El 9 de mayo de 1936, después de una vida entera dedicada al ejército,
Miguel Campins había conseguido por fin el fajín de general a los 56 años, durante la tensa primavera tras las elecciones de febrero que acabaron otorgando el Gobierno a la coalición de izquierdas del
Frente Popular. Su compañero, subordinado en el mando y después jefe y superior por encima en el escalafón,
Francisco Franco, que era doce años menor, lo había conseguido bastante antes, a los 33. El detalle tendría su importancia en el futuro destino de Campins. Ambos habían pasado por las campañas de la
Guerra de África: Campins desde su comienzo en 1911 —Franco un año más tarde— y los dos dirigirían sendas columnas de avance durante el crucial desembarco de la bahía de
Alhucemas en 1925, donde trabarían una relación estrecha y desarrollarían un respeto mutuo. Tanto es así, que años después de terminada la guerra en el Protectorado, Campins, aún teniente coronel, se convertiría nada menos que en el número dos de la
Zaragoza" class="entity-link entity-organization" data-entity-id="53228" data-entity-type="organization">Academia General Militar de
Zaragoza que dirigió el propio Franco desde su apertura en 1928 y que cerró el gobierno provisional de la recién instaurada
II República en 1931. Como Subdirector y Jefe de Estudios además de autor del manual de la academia, fue quizás el máximo artífice de esa escuela militar frustrada por los republicanos y cuyo cerrojazo tanto les dolería a ambos africanistas. Años después, como nuevo general de brigada desde mayo de ese maldito 36,
Miguel Campins, que en situación de disponible residía entonces en la
Zaragoza donde más feliz había sido, sería reclamado a la capital el 9 de julio para recibir destino: jefe de la Comandancia Militar de
Granada, a donde se incorpora al día siguiente. Así, una semana antes de que
España saltara por los aires, el nuevo general de brigada, que no sabía nada de la conspiración en marcha de antiguos jefes y compañeros cercanos como el propio Franco porque se había borrado activamente antes incluso de que esta se llegara a plantear del todo, tomará una postura fatídica ante el golpe: la de evitar la violencia entre ambos bandos que querían matarse. Lo hará con dos decisiones contradictorias. Primero, el 18 de julio, al enterarse de la sublevación militar, permanece leal a la legalidad republicana dejando a las tropas en sus cuarteles. Dos días más tarde, el 20, al comprobar que la violencia se extendería por el otro lado con la orden de entregar las armas a las milicias populares, se suma a los rebeldes con algunas reticencias y enfrentándose al general Queipo de Llano, a quien detesta y quien ya controla la Capitanía General de Sevilla. Campins no solo estaba a ciegas con los sublevados, sino que ni siquiera sabía que el anterior jefe de la Comandancia de
Granada, el general Llanos Medina, había sido apartado del mando por el Gobierno precisamente por su conocida actividad conspiratoria, y que la mayor parte de la guarnición de la ciudad estaba en pie de guerra cuando el llegó el día 10. En el Gobierno nadie le había advertido nada, dejándole aún más expuesto. Carta de
Miguel Campins a
Francisco Franco el 12 de agosto de 1936 Esto último lo explica a El Confidencial el escritor Lorenzo Silva, que publica ahora la novela Con nadie. Vida y destino del general Campins (Destino), en la que desgrana la brillante trayectoria militar de un oficial "que lo hizo prácticamente todo en las campañas del Protectorado, sin todo el reconocimiento y recompensa que merecía", y también los últimos días de su trágico final, "un militar que creía firmemente en que el ejército no debía sustituir a la política y que había visto a demasiados soldados morir en la guerra". Lo hace en la misma
Granada, a las puertas de lo que entonces era el edificio de la gobernación, ahora sede de la Facultad de Derecho. El único lugar en donde, mientras
