A
Eider Rodríguez (
Rentería, 1977) siempre le dicen que es una escritora fronteriza. Alterna sus semanas entre Irún y
Hendaya y trabaja como profesora universitaria en
Donosti, y por ese territorio anfibio se mueven también muchos de los personajes de sus relatos. “Me aporta extranjeridad, me disocia. Y me gusta mucho escribir así”, dice. Tras
Material de construcción (
Literatura Random House /
Periscopi), la novela de no ficción en la que literaturizó el declive y la muerte de su padre, que había sido alcohólico, Rodríguez estaba deseando volver a la ficción. Tanto que en poco tiempo escribió los seis relatos que conforman su nuevo libro,
Era todo el mismo hueco (Random House, con traducción de
Ander Izaguirre) / Tot pel mateix forat (
Periscopi, con traducción de
Pau Joan Hernàndez) y una novela que de momento descansa en un cajón.Rodríguez escribe en euskera, un euskera que a veces ha calificado como “sucio” –sus abuelos paternos lo hablaban, sus padres, miembros de la generación despojada de la lengua, no lo llegaron a manejar, pero se aseguraron de que sus hijas lo hicieran– y eso convierte sus relatos en artificios no estrictamente verosímiles. “Los diálogos de mis personajes son imposibles. Nadie habla en euskera todo el rato en los lugares en los que sitúo mis relatos. A veces sí se tantean entre el castellano, el francés y el euskera, como sucede en el primer cuento de este libro, pero no puedo ni quiero hacerlo siempre. Me gusta que la cuestión cultural, política e identitaria quede como en el fondo, intentar que sea lo menos artificial posible. Hay un relato que termina así, con la frase “todo parecía real, todo parecía artificial”, aclara la autora, que estuvo en Barcelona presentando su último libro.
Era todo el mismo hueco se publicó en su lengua original en octubre pasado, en la editorial
Susa y, aunque ese décalage entre la publicación en euskera y las traducciones se ha ido acortando, a Rodríguez le interesa mantener un margen por una cuestión de activismo lingüístico, por si hay un lector que duda entre comprarse el libro en castellano o en euskera, que se decante por la segunda opción.A Alice Munro le gustaba decir que un relato corto no es como un camino ni una carretera sino como una casa. “Entras y te quedas un rato, dando vueltas y descubriendo cómo las habitaciones y los pasillos se relacionan, cómo el mundo exterior queda alterado al mirarse por sus ventanas”, dijo en una entrevista la autora canadiense. En los cuentos de
Eider Rodríguez también son importantes las casas. De hecho, el segundo, titulado Mares y ruinas, que cuenta la amistad destinada a quebrarse entre dos chicas adolescentes con perspectivas socioeconómicas distintas, surgió a partir de ese chispazo: varias personas que viven en el mismo recinto, un camping de un pueblo costero, miran el mismo mar desde la misma ventana, pero lo que ven es muy distinto. No es el único camping que aparece en estos relatos, en los que también hay bungalows y una casita de la piscina en la que vive el empleado de encargado de cuidar la casa principal: viviendas efímeras y no del todo sólidas en las que suceden cosas que no pasarían en una casa con vigas y ladrillos. “Me interesaba retratar a gente que vive de diferentes maneras, sin hablar directamente del problema habitacional que padecemos. Eso es el subtexto. No todo el mundo vive en una casa de hormigón, limpia y ordenada, con ascensor. Me interesa ver qué pasa cuando vivimos en casas que no son las de las revistas ni las de una película indie, con un poster de Fritz Lang en el cabezal. Creo que en esos lugares se dan otros diálogos”.En uno de los relatos, titulado El agujero, una pareja habita un apartamento que es el último reducto de lo que fue el gran caserío familiar, que se ha ido vendiendo a trozos, el espacio en el que antes se guardaban las vacas. En otro, que transcurre en un camping en Laos llamado Wild Summer, dos familias vascas conviven durante unas semanas con tailandeses, franceses y birmanos formando una sociedad transitoria pero funcional. Las dos parejas vascas, viejas conocidas, se observan. Inevitablemente, una parece una versión mejorada de la otra, que ha entrado en esa fase en la que una relación “se alimentaba de recuerdos, se sostenía por lealtad y avanzaba con la energía de los maltratos leves”.La pareja de larga duración es uno de los terrenos en los que brilla la autora, que ya diseccionó matrimonios en varios de los relatos que la dieron a conocer en lengua castellana, los que recogió en el volumen Un corazón demasiado grande (Random House /
Periscopi). “Hemos deconstruido la pareja. ¿Y ahora qué podemos ser?, ¿qué nos dejan ser? Tenemos todas las piecitas del mecano y hemos de volver a montarlo”, afirma.A Ixabel, la protagonista del primer cuento, la conocimos ya en un relato anterior de Rodríguez, el titulado precisamente Un corazón demasiado grande, y nos la encontramos siete años más tarde, en otro punto de su vida. En una entrevista de trabajo, Ixabel se define así: “Soy una mujer de mediana edad, inteligencia media y vida media (…) creo que mantenerse en la media es lo más adecuado para adaptarse a esta mundo, esa es mi fortaleza”. Abundan en los relatos de Rodríguez esas mujeres que se ven a sí mismas como una medianía, que se palpan y no se reconocen. “Es que me fascinan –reconoce la autora– Si se pudiese, a mí me encantaría parar a la gente por la calle y preguntarles por sus vidas, cómo lo hacen para seguir adelante porque me parece fascinante. Una vida media, de una mujer de edad media, sometida a todas las presiones a las que estamos sometidas…tenemos que ser buena gente, buenas profesionales, buenas madre o buenas no madres, todas las decisiones son trascendentes. Y aún así, nos levantamos por la mañana pero nadie nos da un premio a final de mes. Yo luego hablo con muchas de estas mujeres, que son mis amigas, y son tan divertidas, tan inteligentes, tan ingeniosas, ¿cómo no las voy a tener en mis relatos?”.Algunas de esas mujeres se sienten “demasiado cuerpo”, como si al llegar a un punto de sus vidas, sus cuerpos las hubieran traicionado o se hubieran emancipado con intenciones extrañas. También eso viene de un lugar específico. “Es que no somos más que el cuerpo”, defiende Rodríguez. “Hay ciertos libros, como El amante, de Marguerite duras, que leí de muy joven y no entendí nada pero a la vez lo entendí todo porque no lo leí con el cerebro, me llegó a la carne. Entonces tomé conciencia de que hay cierta prosa que se puede escribir no solamente con el cerebro sino con todo el cuerpo”.¿Y la novela del cajón? Arranca cuando una profesora universitaria, como la propia autora, atropella sin querer a uno de sus alumnos. Los dos provienen de “extractos político-identitarios” muy distintos en un Euskadi post-ETA. “Creo que la convivencia es bastante sólida. Me interesa ver qué ha hecho la gente con su dolor, con su rabia, dónde lo han colocado y cómo gente de tan distinta sensibilidad puede ahora estar en el mismo bar, en el mismo gimnasio, y charlar con normalidad. Es algo misterioso”.