El Evangelio de la resurrección de
Lázaro nos sitúa ante el corazón de la fe cristiana:
Jesús es el Señor de la vida, capaz de vencer incluso la muerte. Pero este relato no habla solo de un milagro pasado, sino que es una palabra viva que interpela a la
Iglesia y, de manera especial, al planteamiento vocacional de cada cristiano y, particularmente, dado que celebramos el Día del Seminario, de aquel que siente la llamada al ministerio ordenado.
Lázaro es aquel a quien
Jesús ama, pero que, paradójicamente, ha de pasar por la enfermedad, el silencio y la tumba. También la vocación sacerdotal nace del amor de
Jesús, pero no está exenta de momentos de oscuridad, de fragilidad y de muerte aparente. Dios no llama a personas perfectas, sino a hombres reales, con sus miedos y límites, que han de confiar que el Señor es más fuerte que cualquier tumba.La vocación sacerdotal es, en esencia, una llamada a salir de uno mismo, salir del miedo, salir hacia una vida entregadaJesús no llega enseguida. Esta espera desconcierta a
Marta y
María, como a menudo desconcierta todo camino vocacional: los tiempos de Dios no son los nuestros. El futuro presbítero debe aprender, ya desde el seminario, a vivir en la confianza, a perseverar incluso cuando parece que Dios calla. La vocación madura precisamente en la paciencia y en la fe.Cuando
Jesús llega, no evita el dolor: llora. El sacerdote está llamado a tener un corazón como el de Cristo, capaz de conmoverse ante el sufrimiento humano. Antes de resucitar,
Jesús comparte el llanto. Antes de hablar de vida eterna, entra en el duelo. Así también el ministerio ordenado está llamado a acompañar, escuchar, llorar con el pueblo, no desde la distancia, sino desde la proximidad.El ministerio ordenado está llamado a acompañar, escuchar, llorar con el pueblo, no desde la distancia, sino desde la proximidadEl grito de
Jesús ante la tumba —«¡
Lázaro, sal afuera!»— es una llamada que resuena con fuerza vocacional. Dios continúa llamando a hombres a salir de sus seguridades, de sus tumbas personales, y ponerse al servicio del Evangelio. La vocación sacerdotal es, en esencia, una llamada a salir: salir de uno mismo, salir del miedo, salir hacia una vida entregada.Pero
Jesús también pide la colaboración de la comunidad: «Desatadlo y dejadlo andar». Aquí hay una dimensión pastoral clave para el Día del Seminario. Las vocaciones no crecen solas. Necesitan una comunidad que desate, que libere, que acompañe. El seminario, las familias, las parroquias y toda la
Iglesia tienen la responsabilidad de crear espacios donde los futuros sacerdotes puedan crecer con libertad, discernimiento y alegría.El futuro presbítero debe aprender, ya desde el seminario, a vivir en la confianza, a perseverar incluso cuando parece que Dios callaFinalmente,
Lázaro vuelve a la vida, pero no para vivir para sí mismo. Su vida resucitada se convierte en signo de la gloria de Dios. El presbítero está llamado a ser signo de vida nueva en medio del pueblo, testimonio de que Dios continúa actuando, perdonando, levantando y dando esperanza. En el Día del Seminario, el Evangelio de
Lázaro recuerda que la vocación sacerdotal es una obra de la vida que Dios hace crecer entre las fragilidades humanas. Oremos por los futuros sacerdotes, para que escuchen la voz de
Jesús y para que toda la
Iglesia sepa desatarlos con estima y confianza, para que puedan caminar libremente al servicio del Reino.