No es para reír. Y menos para reírse de las más indefensas víctimas de nuestro sistema fallido a nivel educativo y de valores: los jóvenes. Porque estos días ha viralizado mucho el ridículo manifiesto que hacían chicos respondiendo a preguntas sobre quién es el presidente de la Generalitat, a quien, en el mejor de los casos, cuando les daban la pista “Salvador” respondían “Dalí”, o que interrogados sobre la cordillera que separa a
Catalunya de
Francia, algunos preguntaban sin rubor qué era una cordillera y otros decían que la respuesta era
Montjuïc. El panorama dibuja un problema de futuro que sobre todo lo es para toda esta generación, pero no obviemos que el problema de presente y el que nos ha traído aquí es el perpetrado por la generación de sus padres, en las aulas y en los hogares.Hace tiempo que deberíamos habernos puesto a trabajar para hacer sexy la inteligencia y la cultura, no todo lo contrario, erigiendo como ídolos a princesas del pueblo made in Spain o a mujeres, hombres y viceversa que solo hacen que chillar y ensuciar las pantallas. Pero, reitero, esto no ha sido, en origen, cosa de los jóvenes que ahora contemplamos entre la sorpresa, la risa nerviosa y el escalofrío cómo no tienen unos mínimos de conocimientos de los que no son solo memorística, sino sobre todo contexto, gimnasia mental y almohada ciudadana. Porque es evidente que las nuevas generaciones no necesitarán los mismos conocimientos ni aptitudes que las antiguas. Necesitarán, sobre todo, otras que van incorporando. Pero el drama no es pasar de la memorística a la práctica. El problema es pasar de la memorística a casi la nada. Y a este lamentable escenario nos han llevado sistemas educativos mutados desde sesgos más partidistas que ideológicos y mucho más ideológicos que pedagógicos.Imagen del Saló de l'Ensenyament, que tuvo lugar la semana pasada en
Barcelona.Saló de l'EnsenyamentMuchos jóvenes votan o tienen previsto votar franquista, y no lo sabenY el problema es generacionalmente grave, pero que nadie se equivoque, es sobre todo democráticamente letal para todos. Si hay jóvenes que no saben quién es el presidente de la Generalitat, es evidente que muchos ya no saben ni quién era
Franco. Viven en burbujas al margen de este universo, pero votan o acabarán haciéndolo en las urnas de este planeta. Por eso, muchos jóvenes votan o tienen previsto votar franquista, y no lo saben. Porque no conocer un nombre de la historia como el de
Franco no se soluciona con una búsqueda en Google o una pregunta en ChatGPT. No tener unas mínimas nociones de conocimiento histórico nos abre (a jóvenes y mayores) a ignorar políticas y circunstancias que nos han condicionado la vida en el pasado y que ahora, con otros actores defendiéndolas como de nuevo, formuladas de forma atractiva a través del algoritmo y proyectándolas ante el lienzo en blanco que es la memoria de muchos, pueden volver a cuajar, haciendo bueno lo que defendía Mark Twain a propósito de que la historia no se repite, pero rima. Historia rima con histeria, y con ella dominando nuestras vidas, pantallas, política y nuestro sistema educativo, no hay quien se concentre en lo esencial.