El británico
Stephen Grosz (1952), una de las voces más reconocidas del psicoanálisis contemporáneo, sostiene que incluso las relaciones que parecen agotadas pueden contener una posibilidad inesperada. “Los matrimonios pueden volverse distantes y sin vida, y eso puede ser el inicio de algo bueno”, cuenta a
La Vanguardia. A partir de su experiencia clínica, Grosz defiende que, cuando una pareja siente que ha perdido la conexión, en algunos casos la separación puede abrir la puerta a una nueva forma de vínculo.En su nuevo libro, Trabajos de amor, explora precisamente qué hacemos con el deseo, la dependencia, la pérdida y el miedo cuando intentamos amar sin perdernos a nosotros mismos, y propone claves para repensar las relaciones en el presente. Profesor en el Instituto de Psicoanálisis del
University College de Londres y autor del éxito La mujer que no quería amar, Grosz reflexiona también sobre por qué amar implica, inevitablemente, enfrentarse a la pérdida.Si amamos profundamente a alguien, vamos a sufrir, porque todo termina en separación, divorcio o muerteStephen GroszPsicoanalistaCada vez más personas dicen sentir que han perdido la conexión con su pareja, ¿qué ocurre?Cada pareja puede ser diferente. Para poner un ejemplo de hasta qué punto lo son, hace aproximadamente un mes vino a mi consulta una pareja que estaba en crisis. Llegaron por separado, y ella había descubierto un preservativo en el baño, así que supo que algo había pasado mientras ella estaba fuera. Entraron en la consulta gritando. Ella estaba muy enfadada con él; él se sentía terrible, culpable y avergonzado. Estaban claramente distanciados. Yo creo que ellos pensaban que yo les diría: “Aquí tienen el nombre de un buen abogado de divorcios, adiós”. Pero en realidad pensé: “Esto es fantástico”.¿Por qué?Aunque estaban luchando, había una enorme pasión y amor. Él estaba avergonzado y asustado, y ella enfadada. Les dije: “Su matrimonio se está rompiendo, pero si ahora están dispuestos a hablar el uno con el otro, esto puede ser un punto de inflexión. Puede ser el comienzo de un buen matrimonio y de una buena relación”. Ahora han empezado terapia: han acudido a un consejero matrimonial y él también está viendo a un terapeuta.Entonces... ¿Quiere decir que una crisis puede ser el inicio de algo positivo?Sí. Los matrimonios pueden volverse distantes y sin vida, y eso puede ser el inicio de algo prometedor. Por eso, ante la pregunta que plantea, hay que pensar: ¿esto es el comienzo de volver a acercarse o tenemos a dos personas tan desconectadas que quizá no puedan empezar a trabajar juntas? Puede ser muy distinto en cada caso, y el resultado también puede variar mucho. La clave es si están dispuestos a tomar distancia para luego poder volver a acercarse. El matrimonio no va a funcionar si las personas no se sienten escuchadas o entendidasStephen GroszPsicoanalista¿Puede la distancia o la pérdida de conexión en una pareja convertirse en el punto de partida de un verdadero reencuentro?A veces, me digo a mí mismo que un verdadero matrimonio es un “rematrimonio”. Nos casamos o iniciamos una relación con alguien y, en algún momento, eso se desintegra. Entonces pensamos: “Dios mío, no es la persona que pensaba que era”. Y en ese punto, muchas personas se divorcian o se separan. Pero, en realidad, ese puede ser el momento en el que la gente empieza a acercarse de verdad.¿Podría poner algún ejemplo?Hay un grupo de películas, comedias de los años 30 y 40, llamadas comedias de “rematrimonio”. En ellas, la pareja se casa en los primeros minutos, luego se divorcia, y la historia gira en torno a que la mujer va a casarse con otra persona. Pero, al final, vuelve a casarse con el primer marido. Creo que contienen una verdad profunda: la persona con la que nos casamos, primero tenemos que “perderla”, verla de verdad, y que esa persona también nos vea. Es decir, tenemos que “rematrimoniarnos” psicológicamente con la persona con la que estamos.Grosz reflexiona sobre por qué amar implica, inevitablemente, enfrentarse a la pérdida. Getty ImagesSin embargo, no siempre es posible que funcione.A veces un matrimonio tiene que terminar; no puede haber un “nuevo matrimonio”. Puede haber tanta angustia… Podemos aferrarnos a una sensación de superioridad. Todos podemos hacerlo. Yo lo llamo “la euforia de la santidad”: una especie de placer en sentirse indignado, en colocarse por encima del otro. Algunas personas están tan aferradas a eso que no se reencuentran. No hacen el trabajo del amor. Y, si no cambian, el matrimonio fracasará. Pueden decir “le quiero” o “le adoro”, pero si siguen aferrados a esa posición —siempre teniendo razón, sin ser capaces de disculparse o de empatizar—, no va a funcionar. Y entonces no puede haber un nuevo matrimonio.