La visión del cañón del Colca seca la garganta. Cuando se llega hasta su extremo meridional desde la ciudad peruana de
Arequipa (la segunda metrópolis del país y base obligada para conocer la región), parece que uno vaya a ser engullido por un estrecha, una infinita hendidura en la tierra que parece un desierto mineral. La vista engaña.De hecho, enseguida se deshace el equívoco y el viajero se fija en las terrazas aplanadas muy cerca de los cursos fluviales que se aprovechan tanto de las aguas del río como del deshielo de las altas cumbres andinas cercanas. Allí se cultivan maíz y patatas.La maquinaria turística de
Arequipa está pensada para que los viajeros realicen la visita al cañón en una extenuante jornada que parte de madrugada y regresa a la ciudad esa misma tarde. Una lástima, pues la mayor parte del tiempo uno está transportándose y no visitando. Lo mejor es programar dos o tres jornadas en el propio desfiladero, sirviéndose de sus –a menudo desangeladas, pero interesantes– pequeñas localidades.El desfiladero del Colca nunca ha sido fácil de desentrañar para los científicos. Que es una herida en la corteza terrestre de dimensiones gigantescas está claro. Pero hasta finales del siglo XX no se pudo establecer que se trata del segundo cañón más profundo de la Tierra, con 4.160 metros de desnivel desde el punto más alto al más bajo. Las fluctuaciones de los lechos fluviales obligan a revisar esos datos con regularidad, pero queda claro que es el doble de profundo que el Gran Cañón del Colorado y que solo queda por detrás del tibetano Yarlung Tsangpo en ese aspecto.El cañón del Colca supera al Gran Cañón del ColoradoGetty ImagesA medida que el vehículo se adentra por la revirada carretera del estrecho uno va advirtiendo que no solo hay cultivos en la parte baja, sino que los cambios de paisaje son constantes, fruto de los pisos altitudinales. Aseguran los científicos que en sus 100 kilómetros de longitud hay tantos cambios de hábitat como en toda EuropaLa Cruz del Cóndor es una parada inexcusable. Se trata de un espolón rocoso donde, efectivamente, hay una gran señal cristiana, punto más elevado en el collado que une
Cabanaconde con
Pinchollo. Allí cada mañana es posible contemplar el majestuoso vuelo de los cóndores que habitan ese sector del Colca. Lee tambiénSe trata de aves gigantescas, la mayores entre las voladoras. Cuando extienden sus alas, la envergadura sobrepasa los tres metros. Y no solo se las ve planeando, sino que, a menudo, se detienen en un peñasco junto al mirador para otear el territorio antes de emprender un nuevo vuelo. La parada suele despertar gritos de admiración entre los turistas. En la Cruz del Cóndor nunca se está solo, pero el espacio es suficientemente amplio como para tener un avistamiento tranquilo si uno camina solo unos minutos a lo largo del borde de la barandilla protectora.Desde ese mismo punto del cañón es posible emprender arduas travesías a pie que llevan hasta los pueblos más recónditos de este pedazo de la montaña peruana. Se trata de caminos estrechos y con cierto peligro –han muerto al menos tres senderistas en la última década, despeñados–, por lo que hay que emprenderlos bien equipados y con el acompañamiento de un guía local que ayude a orientarse y a salvar los tramos comprometidos. Los viajeros más insistentes pueden acceder en tres días hasta la base del nevado Mismi, un gigante que roza 5.600 metros y cuya lengua glaciar se considera la fuente del río Amazonas. Desde allí, el río, tomando diferentes nombres, se encamina hacia el océano Atlántico en un viaje de casi 6.000 kilómetros.Cómo llegarPara conocer el cañón del Colca lo más atinado es alquilar un vehículo con conductor por dos o tres días en
Arequipa y hacer noche en los pueblos del desfiladero, como Chivay o Yanque. En el camino se atraviesa la Pampa Cañahuas, a 4.080 metros del altitud, una puna poblada de llamas, alpacas y vicuñas.