Cuando
Menchu Redondo llamaba a
Moncho Alpuente, la conversación era siempre la misma:—Hola, Chari, ¿está Moncho? Soy Menchu.Y cuando llamaba al
Gran Wyoming, más de lo mismo:—Hola, Chechu, soy Menchu.Así lo recuerda su hermana
María, quien ahora gestiona su legado fotográfico, y quien escuchó muchas veces esas llamadas durante las temporadas en las que Menchu vivió —o más bien pasó— por su casa. Porque si algo fue
Menchu Redondo, fue nómada e inquieta. Nadie la recuerda tumbada en un sofá.
Menchu Redondo, en el 2022, durante uno de los innumerables viajes que hizo; lo suyo era no pararMenchu RedondoMenchu Redondo nació en
Valladolid en 1954 y estudió Periodismo en la
Universidad Complutense de Madrid, donde comenzó su carrera como reportera gráfica. Desde muy temprano se interesó por retratar escenas de vida cotidiana, cultura y arte, integrándose de lleno en el ambiente creativo de finales de los años setenta y ochenta. Fue una fotógrafa y reportera gráfica reconocida tanto por su trabajo en prensa como por su labor en la fotografía de viajes y cultura.Perteneció a la generación de
Mariví Ibarrola o
Alberto García-Alix: una generación de fotógrafos independientes, libres y profundamente comprometidos con su tiempo. Menchu fue talentosa y desordenada a partes iguales, una auténtica freelance que vivía al día y quería estar en todas partes… y casi siempre lo conseguía.Menchu fue talentosa y desordenada a partes iguales, una auténtica 'freelance' que vivía al día y quería estar en todas partesDurante más de veinte años trabajó en la agencia
Corbis, lo que permitió que sus fotografías se publicaran en numerosos periódicos y revistas nacionales e internacionales, llegando incluso a ilustrar portadas de algunos de los medios más importantes del mundo. Paralelamente, colaboró como reportera gráfica en distintas revistas de viajes y en el diario
El País (para el que tantos viajes cubrió junto a Mocho Alpuente) o el
Diario de Ibiza, donde documentó la vida social, cultural y nocturna de la isla, dejando un valioso archivo visual de varias décadas.En el documental
Malasaña Music Bar de Juanjo Castro (disponible en Filmin), Menchu afirma que El Agapo era “la oficina de todos”. Se refería a uno de los bares míticos del
Malasaña de los años ochenta y noventa, y a un tiempo en el que no existía el teléfono móvil y se sabía exactamente dónde encontrar a los amigos. Menchu no era consciente de que estaba haciendo historia cuando comenzó a captar el día a día de la transición en Madrid. Como buena reportera de calle, no perdió el hilo de los acontecimientos ni de la mala fama de
Malasaña —también llamado barrio de las Maravillas— en una época en la que su esencia se debatía entre lo cutre y lo auténtico.Menchu fotografió los gestos, las miradas, la música que sonaba en los bares y movía a la genteMenchu RedondoMenchu fotografió y elevó la intrascendencia: los gestos, las miradas, la música que sonaba en los bares y movía a la gente. Si había un punto de encuentro de la diversión, ella estaba allí. Los bares eran entonces centros de reunión con alma, focos de opinión que generaban un espíritu propio y atraían a personas de toda España. Como ella misma recordaba en el documental:“Un día te encontrabas con Wilko Johnson, los Fleshtones o Joe Strummer, de The Clash. Nunca sabías lo que iba a pasar, y eso era lo bonito de la noche madrileña de los ochenta”.Antes, un bar significaba pertenencia. En ellos se gestaban fanzines, revistas, proyectos y colaboraciones. No eran solo lugares para beber o hacer contactos, sino auténticas escuelas de intercambio musical y cultural. En
Malasaña Music Bar aparecen algunas de sus fotografías, imágenes que ilustran una época de sinergias, que elogian la música —tanto a los dj como a los grupos— y capturan una energía que educó a generaciones jóvenes e inquietas. La música era entonces una fuente de conocimiento y la banda sonora de muchas vidas.Los Ronaldos fotografiados por MenchuMenchu RedondoLos grupos se daban a conocer en los bares, y Menchu fotografió los primeros conciertos de Los Enemigos, Los Ronaldos, Ramones, Graham Parker, así como a Manu Chao, Siniestro Total, Burning, Sex Museum, Kike Turmix, Poch, Ana Curra y numerosas bandas de la escena garage y underground. Inmortalizó ese momento mágico en el que el mundo parecía cambiar al entrar en un local.Además de cronista de la noche, Menchu documentó las tensiones de la transición, los primeros orgullos gais de Madrid y la vida cultural de una ciudad en plena transformación. Unió a músicos de distintas generaciones como Paco Ibánez y Santiago Auserón. Inmortalizó a Tierno Galván, a Fernando Fernán Gómez, a Juan Diego, a Alaska, a Pedro Almodóvar (y sus chicas), con quien trabajó en sus primeras películas y, por supuesto, a la gente que acudía al número 3 de la calle de San Millán, donde se