Jugar y/o ver el fútbol al mediodía no es lo ideal pero de vez en cuando tiene su aquel. El sol es de marzo y todavía no duele, la tarde queda libre para ir al cine o para entregarse al sofá con melancolía dominguera y el estadio se llena de niños. Un Barça-Rayo es simplemente un partido más de entreguerras para los socios y para los aficionados que lo ven por la televisión, pero no lo es para el niño o la niña que entran al estadio por primera vez, acto sagrado que recordarán siempre. Seguro que hubo unos cuantos que salieron de casa con esa ilusión insobornable tan reconocible por quienes la experimentamos un día. Ir al fútbol un domingo soleado como quien va a un bautizo. Fútbol y religión, tanto monta, monta tanto.El Barça de Flick, también conocido como el Barça de
Lamine Yamal, tiene un don especial para conectar con el público infantil y, por consiguiente, con el alma pueril con la que los adultos deberían viajar siempre. Por proximidad generacional (hasta seis jugadores del once blaugrana bordearon los 20 años por arriba o por abajo) y por la manera de jugar, alegre y desacomplejada, el Barça ve de la mano del entretenimiento más puro. La hora del recreo.
Pedri maneja el balón durante el Barça-Rayo
Albert Gea / ReutersEl Barça jugó mal pero los niños no se dieron cuenta; peor es decirles que Rüdiger es un modelo a seguirSi eres un niño o una niña y es tu primera vez en el Camp Nou no te aburrirás en un Barça-Rayo (y mira que hubo motivos), no te subirán las pulsaciones con cada ataque de los de Vallecas (gran equipo que mereció más al final) y volverás a casa más contento de como llegabas, aunque los tres puntos te los den entre Araújo, jugador de gran tamaño que hace sufrir a los mayores con ideas preconcebidas, y
Joan Garcia, que es portero, viste de naranja de arriba a abajo y mantiene sentado en el banquillo (alabado sea el señor) a Szczęsny.Arbeloa y los niñosSigamos hablando de niños, que viene a cuento.Nunca entendí esa manía de colocar todo tipo de enanos y gnomos de piedra en el jardín. Es cierto que, con la crisis de la vivienda, cada vez hay menos jardines y, como consecuencia, menos figuras decorativas, pero si de repente tuviera la obligación de decorarlo por un extraño decreto municipal, optaría sin dudarlo antes por un enano que por un Rüdiger.A Álvaro Arbeloa, que vive en la exclusiva urbanización de La Finca, situada en el municipio de
Pozuelo de Alarcón, le sobra zona ajardinada y el sábado aseguró que admira tanto al central alemán que se instalaría una estatua con su figura en el jardín. El técnico del Madrid justificó su decisión con una frase que contenía cierta voluntad de eternidad: “Es un espejo donde todos los jóvenes deberían mirarse”. Y la dejó ahí, flotando en el aire para ser convenientemente masticada y regurgitada. En su afán por quedar bien con sus futbolistas Arbeloa no tiene límites, hasta el punto de recomendar el comportamiento de un jugador que hace poco agredió a otro con un rodillazo en la cabeza y que, días después, bajada la tensión del momento, justificó así: “No le maté, no tiene que exagerar, si hubiera ido con esa intención, no se hubiera levantado del suelo”. Si aceptamos a Rüdiger como referente juvenil, eduquemos a nuestra muchachada en consecuencia, no nos reprimamos y propongamos nombres para futuras ocurrencias: hagamos sitio en el jardín para las figuras esculpidas de Ted Bundy o Jeffrey Dahmer.Redactor Jefe de Deportes de La Vanguardia. Antes subdirector de Mundo Deportivo. Colaborador habitual en medios como RAC1, Esport3 (TV3) y Catalunya Ràdio. Autor del libro 'Jugada personal'.