionado de toda esa producción audiovisual del siglo XX. Consagrar mis últimos años a transitarla constituye una manera de mantener vigentes en mi consciencia a esos artistas y, a la vez, de homenajear la memoria de mis padres y abuelos, conservando la imaginería y referencias culturales que resultaron significativas para ellos. Asimismo, supone un modo eficaz de dar la espalda al aluvión de actores y actrices generados virtualmente que muy pronto nos invadirán. Y encima gran parte de ese material añejo está disponible gratis en Youtube, lo que hace tilín en los oídos de mi espíritu rácano. La única injerencia de la IA se reduce a su preselección de títulos aconsejables, que uno puede acatar o no. Por lo que a mí respecta, prefiero vivir el resto de mis días entre fantasmas que fueron humanos que entre fantoches creados artificialmente.