Europa padece un vacío de liderazgo. Desde siempre. Ni
Napoleón ni
Hitler lograron dominarla del todo; los romanos, como
Carlomagno, sólo a medias. E hicieron falta dos guerras mundiales para que de sus cenizas naciera un milagro de convivencia que hoy atiende por Unión Europea. Mas persiste ese vacío de poder que habría de representar a todos los europeos.Una vez eliminada España del Gran Juego, Gran Bretaña y Francia, con la complicidad de Rusia, podían haberse compartido el botín si no fuera por la irrupción en escena del joven y ambicioso Imperio alemán surgido de su unificación en 1871. Ahora bien, mientras franceses, pero sobre todo ingleses tirasen de sus incontables posesiones de ultramar como fuente de riqueza, los alemanes, pese a sus incipientes incursiones imperialistas en África o el Pacífico a las que en un principio se oponía
Bismarck, nunca dejaron de mirar hacia Oriente como la tierra prometida de su ambición, que en absoluto excluía un flirteo con el islam como arma arrojadiza contra sus rivales.El káiser Guillermo II sentía una singular atracción por Oriente, máxime en los países que aún conformaban el decadente Imperio otomano. En 1889, el káiser fue agasajado en Constantinopla por el sultán Abdul Hamid II, y en 1898 entró en Jerusalén montado a caballo luciendo el vistoso uniforme de mariscal, con pistolón al cinto. Se lo pasó bomba, y además de dejarse llevar por los encantos otomanos del islam, vio cómo se abría ante sus ojos una oportunidad de oro para hacer negocios con sus encantadores, pero empobrecidos anfitriones.A fin de explotar los ingentes recursos naturales de los otomanos sumidos en la bancarrota y al mismo tiempo inundarles con productos de fabricación alemana, el Reich se lanzó a construir un ferrocarril nada menos que por las inhóspitas tierras que separan Constantinopla de Bagdad.El arriesgado, por no decir descerebrado proyecto se puso en marcha en 1903. Dos años más tarde, con tan sólo 150 kilómetros de vía construida, la obra se paralizó en medio de ninguna parte, por falta de capital. Y no fue hasta 1907 que recomenzó su construcción gracias a la intervención del barón Max von Oppenheimer, petulante heredero de una poderosa familia banquera judía convertida al catolicismo y, en su caso, forofo del exotismo musulmán a lo Lawrence de Arabia.Oppenheimer logró convencer al káiser de la necesidad de crear un multitudinario movimiento panislámico contra los intereses de los británicos no sólo en la región, sino, también, en la India, Egipto y más allá. La iniciativa duró bien poco debido a la agitación política que ya recorría el renqueante Imperio otomano. Aun así, no todo estaba perdido.En los meses anteriores al estallido de la tan esperada como deseada I Guerra Mundial, la iniciativa de Oppenheimer de crear una yihad global volvió a ser tomada en serio en Berlín y en consecuencia fue nombrado director del Departamento de Propaganda Islámica, aunque con escaso éxito, ya que Turquía, empeñada en no pronunciarse hasta que no supiera cuál sería el caballo ganador, se negó a moverse de su interesada neutralidad.Berlín envío a Persia una misión liderada por Oskar von Niedermayer a fin de reunir más apoyos contra los intereses ingleses en Oriente Medio. En lo que acabó en una especie de road movie protagonizada por espías teutones chiflados, antes de abandonar Rumanía, país aún neutral, el abultado grupo que se hacía pasar por un circo ambulante, fue fácilmente desenmascarado al darse cuenta la policía rumana de que sobresalían de los postes de la carpa antenas de radio.Otra misión, ésta bajo las órdenes de Karl Emil Schabinger von Schowinger, partió rumbo a Turquía, pero también fracasó estrepitosamente y por la misma razón: pretendieron engañar a las avisadas autoridades rumanas ¡disfrazados de circenses!Más suerte tuvo el almirante Wilhelm Souchon al atacar en el mar Negro buques rusos, agresión bélica que invitó al zar a declarar la guerra contra Turquía, lo que, a continuación, consiguió que los otomanos entrasen en la guerra contra Gran Bretaña, Francia y Rusia. Acto seguido, los países de Oriente Medio fueron inundados con octavillas en varios idiomas llamando a la población a participar en la yihad contra los infieles europeos. La autoría del panfleto no podía ser otra que la del inefable orientalista romántico Oppenheimer.Los turcos no tardarían en darse cuenta de que habían apostado por el caballo perdedor y en marzo de 1917 los británicos tomaron Bagdad, poco antes de la compleción del accidentado ferrocarril que lo habría de unir con Constantinopla. De todos modos, ya no servía para los designios de los fabricantes alemanes en apuros.En fin, desde entonces ha llovido mucho, pero Oriente y Occidente siguen a la greña y sin entenderse. Ahora menos que nunca.En 1941, mientras Estados Unidos se preparaba para invadir el norte de África, llovían sobre Marruecos octavillas con el siguiente mensaje: “Alabado sea el único Dios… Ya llegan los santos guerreros americanos… para luchar a favor de la gran Yihad por la libertad”. Llevaban la firma del presidente demócrata Roosevelt. Idéntico mensaje podría dirigirse hoy a los iraníes y los gazetíes, con la descomunal firma del desquiciado presidente republicano Trump.Desde tiempos bíblicos, y ya no digamos las conquistas de Alejandro Magno, el Oriente apesta a petróleo y azufre, que no huele tan bien como el napalm, que diría el teniente coronel Bill Kilgore (Robert Duval) en Apocalypse Now (1979), pero todo se andará.Europa, por su parte, sigue dando tumbos, como esos pobres últimos colonos franceses abandonados a su suerte en la selva de Indochina, que sólo salen en Apocalypse Now Redux (2002). Kurtz (Marlon Brando), ahora con tupé anaranjado y gorra, se desplaza en helicóptero entre la Casa Blanca y Mar-a-Lago, donde contempla la destrucción del mundo visualizando el videojuego Operación Furia Épica (2026), rodeado de obsequiosos oppenheimers que calzan los mismos horrorosos zapatos que su jefe. ¡Socorro!