22/03/2026 06:00 Actualizado a 22/03/2026 06:47 Tallada con cincel en mi memoria figura una fecha, 5 de marzo de 1969, que solo tiene sentido si se interpreta como una epifanía. Cualquiera puede preguntarme qué hacía, dónde y qué ocurrió aquel día, un miércoles cualquiera en el calendario escolar, excepto por dos razones. La primera, de carácter administrativo: la chavalería tenía libre la tarde de los miércoles, que incluía la rutina televisiva en blanco y negro. A las cuatro comenzaba Daktari , serie que tenía como estrella popular a Clarence, el león bizco. Nos encantaba Clarence, pero aquella tarde yo estaba en otra historia.
TVE había decidido emitir –
José Félix Pons de narrador– el desempate que enfrentaba en
París al
Benfica con el
Ajax. Y eso llevaba un lujo añadido: asegurarme de que la incipiente fama de un joven jugador holandés estaba justificada. El jugador, por supuesto, era
Johan Cruyff.Lee tambiénEl partido se jugó en Colombes, el venerable estadio parisino inaugurado con ocasión de los Juegos Olímpicos de 1924. Se congregó una imponente masa de migrantes portugueses y seguidores holandeses, en medio de unas apreturas que hoy estarían prohibidas. La eliminatoria había seguido un curso extraño. Sobre una espesa manta de nieve, los sureños del
Benfica se impusieron en
Amsterdam por tres goles a uno. En la vuelta, el
Ajax marcó tres goles en la primera parte. Torres, el longilíneo delantero centro portugués, igualó la eliminatoria en el segundo tiempo. La reglamentación de entonces exigía un encuentro en campo neutral en caso de empate final. Se eligió
París. El
Ajax representaba a un fútbol casi desconocido en Europa hasta bien entrados los años sesenta. Formaba parte de las originalidades que produjo aquella década tan particular.
Holanda no tenía la menor impronta en el escenario futbolístico internacional. Todavía se discutía si era honesto abandonar el amateurismo, pero en
Amsterdam, que tenía fama de tristona y aburrida, se incubaba una revolución. “Durante siglos, los fumadores de pipa habían visto caer la misma lluvia en los mismos canales”, así de apagada y pacata la describió
Albert Camus en 1955. Diez años después, era posiblemente la ciudad más contracultural y excitante de Europa. A su anónimo fútbol lo había sacudido el fulgor del
Ajax. Llegó de la nada y, en términos generacionales, tardó un minuto en establecerse como bandera de la modernidad. De todo eso se ocupó Cruyff, pero no era fácil saberlo en el oscuro gris de la
España de entonces.Ese día, el
Ajax abrió al mundo las ventanas del fútbol. Lo transformó en otra cosaHabía algunas noticias de Cruyff, pequeños retazos, sucintas imágenes en televisión y algún artículo en la prensa deportiva, además de los dos partidos en los dieciseisavos de final contra el Madrid en la temporada anterior. En la prórroga, un gol de Veloso dio la victoria al equipo madrileño. Fue un partido de horario nocturno, en la franja adulta de las sesiones familiares de televisión. No me dejaron verlo. Aquel miércoles de 1969 se produjo un momento capital del fútbol. El insurgente
Ajax derrotó 3-0 al
Benfica de Eusebio, el único jugador que en su mejor momento podía compararse con Pelé. La desinhibición juvenil del equipo holandés se impuso al viejo modelo, representado por el Real Madrid, el
Benfica y el catenaccio italiano. Empezaba una época, terminaba otra. Ese día, el
Ajax abrió al mundo las ventanas del fútbol. Lo transformó en otra cosa, fascinante y magnética a la vez, revolucionaria en el fondo y la forma, un equipo hecho a la medida de la juventud, transgresor, capaz de conectar una manera sistemática de jugar con el impulso del talento y las habilidades individuales. A ese equipo lo dirigía Rinus Michels, apodado el General , pero el carismático Cruyff ejercía de ideólogo y actor principal. No había nacido para subalterno. Nació para gobernar.Atendí aquel partido con la alteración infantil que acompaña a una fabulosa novedad. Cruyff superó por mucho la idea que yo tenía de su magnitud. Emanaba una autoridad impropia de un jugador de tan solo 21 años. Articulaba el juego como un director de orquesta, aceleraba como un sprinter, y sus rotundos frenazos desarmaban a los defensas, todo ello, transmitido con una elegancia etérea. Cruyff se desplazaba por el césped con una delicada ligereza, como si temiera estropear la hierba.Lee tambiénEn un Bernabéu semivacío, el Milan derrotó 4-1 al
Ajax en la final de 1969, pero una generación ya estaba cautivada por Cruyff y su manera de entender el fútbol, que va mucho más allá de los gustos y las modas. Te engancha, te interpela y lo convierte en algo personal para el admirador. Se puede decir que, sin saberlo, los críos de aquel tiempo fuimos cruyffistas antes del cruyffismo, material metafísico que ha atravesado siete décadas del fútbol, la mayoría de las veces, contra la moda de rigor. De ese conflicto trata, por ejemplo, el fútbol actual: encontrar un antídoto contra el depositario del legado de Cruyff. O sea, Pep Guardiola, guardián espiritual de un modelo extraordinariamente exitoso, ahora cuestionado por fórmulas que amenazan su reciente hegemonía.Por fortuna, el cruyffismo mantiene su reserva natural en el Barça, donde la crisis se ha resuelto con dos ideas básicas: el aprovechamiento de la cantera, la masiva presencia de sus jóvenes en la plantilla y la dirección de Flick, un entrenador que invita al mismo tipo de aventura y emoción que
Johan Cruyff alentó en el
Ajax, en la selección holandesa y en el Barça. Diez años después de su muerte, estoy convencido de que aún procura la misma fascinación en este momento, presidido por la sobreinformación y la cháchara, que en 1969, cuando, a solas, frente a un televisor Iberia, un chaval de Barakaldo se alistó para siempre a la causa de
Johan Cruyff.