No me cuesta trabajo imaginar a un gurú de la tecnología hace diez mil años, subido a un montículo, advirtiendo con angustia a sus congéneres sobre la amenaza existencial y civilizatoria de la agricultura. Le puedo ver clamando, profético y tonante: vamos a perder nuestra libertad de cazadores recolectores, esa maravillosa vida nómada que tanto nos ha costado alcanzar, que nos lleva de aquí para allá, descubriendo el mundo, disfrutando del fuego en las noches de cielos infinitos, que nos mantiene fuertes y bien alimentados gracias a una dieta rica y variada y a una existencia sin limitaciones.¿No os dais cuenta de que la agricultura nos reducirá a la condición de seres inmóviles, atados con raíces indestructibles a un único lugar que ni siquiera elegiremos nosotros? Ese sedentarismo provocará una reproducción sin control, ilimitada, absurda. Cada vez seremos más seres, más débiles, viviendo hacinados, despertando al alba para hacer algo que jamás habíamos imaginado: trabajar. Las plantas que nos darán de comer exigirán nuestro sudor y nuestra sangre, cada día del año, sin descanso. Miquel GalceranEl hacinamiento traerá enfermedades y acumulaciones de seres humanos, y la aparición de una élite de privilegiados que nos gobernará con mano de hierro y crueldad para evitar la tentación de que alguien quiera usurpar ese poder arbitrario. Y llegarán las guerras. Nacerán pueblos, y después ciudades, y más tarde megalópolis, laberintos sucios y caóticos donde nuestras vidas se alejarán de las estrellas y del orden de la naturaleza, a la que tendremos que someter y enfermar.Nuestros hijos, que serán muchos, acudirán en masa a centros de domesticación que extraerán de ellos el gen de la libertad para convertirlos en autómatas al servicio de vegetales y animales caprichosos.Vamos a perder nuestra libertad de cazadores recolectores, esa maravillosa vida nómada que nos lleva de aquí para allá¿No os dais cuenta? Es tan obvio, tan evidente. No estamos hechos para esa pasividad de esclavos, para esa comodidad de cobardes que no quieren luchar por el sustento en una definitiva batalla por la vida que justifica por sí misma nuestra presencia en esta hermosa tierra de abundancia y libertad.¡Detened la agricultura! O al menos regulemos su fuerza inevitable. Bastará con unos pequeños huertos repartidos aquí y allá, que nos provean de pequeños manjares, que lleguen como un premio, como un lujo innecesario pero agradable que nos regale una pequeña felicidad.No hay tiempo que perder, porque el avance de esta tecnología que nos arrebatará nuestra esencia humana es silencioso y devastador, amparado en una falsa promesa que nos alienta a detener nuestro vagar desesperado, a recogernos al calor del hogar, a dejar el frío y la violencia al otro lado de la puerta de nuestro pequeño refugio.Puedo imaginar que la gente que ha escuchado al gurú regresa a sus quehaceres con cierta indiferencia. Salvo, quizás, algunos concernidos que, asustados, se preparan inútilmente para el apocalipsis.Son cosas que debían de pasar hace unos cien siglos, década arriba, década abajo.