encontraba el bar La Bobia, con su inconfundible tipografía art déco, un icono de la movida madrileña. La rebeldía, la libertad y la creatividad son protagonistas de las fotografías de Menhcu.Carmen Maura y Pedro Almodóvar quedaron inmortalizados por su cámara Menchu RedondoParalelamente, desarrolló una intensa carrera como fotógrafa de viajes, publicando reportajes en revistas especializadas. Recorrió numerosos países con una mirada profundamente humana, interesada en las personas, los paisajes y las culturas locales. Parte de su obra forma parte de archivos y proyectos vinculados a la Unesco.Marisa Ruiz, dueña de El Agapo, la recuerda así: “Conocí a Menchu a mediados de los ochenta, poco antes de embarcarnos en la aventura del Agapo. Teníamos muchas cosas en común: la noche, la fiesta, la música. Las dos habíamos estudiado Ciencias de la Información, pero no nos habíamos cruzado. Nos conocimos en un local de Lavapiés, a altas horas”.El Agapo era el bar donde Redondo pasaba horas cuando no estaba de viajeMenchu RedondoMarisa y sus hermanos abrieron en la calle Madera El Agapo, un local que permitía conciertos y cerraba a las cinco de la mañana. Menchu compartía casa con el músico Pulgarcito y su pareja, cerca de la plaza de España. Cuando ellos se marcharon, Marisa se mudó con Menchu y vivieron juntas dos años.“Siempre me impresionó su capacidad para estar en varios lugares a la vez. Hacía foto fija de series de televisión, se iba a Berlín a cubrir la caída del Muro, no faltaba a ningún concierto, estreno o presentación. Y en medio de esa vorágine siempre encontraba tiempo para pasar por su oficina: El Agapo”.“Su fotografía es fresca, espontánea, destila ambiente y transmite música”Marisa RuizAllí Menchu vivió noches intensas, amores, amistades, planificó viajes y proyectos profesionales. Según sostiene Marisa, si no alcanzó la relevancia pública de otros fotógrafos de su generación fue, quizá, porque trabajaba demasiado. Acumuló un archivo inmenso, mayoritariamente en diapositivas, que nunca llegó a ordenar del todo. “Su fotografía es fresca, espontánea, destila ambiente y transmite música. Sus retratos y posados consiguen captar la esencia de los personajes y del momento”.Marisa también recuerda los viajes con Menchu, especialmente el de Nicaragua en 1988, cuando el diario
El País le encargó documentar el trabajo de los sandinistas para poner en marcha la revista Pensamiento Propio, en los últimos coletazos de la guerra.Un personaje de la escena underground de los años ochentaMenchu Redondo“Yo llegué a Managua cuando ella ya llevaba tres meses allí. Iba a zonas muy peligrosas. La recogían de madrugada para llevarla en avionetas a los lugares donde tenía que trabajar. Yo iba aterrorizada; ella no soltaba la cámara”.En lugares como Ocotal, cerca de Honduras, viajaron en camiones de guerrilleros, agachándose cuando se oían los disparos. “Yo pasé el viaje encogida; ella iba de pie, disparando a un lado y a otro. Menchu era una francotiradora del periodismo: le daba igual estar en la puerta del Agapo fotografiando rockeras que en las montañas de Nicaragua esquivando balas”.Otra de las compañeras de viaje de
Menchu Redondo fue la periodista Sol Alonso: “
Menchu Redondo afrontaba cada uno de sus viajes con avidez. Necesitaba conocerlo todo, recorrerlo todo, fotografiarlo todo. Daba igual si era un viaje de placer o de trabajo. El resultado es un archivo infinito de lugares. Con ella, para mi fortuna, pude compartir muchos de ellos, pues viajé con Menchu más que con ninguna otra persona, ni siquiera de mi propia familia, la de sangre, porque Menchu fue mucho más que una amiga para mí. Juntas recorrimos, Chile, Argentina, El Salvador, Cuba, Líbano, Bulgaria, Marruecos, Nueva York, Laponia, Noruega, Suiza... Y tantas y tantas veces su amada Ibiza, donde residió durante muchos años”Daba igual si era un viaje de placer o de trabajo. El resultado es un archivo infinito de lugares”Sol AlonsoPeriodistaViajar con Menchu en aquella época debió ser divertido: “se acoplaba perfectamente a las circunstancias y optimizaba cualquier contrariedad -explica Sol- Por cosas que pasan en la vida no pudimos compartir sus última etapas viajeras. Pero me consta que moverse sola no le suponía el menor problema. Acumuló tanto material, analógico y digital, que llevaría varias vidas ponerlo en orden. La recuerdo en sus infinitas mudanzas cargando con cajas de diapositivas suficientes para cubrir un mapamundi, casi a tamaño natural. Con cierto caos y un tipo de desorden que solo ella controlaba”
Menchu Redondo falleció en febrero de 2023, a los 68 años, tras una enfermedad. Su legado permanece en miles de imágenes publicadas en prensa, revistas, archivos y exposiciones. Fotografías que siguen contando, con energía, cercanía y rigor, la historia de una época y de una mujer que siempre estaba allí.