En marzo de 1981, España quedó en vilo: el futbolista Enrique Castro ‘Quini’, exjugador del
Sporting de Gijón y entonces en el
FC Barcelona, había sido secuestrado. Pero lo que a simple vista parecía un caso propio de un thriller criminal escondía, en realidad, una historia más insólita: la de tres hombres sin experiencia delictiva, desbordados por sus problemas económicos, que improvisaron un secuestro sin medir sus consecuencias. Ese origen marca el tono de Por cien millones , la serie que Movistar Plus+ estrenará el próximo jueves y que aborda el caso desde la perspectiva de los captores, con un enfoque más cercano a la comedia que al drama policial.Lejos de la imagen de delincuentes fríos y calculadores, los secuestradores eran, según reconstruye la serie, personas corrientes que tomaron una decisión desesperada. De ahí surge gran parte del tono: no para banalizar lo ocurrido, sino para mostrar el cúmulo de errores, contradicciones y situaciones absurdas que genera alguien que intenta actuar como criminal sin serlo. Los secuestradores
Alfonso,
Raúl y
Salva —interpretados por
Raúl Arévalo,
Vito Sanz y
Gabriel Guevara— encarnan desde el inicio esa falta de oficio que convierte la historia en un relato tragicómico.Este enfoque no fue tanto una idea preconcebida como una consecuencia del proceso de documentación, afirma
Nacho G. Velilla, cocreador junto a
Oriol Capel y director de esta serie original de Movistar Plus+ en colaboración con Felicitas Media: “La historia del secuestro de forma oficial vimos que estaba contada… pero lo que no estaba contado era el trasfondo, la intrahistoria alrededor de estos tres personajes”.Los hijos de Quini hacen un cameo en la serie: en el primer capítulo le piden un autógrafo cuando el futbolista sale de un entrenamientoAunque en Por cien millones domina el tono cómico, Velilla insiste en que la serie se ha construido desde una premisa innegociable: el respeto absoluto hacia la víctima y su familia. El cineasta se reunió con los hijos de Quini para explicarles el enfoque en el que iba a contar la historia, “y su reacción es lo que me hizo decir: adelante”.Ese respeto no solo se refleja en el tratamiento narrativo, sino también en un gesto significativo dentro de la propia ficción: los hijos de Quini —a quien interpreta Agustín Otón en laserie— aparecen en un cameo “muy emotivo”. En el primer episodio, cuando el jugador sale de un entrenamiento, un aficionado con la camiseta del Sporting le pide un autógrafo: es Enrique, el hijo mayor, acompañado por sus tres hermanos.El equilibrio entre humor y sensibilidad fue uno de los mayores retos. “Por mucho que pudiéramos hacer alguna escena divertida, nunca debíamos perder el punto de vista de que esto es una historia que sufrió una familia”. En ese sentido, también resultó clave el propio carácter de Quini. Velilla recuerda una entrevista en la que el exjugador, años después del secuestro, seguía defendiendo a sus captores: “Sí, lo sigo manteniendo, eran buenas personas”.Velilla remarca que el contexto contribuyó a afianzar ese tono tragicómico: por un lado, hubo un final feliz -Quini salió sano y salvo- y, por otro, el hecho de que los secuestradores no tuvieran historial delictivo. “Fue un hecho bastante disparatado que se les ocurrió por una situación de necesidad”, resume el director.Uno de los aspectos más llamativos de Por cien millones es hasta qué punto los elementos más inverosímiles están basados en hechos reales. Por ejemplo, en el momento del secuestro los captores se metieron en el coche de Quini, que era automático, sin saber conducirlo, y fue el propio futbolista quien les indicó cómo hacerlo. También son reales muchos de los episodios relacionados con los intentos fallidos de cobrar el rescate, como el recreado al son de ‘Born to be alive’, en el que uno de los secuestradores sufre un ataque de pánico en una estación de tren de Barcelona durante el primer intento.Agustín Otón es Quini en la ficciónMOVISTAR PLUS+En cuanto a la relación con Quini durante el cautiverio, la serie muestra un vínculo peculiar que, según la documentación manejada, también tiene base real. “Él encontró un trato medianamente humano”, señala Velilla. De ahí situaciones como que los secuestradores, pese a sus limitaciones, llegaran a quitarse comida para alimentarle mejor —“le compraron una fabada de pote”— o le consiguieran una televisión para ver un partido de la selección española.No todo lo que aparece en pantalla ocurrió exactamente así: algunos elementos responden a necesidades dramáticas, especialmente en lo relativo a las circunstancias personales y familiares de los secuestradores. Aun así, incluso los detalles más sorprendentes tienen anclaje en la realidad. La elección de Quini como víctima, por ejemplo, responde a declaraciones reales de los propios captores: “Veíamos que era buena persona y que no daría problemas”.El objetivo, en palabras de Velilla, no es solo entretener, sino también arrojar luz sobre una historia poco conocida en sus matices más humanos. Porque Por cien millones no es solo el relato de un secuestro, sino el de “tres currantes en paro” que descubrieron —demasiado tarde— que “ser malo, cuando eres bueno, no es tan fácil como parece”.Un secuestro que duró 25 díasEl 1 de marzo de 1981, tras un partido en el que el
FC Barcelona venció 6-0 al Hércules y en el que Quini marcó dos goles, el futbolista fue secuestrado a punta de pistola. En los días siguientes se produjeron diversas llamadas, algunas falsas, hasta que los verdaderos captores exigieron un rescate de unos cien millones de pesetas. El 25 de marzo, tras seguir la pista de una cuenta bancaria en Suiza vinculada al cobro, la policía identificó y detuvo a uno de los implicados. Gracias a su confesión, localizaron a Quini en un zulo de un taller mecánico en Zaragoza.Quini, que falleció en el 2018 a causa de un infarto, no ejerció la acusación contra sus captores, pero el
FC Barcelona continuó el proceso judicial y reclamó una indemnización al considerar que el secuestro había perjudicado gravemente al equipo, que perdió sus opciones de ganar la Liga. Los secuestradores fueron condenados a diez años de prisión y a pagar una indemnización al jugador, a la que este renunció.Licenciado en Periodismo por la UAB. Redactor de La Vanguardia desde 1987. En la actualidad en las secciones de Series, Televisión y Gente