Miguel Campins mantuvo el breve mando de la plaza, se produjo un pequeño tiroteo sin muertos; y el mismo edificio al que sería llevado el 16 de agosto Federico García Lorca, desde la casa de la familia Rosales a apenas unos metros de distancia. El Confidencial ha recorrido con Silva esos escenarios por donde transita un íntegro y también bastante incauto general esa semana de julio, aferrado a unos ideales de orden y disciplina militar que casi nadie cumple esos días. Es en cierta medida sacrificado por unos y otros, y un reflejo de la
España más cainita y repudiable de los extremos. Al menos, esa es la reconstrucción que hace el autor en su novela. Pero ¿actuó Campins en defensa de la República, con un decidido sacrificio en virtud del orden y para mantener la paz, o con un cálculo erróneo por tratar de imponerse a las órdenes de Queipo de Llano, a quien detestaba y del que no se fiaba? El escritor Lorenzo Silva en
Granada con su nueva novela 'Con nadie'. (EFE Editorial Destino/Carlos Ruiz B.K.) Antes de la secuencia final de
Granada, la extensa y destacada carrera militar de
Miguel Campins durante la primera mitad del siglo XX le permite a Lorenzo Silva no solo dibujar la personalidad trágica del general, sino la de una parte integral de la historia de
España: la del estamento militar en las campañas de África , que además Campins recorre en las tres armas: caballería, infantería y artillería por su condición de oficial de Estado Mayor a la que suma la avaición en ciernes. Hijo de un coronel veterano de la Guerra de Cuba y adiestrado en la Academia General de Toledo, Campins es al tiempo un reflejo y contrapunto del propio
Francisco Franco, omnipresente durante todo el relato por las vidas cruzadas de ambos en las campañas de África, en la estancia de ambos en Oviedo donde se casa Franco y especialmente en la etapa de
Zaragoza. Es así por otra parte un pequeño retrato de esos africanistas como Milán Astray, o el joven Franco en África a quién no se hurta su mérito en el Rif: "Decir que Franco hizo algo bien en su vida puede levantar ampollas, pero es que está documentadísimo; es un militar calculador, frío y cruel, que comete barbaridades, pero se desempeña, por ejemplo, en
Alhucemas de forma impecable, manda la primera oleada, asegura la playa. Para eso valía" comenta Silva. ¿Hay un agravio comparativo con la figura de
Miguel Campins, disciplinado y obediente en casi todas las facetas de su carrera? En cierta medida sí, aunque Campins poco a poco consiga la posición lógica por su desempeño. Lorenzo Silva: "Decir que Franco hizo algo bien en su vida puede levantar ampollas, pero es que está documentadísimo. Para militar valía" No lo hace de forma fulgurante, a diferencia de Franco, y no precisamente por estar destinado en la Península, lo que para Lorenzo Silva es una injusticia: "Tiene la misma trayectoria pero lleva más tiempo en la guerra, ha estado en las peores acciones —la Reconquista de Annual, la artillería en Xauen mandando agrupaciones de 15.000 hombres—, y sin embargo no le luce como le luce a Franco. Le dan medallas, una individual y una colectiva, y con más mérito. Pero al final no tiene el mismo fruto ni el mismo reconocimiento". Aquí aparece uno de los elementos clave del relato que convergen en ese 18 de julio: Campins es, en definitiva, muy poco trepa. "No intriga nada. A Franco le niegan el primer ascenso y lo pelea hasta que se lo dan. Campins también lo pelea, pero sin pulsar ni intrigar apenas", comenta Silva. Hay más. Este periódico ha comprobado en una de las fuentes que usa el autor para su relato —la tesis doctoral de Manuel Tourón Yebra El General
Miguel Campins y su época (1880-1936)— hasta qué punto esto es relevante en la vida del futuro jefe de la Comandancia de
Granada. Según Tourón Yebra, Franco escoge a
Miguel Campins como segundo en la Academia General de