¿Qué herramientas se pueden emplear para reconectar?Puede ser algo tan sencillo como decir: “Cada domingo, durante 90 minutos o una hora y media, vamos a salir a caminar juntos, solo nosotros dos, solo para hablar, y nada debería interrumpir ese momento”. Siempre me gusta la idea de caminar, porque no puedes dar un portazo ni marcharte de golpe: tienes que seguir caminando y escuchar. Puede ser algo tan simple como eso. Aunque, en algunos casos, puede hacer falta algo más: la ayuda de un terapeuta que facilite que cada persona escuche realmente a la otra. El matrimonio no va a funcionar si las personas no se sienten escuchadas o entendidas.Puede ser buena idea perder parte de uno mismo si eso le permite entregarse más profundamente a otra personaStephen GroszPsicoanalista¿Cuál es la diferencia entre un matrimonio legal y uno psicológico?Muchas personas se casan legalmente, pero no llegan a hacerlo en un sentido psicológico. Por ejemplo, traté el caso de una paciente cuyo marido bebía: estaban legalmente casados, pero, en realidad, él estaba “casado” con el alcohol. El alcohol le calmaba, le acompañaba, era a lo que recurría cuando estaba enfadado. Ese era su verdadero “matrimonio”. En la actualidad, muchas personas están psicológicamente casadas con su trabajo. El trabajo les hace sentirse mejor consigo mismas, les calma, les da muchas cosas. Y no esperan —o no obtienen— esas mismas cosas de su pareja. Obtienen mucho más de su trabajo. En esos casos, están más casadas psicológicamente con su trabajo que con su esposo o esposa legal.En ocasiones se sabe lo que se desea, pero se acaban repitiendo patrones que hacen daño. ¿Por qué resulta tan arduo ser honesto consigo mismo?Ser humano es, en parte, engañarnos sobre muchas cosas, como por ejemplo sobre quiénes somos, qué queremos y por qué. Incluso sobre a quién amamos. Pero también tenemos la capacidad de deshacer ese autoengaño y empezar a escuchar nuestros propios sentimientos como una forma de descubrir lo que realmente deseamos. De eso tratan las historias de mi obra: de cómo las personas, poco a poco —ya sea en terapia o por su cuenta— pueden lograrlo si son honestas consigo mismas. Si nos paramos a pensar de verdad qué sentimos por alguien y nos preguntamos de forma sincera “¿Cómo me hace sentir esta persona?”, empezamos a percibir aquello que antes no queríamos ver.¿Diría que las relaciones actuales son más superficiales o fugazes que en otras épocas?No estoy seguro de que el amor en sí haya cambiado. A veces, estas cosas modernas incluso nos ayudan a mantenernos en contacto y a estar cerca. No creo que necesariamente tenga que ser algo fugaz. Es verdad que han cambiado muchas cosas —el control de la natalidad, internet— y eso ha hecho más posible tener relaciones más relajadas o menos cuidadas. Y también es cierto que, cuando hay muchas opciones, puede aparecer mucha ansiedad a la hora de elegir. Pero eso, en el fondo, siempre ha existido. Incluso en el siglo XIX, Henry David Thoreau hablaba de lo complejo que es tener muchas opciones frente a tener solo una.¿Hasta qué punto cree que es necesario perder parte de sí mismo para poder entregarse plenamente a otra persona en el amor?Realmente, puede ser buena idea perder parte de uno mismo si eso le permite entregarse más profundamente a otra persona. Para crecer, vamos dejando cosas atrás: dejamos el pecho de la madre para poder alimentarnos de otra manera, dejamos el hogar, dejamos ciertas seguridades. La vida es una serie de pérdidas. Y en el amor también, porque tenemos que renunciar a cosas que amamos para poder tener otras nuevas. Cuando somos adolescentes, por ejemplo, tenemos que renunciar a ciertas fantasías sobre el amor, a esa imagen perfecta de con quién vamos a estar. Y creo que esto es cierto para todos: para poder acercarnos de verdad a alguien, tenemos que dejar ir algunas ideas, algunas certezas, incluso esa sensación de que siempre tenemos razón.Las relaciones no son solo sobre lo que ganamos, sino también sobre lo que tenemos que perder para poder construir algoStephen GroszPsicoanalista¿Cómo sabe que ha hecho una elección acertada?Lo sabes cuando, aunque tengas que dejar algo atrás, lo que ganas también te aporta algo valioso. Por ejemplo, en la primera historia de mi libro, una mujer dudaba en enviar las invitaciones de su boda porque casarse significaba cambiar su relación con sus padres y empezar una nueva etapa. Para poder tener marido, hijos y la vida que quería, tenía que aceptar ese cambio y dejar atrás parte de su vida anterior.Entonces, ¿amar significa enfrentarse a la pérdida?Exacto. Las relaciones no son solo sobre lo que ganamos, sino también sobre lo que tenemos que perder para poder construir algo. Tenemos que dar una parte de nosotros, o dejar algo que amamos, para poder desarrollarnos. Si amamos profundamente a alguien, vamos a sufrir, porque todo termina en separación, divorcio o muerte. La pérdida forma parte del amor. No podemos amar sin dar algo de nosotros mismos. Y también tenemos que aceptar que, algún día, perderemos todo, aunque esperemos haber tenido la vida que queríamos.Licenciada en Periodismo por la Universidad Internacional de Catalunya, con experiencia en SEO y redacción digital, actualmente trabaja como redactora en
La Vanguardia.