Resulta difícil imaginar que en algún lugar del mundo la compra de dos obras de un pintor olvidado haya despertado una manifestación popular de entusiasmo como la llegada a
Sitges, en noviembre de 1894, de dos obras del Greco (la M agdalena penitente y Las lágrimas de san Pedro), que Rusiñol había adquirido poco antes en
París. La crónica de
La Vanguardia hablaba de un
Santiago Rusiñol emocionado, esperando los cuadros en la estación y luego acompañándolos junto a los “modernistas militantes de la localidad” (Labarta, abriendo la comitiva a caballo, Romeu, Casas, Clarassó, Maifren, Pichot...) en una “pintoresca” procesión “entre seria y francamente gozosa” hasta el Cau Ferrat, con todos los balcones y ventanas de la localidad engalanados. Aquel alborozado happening popular no solo disparó en
Catalunya una inusitada Grecomanía , sino que fue crucial en la apreciación y recuperación del artista cretense, que en aquel momento ocupaba puestos muy bajos en el canon de la pintura hispana.Antes de que Rusiñol pusiera su mirada en
El Greco –lo había descubierto camino de
Sitges en la Biblioteca Museu Víctor Balaguer, de Vilanova i la Geltrú, donde el
Museo del Prado había depositado, seguramente por falta de interés, la Anunciación , hoy parada obligatoria en el recorrido de sus colecciones–, solo otro artista, en este caso,
Picasso, se había sentido identificado con aquel excéntrico pintor, radical y extravagante, y con descaro adolescente firmó uno de sus primeros dibujos: “Yo,
El Greco”. Como
Picasso, los modernistas no vieron en él una figura del pasado, sino un artista contemporáneo, un campeón de la expresión radical que rompía con todo lo anterior y con el que se sentían identificados.Lee tambiénEl último capítulo de esta historia de admiración de
Catalunya por
El Greco que comenzó hace más de un siglo es la adquisición por parte de la
Colección Casacuberta Marsans de un Cristo en la cruz (1585-1590), que a partir de mañana martes estará abierta al público en su sede del Hospital de St Saver, en la calle de la Palla. Según la historiadora
Nadia Hernández, asesora de la colección, se trata de una de las crucifixiones más tempranas del Greco, cuyo precedente más directo sería la del convento de las Jerónimas de la Visitación de San Pablo, hoy en las colecciones del Louvre. El cuadro (178x104 cm) había pertenecido al marqués de la Motilla, de
Sevilla, y estaba depositado en el antiguo hospital de los Venerables, en el barrio de Santa Cruz.Dos Greco comprados por Rusiñol fueron llevados en procesión desde la estación hasta el Cau Ferrat de SitgesLas primeras noticias publicadas de la obra –un Cristo en la cruz con el cuerpo arqueado y los ojos abiertos al cielo, aún vivo mientras las Marías semidesvanecidas y los jinetes se alejan de la escena– se remontan a 1908, cuando el historiador Manuel B. Cossío se refiere a él en una monografía como “el superior, sin ninguna duda” entre las crucifixiones, aunque el primero en verlo fue el crítico de arte Julius Meier-Graefe, quien en 1911 escribe en Das barok grecos: “Por lo que dicen [sus propietarios], han desempolvado
El Greco que tenían en un rincón oscuro de la capilla, y ellos siguen sin comprender que aquello pueda valer, con la cabeza tan chiquitilla y el cuerpo tan largo, tan largo”. En el reverso del cuadro, una etiqueta da fe de que, efectivamente, había sido restaurado hacía poco tiempo, en 1904. Hasta ahora solo había abandonado
Sevilla en dos ocasiones para exposiciones del año Greco en Toledo y Budapest.Cristo en la cruz (1585-1590), del Greco David BrunettiLos coleccionistas Fernando Casacuberta y Coty Marsans no lo hallaron por casualidad en una subasta, sino que se dirigieron directamente a sus propietarios, convencidos de la absoluta pertinencia del cuadro en el Hospital de St Saver, donde conviven impresionantes tablas y esculturas medievales de la corona de Aragón con pintura del cambio de siglo, especialmente la vinculada a la crudeza y dramatismo de la España negra. “Asistimos cada día a la desaparición de colecciones, pero este es un ejemplo contrario: la colección crece y crece mucho”, apunta Hernández, para quien la incorporación del Greco tiene todo el sentido, por cuanto “dialoga muy bien con la línea más dramática, subjetiva, que tiene la colección y, por otro, ayuda a explicar la recuperación del Greco por parte de los modernistas catalanes”.En primer plano 'La Dolorosa', de Guitérrez Solana, también recién incorporada a la colección Nereis FerrerTras su restauración y acomodado en un nuevo marco –llegó en uno dorado y con copete que Horacio Pérez-Hita, enmarcador de prestigio recientemente fallecido, cambió por otro de época, mucho más austero, que milagrosamente le encajaba como un guante–, el Cristo en la cruz cuelga ahora en el lugar donde en su día estuvo el altar del hospital, desplazando la talla de un Cristo del siglo XIII procedente de Burgos que ahora ha sido trasladado al antiguo almacén, visible desde la calle Palla a través del ventanal. Flanqueando
El Greco, un Gutiérrez Solana representativo de la España negra ( La Dolorosa ) y el retrato del Juez de Zamarramala, de Zuloaga, quien coleccionó hasta doce obras del Greco y fue quien animó a Rusiñol a comprar las que salieron en procesión.Imagen de la
Colección Casacuberta Marsans en su sede de la calle de la Palla Nereis FerrerHospital de St. SaverUn oasis donde admirar el arte de muy cercaAbierto hace poco más de un año, el Hospital de St. Saver alberga uno de los tesoros más desconocidos del circuito expositivo, tanto por la contundencia de las obras como por la calidad de la visita, que se realiza únicamente a través de cita previa. Según su coordinadora, Celia Querol, se trata de “una fórmula de éxito”, que permite al espectador contemplar las piezas desde una cercanía imposible en un museo.“En España, el primer coleccionismo del Greco de carácter privado tiene lugar aquí en
Catalunya”, constata el especialista Ignasi Domènech, jefe de colecciones de los Museus de
Sitges, que aún se lleva las manos a la cabeza al recordar que en 1898 en
Sitges, una población de pescadores de 3.000 habitantes, se llevara a cabo una suscripción popular para levantar un monumento al Greco y que consiguieran recaudar lo suficiente para hacerlo posible”. “La intelectualidad –reflexiona– lo que busca es la modernización, la regeneración de un país a través de la figura del Greco”. El coleccionista ha reunido tres tablas de finales del siglo XV de Diego de la Cruz que se encontraban dispersas: Santo Tomás, Arcángel san Gabriel y Santiago el Menor Nereis FerrerY detrás vendrá un coleccionismo fuerte, la época dorada en
Catalunya, con una burguesía industrial fuerte para la que el cretense es un objeto de deseo. La Guerra Civil acabó con eso y después ha ido llegando algún Greco con cuentagotas, como el que adquirió la colección Bertran en 1992, “pero de eso hace más de treinta años y, además, este de la
Colección Casacuberta Marsans, aunque de titularidad privada, está abierto al público”, añade. Con el Cristo en la cruz , el número de Grecos en
Catalunya se eleva a ocho, después del de la basílica de Sant Esteve d’Olot, los dos de Rusiñol en
Sitges, los de las colecciones Torelló y Bertran, tres en el MNAC y el del Museu de Montserrat.