Zaragoza en gran medida porque lo considera "disciplinado y leal, nunca haría nada que pudiera poner en peligro la posición hegemónica de Franco". Es importante porque hay una clara asimetría en esa relación, tal y como defiende Silva: "Es verdad que durante toda esa época de la academia tienen una relación estrecha. Pero Franco asume el papel de relaciones públicas, mientras que Campins saca adelante el trabajo. Las niñas jugaban juntas, por ejemplo, pero era una relación con cierta asimetría: yo soy el general y tú eres el coronel. Un respeto recíproco más que amistad íntima, que para Campins era ante todo jerárquico. La familia no era precisamente admiradora de Franco como hombre: la viuda decía que era un birria. Además, Franco tenía su camarilla de legionarios, y había un pequeño resquemor: a diferencia de Campins, había intentado entrar en el Estado Mayor y no le habían admitido", explica Silva. En la práctica, la Academia General de
Zaragoza acaba siendo el verdadero cénit profesional y personal de
Miguel Campins, que la dirige durante las numerosas ausencias de Franco. Solo le faltaría el fajín de general, lo que paradójicamente acaba siendo su perdición en ese tablero de mezquindad y deslealtades que es
España y que revienta en crueldad durante la Guerra Civil. Aun así, hay antes dos momentos clave que definen en gran medida el destino del general según el relato de Silva: primero su actuación durante los sucesos de Cataluña a las órdenes del general Domingo Batet y después, cuando hacia finales del 35 Franco sondea cautelosamente, como es su estilo, a su viejo compañero y colaborador. Tal y como explica Silva, el que fuera Jefe de Estudios de la Academia General de
Zaragoza rehúye entonces, aunque sea aún muy pronto, cualquier relación con los futuros rebeldes, lo que por una parte desilusiona a Franco y por otra le deja a oscuras a Campins cuando se produce el 18 de julio y es ya jefe de la Comandancia de
Granada. La fuente de Silva son esencialmente las memorias del primo del Franco, el teniente
Francisco Franco Salgado-Araujo, que escribe: "El coronel Campins le contestó, poco más o menos, que él estaba con toda lealtad al servicio del gobierno de la República y que no era partidario de la menor intervención del Ejército, que debía limitarse a cumplir las órdenes de dicho gobierno (...); como es natural, se desilusionó con la contestación de su lugarteniente de la General de
Zaragoza", —
Francisco Franco Salgado-Araujo, Mi vida junto a Franco—. El coronel Campins le contestó, poco más o menos, que él estaba con toda lealtad al servicio del Gobierno de la República Sin embargo, lo peor es quizás lo que sigue después: precisamente porque en su momento Manuel Azaña restringe los ascensos por méritos de guerra, como ministro de la Guerra del gobierno provisional, Campins ve frustrada su ambición de llegar a general. Cualquier ascenso queda bloqueado para él esos años hasta que el Gobierno de la coalición de derechas lqa restablece en 1935. Para Franco, la medida de Azaña le había supuesto caer al fondo del escalafón, pero para Campins había sido peor porque le hurtó el posible ascenso durante todos esos años. Para agravar las cosas, a Campins le había perjudicado precisamente haber sido segundo de Franco en
Zaragoza, según Salgado-Araujo: "Campins tuvo después de la proclamación de la República la preocupación por conseguir la faja de general. El haber sido leal colaborador de Franco fue un obstáculo para conseguir tan legítima y merecida aspiración. Le pasaban en el escalafón coroneles más modernos y de menos mérito sin que el Ministerio de la Guerra reconociese su valor indiscutible, y cuando finalmente es propuesto para su ansiado ascenso a general de brigada, lo es por el gobierno del
Frente Popular", —
Francisco Franco Salgado-Araujo, Mi vida junto a Franco—. Silva reconoce que esa circunstancia será un lastre de cara a los sublevados: "En medio de la conjura general, el nombramiento hace que Campins sea incómodo. Lo acababa de ascender el
Frente Popular, con el ministro de la guerra que tenía cierta proximidad a Casares Quiroga a través de Batet, que había sido su jefe en Cataluña y daba muy buenos informes de él, con lo que pensaban que no era de su entera fidelidad". Esto es clave porque Campins, a pesar de no ser parte de la camarilla rebelde, era en esencia más bien conservador y acaba promulgando el bando de guerra. ¿Cómo es posible entonces que en esas circunstancias acabe fusilado? La situación funciona de tal forma en el relato de Silva que resulta creíble que al final pueda salvarse. Los generales golpistas Cabanellas, Franco y Queipo de Llano. (Getty/Universal History Archive/Universal Images Group) Pero lo cierto es que cuando el día 10 llega a
Granada, Campins está absolutamente a oscuras de lo que se está jugando, mientras sigue aferrado a un orden que en la práctica ha dejado de existir. El día 18 recibe la llamada de Queipo de Llano para que se ponga a sus órdenes, pero se resiste airado. Así lo dejará escrito el propio Campins en la carta que le dirigirá a Franco desde Sevilla mientras aguarda la condena: "Mi querido General y respetado amigo: No sé si me es permitido el llamarte aún así estando bajo el peso de la tremenda acusación que sobre mí lanzó el General Queipo de Llano (...) Las primeras noticias que he tenido han sido: un aviso del Ministro, Casares Quiroga, a
Granada, hablándome de Melilla en la noche del 17 del pasado; y una orden del General Queipo de Llano, desde Sevilla, a las tres y media de la tarde del día 18, en la que me ordenaba, sin más explicación, declarase el estado de guerra en aquella población. Soy hombre consciente de mi responsabilidad, y sin más ni más, ignorando el espíritu de los cuerpos de aquella guarnición (oficialidad, clases, tropa), ignorando el fin del movimiento, etc., máxime habiendo tranquilidad material en la provincia, yo no podía dar un paso de esa naturaleza. Yo no soy un cabo de escuadra" —
Francisco Franco Salgado-Araujo, Mi vida junto a Franco—. Queipo de Llano toma como algo personal la actitud del recién nombrado general de brigada, lo que le costará finalmente la vida La desavenencia con Queipo sería fatal. Para Silva la clave está en que, sin ningún apoyo dentro de la comandancia y después de una tensa reunión con la tropa en la que llega a ser zarandeado por sus subalternos, su intento de mantener el orden se ve quebrado, más aún cuando comprueba que la orden de Madrid es la de armar a las milicias, que se niega a cumplir. Según explica: "En ese momento solo tiene dos caminos de verdad. Tiene un tercero teórico: sumarse al alzamiento, llamar a su general y decirle cuente usted conmigo. Habría salvado la vida. Pero eso él no lo puede hacer. Es contrario a su dignidad, a sus principios, a sus valores. Sabe que los militares están haciendo lo que él ya ha dicho por escrito que no deben hacer: meterse a gobernar. Las otras dos salidas son: resistir hasta el final —condenarse a muerte, con hijos pequeños, y lo sabe— o intentar controlar la situación desde dentro. Elige la segunda. Su razonamiento es: no tengo más remedio que dictar el estado de guerra porque mis tropas no me van a secundar, pero voy a intentar modular la sublevación. Si se hace detener, abdica de su responsabilidad como comandante militar. Si él controla el proceso, quizá evita lo que ya se está desatando en otros lugares. Y si se quita de en medio, solo quedarían los emisarios de Queipo de Llano". Elige la segunda, en parte porque tampoco coincide con lo que empieza a vislumbrar en lo que ya es otro bando, no el orden de la legalidad. Sin embargo, no acaba de cumplir las órdenes de Queipo, en parte por orgullo, en parte porque lo detesta y en parte porque no se fía de él. En ese momento, como reconoce Silva, Campins no piensa que lo vayan a fusilar, o habría sido más cauto. Sin embargo, el general al mando ya de la Capitanía General de Sevilla toma como algo personal la actitud del recién nombrado general de brigada, lo que le costará finalmente la vida. ¿Si hubiera sido otro general el que hubiera estado al mando, se habría sumado sin tantas reticencias? "Probablemente sí", reconoce Silva. "Lo que le mueve a Franco para interceder por Campins es que, cuando ha sido subordinado, ha sido leal" Durante el proceso que se instruye a toda velocidad contra él, en el que nadie le ayuda con sus testimonios salvo el gobernador republicano —que en cambio sí salvará la vida, un detalle más de lo mucho que se jugó Campins enfrentándose a Queipo—, el general aprovecha esos días de reclusión en los aposentos de la Comandancia Militar de
Granada para visitar la Alhambra como un turista más. Lo cuenta el escritor en la misma puerta del convento de San Francisco el Grande, sede ahora del Mando de Adiestramiento y Doctrina Militar: "Le tratan bien mientras arman la acusación e incluso se puede escapar un día a visitar los palacios nazaríes y el Generalife". El 4 de agosto lo trasladan en avión a Sevilla, desde donde ocho días después escribe a Franco tan trastornado ya que en el encabezamiento pone "
Granada, 12 de agosto de 1936", cuando en realidad lleva días en Sevilla y le quedan cuatro para el pelotón de fusilamiento. ¿Y Franco? ¿Hace algo por salvar la vida de su compañero de las campañas del Rif, del desembarco de
Alhucemas que comandaron juntos, de sus días en la Academia General de
Zaragoza? Lo cierto es que sí. "Lo que le mueve a Franco para interceder por Campins es que, cuando ha sido subordinado, ha sido leal. Absolutamente leal, teniendo motivos quizá para ver las cosas de otra forma, comenta Silva. "Tiene una hoja de servicios en Marruecos como no tiene casi nadie, y Franco lo sabe, y además está convencido de que lo que hizo en
Granada no lo hizo por intrigar. Con Queipo nunca se sabe si algo es limpio, pero sí tiene claro que si Campins se puso en el lugar equivocado fue porque creía que no hacerlo sería faltar a su deber. Franco se da cuenta de que esa justicia es un atropello: "este hombre me ha servido lealmente, le debo cosas, siempre ha intentado hacer lo correcto. Lo que me llega no es que haya armado milicias ni que se haya sumado a la resistencia. Nos estamos pasando". "No quiero abrir ninguna otra carta de su general que trate de este enojoso asunto, y dígale que mañana domingo será fusilado" Franco, que también está en Sevilla envía a Queipo varias cartas clamando por la vida del general. No va personalmente, sino que manda a su primo
Francisco Franco Salgado-Araujo, que lo recoge así en sus memorias: "Franco me entregaba para que se las diese en mano a Queipo cartas suyas rogándole el indulto de su antiguo amigo y compañero. Dicho general, jefe de la jurisdicción de Justicia Militar de Sevilla, me recibía siempre cortés y amable. Abría las cartas que le entregaba del general Franco y las rompía. Como es natural yo informaba a mi primo del fracaso de estas gestiones, lo que le causaba gran disgusto. Cuando me enteré de que Campins estaba en capilla me brindé a hacer cerca de Queipo un último intento de conseguir el indulto. Franco me entregó una carta suya insistiendo en su petición, enalteciendo la historia militar de su compañero Campins y reiterando su deseo de que en atención a la misma le salvase la vida. Queipo me recibió y me dijo en alta voz: "No quiero abrir ninguna otra carta de su general que trate de este enojoso asunto, y dígale que mañana domingo será fusilado, pues no merece que nadie se preocupe por él por ser un traidor a
España, ya que cuando tomé el mando de Sevilla después de vencer un sinfín de dificultades, le pedí su colaboración y me contestó que conmigo no iría nunca a ninguna parte'.