A la joven periodista que era
Noelia Ramírez nunca se le ocurrió cuando empezaba a publicar que su apellido, Ramírez, podría devaluar su firma y restarle vuelo a sus artículos. Lo sospechó cuando vio cómo cientos de colegas intentaban elevar el suyo. Solían hacerlo colocando un guion entre el primero y el segundo para crear un burgués apellido compuesto, o invirtiendo el orden si el legado de la familia materna parecía más digno. Podían ocultar el apellido más corriente con una inicial y un punto, o sacarse un “de” de debajo de la manga para simular un origen aristocrático.Todo esto lo descubrió Noelia después de firmar muchas crónicas a setenta euros la pieza a cara descubierta, con su Ramírez limpio y sin maquillar. Lo cuenta en su ensayo Nadie me esperaba aquí. Apuntes sobre el desclasamiento (Nuevos Cuadernos de Anagrama, 2025), donde explora todas las veces que la han hecho sentir una intrusa o que ella misma ha ejercitado el arte del “haz como si”, haz como si lo hubieras leído, haz como si lo conocieras, has como si siempre lo hubieras vestido…Noelia que nació en 1982 en el
Hospital Vall de Hebron y hoy es periodista de la sección de Cultura de
EL PAÍS y coautora del podcast Amiga date cuenta, se sonrojó el día que su padre fue a recogerla al colegio antes de hora, sexto de EGB, y pidió permiso para llevarla al “dientista” ante la carcajada de la clase, compuesta en su mayoría por hijos de emigrantes extremeños y manchegos. “Hoy me avergüenzo de aquella vergüenza”, dice. “Si te has graduado con nota en el arte de aparentar, te conviertes en la mejor caladora personal”, escribe Noelia en su ensayo donde se define como “la eterna forastera” siempre en peligro de ser expulsada.¿Has conseguido ser una buena detectora de los rituales del desclasamiento?Hablo de mí misma en el ensayo pero de tanto observar me he convertido en una buena caladora de lo que la gente hace. También he descubierto que poca gente siente que pertenece al sitio donde está, incluso gente privilegiada se siente intrusa en sitios que son todavía más privilegiados que los suyos. Lo que he descubierto es que todos somos personajes contextuales dependiendo del lugar y del modo en que estemos podemos disimular un acento o vestirnos de una manera.La joven es periodista de la sección de Cultura de '
EL PAÍS' y coautora del podcast 'Amiga date cuenta'Cecilia Díaz BetzHay gente que hace sentir también que el otro no pertenece…Claro. Hay formas sutiles, dañinas y muy eficaces de hacerte sentir que no perteneces al club, es como si te señalaran con un puntero láser. Cuando me ha pasado la impotencia de sentirme señalada me ha hecho escribir columnas y pensar: ahora te vas a enterar.Dices que como has conseguido derribar algunas barreras en el mundo de la cultura hay quien intenta usarte como ejemplo de que es posible llegar a pesar de todo…Pero es que yo sigo sintiendo esa extrañeza aunque tenga un contrato en
EL PAÍS, y creo que está bien. Según vas entrando en ese mundo te das cuenta de que hay castas, familias de periodistas y, aunque formes parte, no perteneces. Además, sabes que has llegado por muchas carambolas, por estar en el lugar y en el momento adecuado o por cruzarte con gente valiente que confió en ti, porque igual que hay un sistema muy viciado de contactos, familias y networking hay gente honesta que percibe el buen hacer y abre la puerta.Hablemos de un gran verbo que hoy está en todas partes, performarAhora todo es performativo. Es curioso como las épocas se quedan enganchadas a ciertas palabras: “disruptivo”, “artefacto cultural”. Hay una distancia entre lo que se hace para las redes sociales y lo que se hace para la vida, y en el yo que se muestra en las redes la performance está normalizada, y esconde las grandes mentiras del sistema. Los emprendedores que presentan sus marcas en Instagram o en las revistas ocultan el origen de su dinero, en cuanto investigas un poco muchos son hijos de y no lo cuentan e intentan encajar en el discurso de la meritocracia y eso genera mucha frustración.¿La meritocracia es un mito?Sí, el ascensor social está totalmente averiado. Todos los estudios dicen que la riqueza milenial vendrá de la propiedad y de las herencias familiares. Se ha normalizado ganar dinero de forma parasitaria, el vivir de las rentas de toda la vida. Con la meritocracia ha ocurrido cierto efecto rebote que se manifiesta con el antiacademiscimo y la devaluación del esfuerzo, y no, si yo tengo teorías en mi cabeza es gracias a la academiaPortada del libro 'Nadie me esperaba aquí. Apuntes sobre el desclasamiento' Nuevos Cuadernos AnagramaCuenta que nunca se había percibido como charnega hasta que alguien se lo dijo, a usted que habla catalán y nació en el Hospital Vall d Hebron nunca se le había pasado por la cabeza.Lo descubrí tarde, porque en la comunidad cerrada del colegio nadie te lo iba a decir, pero en cuanto sales de tu entorno se evidencia tu otredad. Mis padres llegaron a Catalunya desde Ciudad Real, yo nací en Barcelona y en casa hablábamos catalán, yo me sorprendí porque pensaba que charnegos eran mis padres, no yo. El debate de las migraciones internas en España no está superado, escuece y en las redes suele durar semanas, imagínate lo que pasa con las migraciones de otros sitios. Se están replicando viejos racismos con los magrebíes y los latinoamericanos. Aquellos considerados charnegos se escandalizan porque los magrebíes se meten siete en un piso pero ellos hicieron lo mismo cuando llegaron a Catalunya. Han comprado el marco de la derecha.¿Por qué ha escrito este libro?Iba a ser un reportaje con muchas voces que contara como la periferia cultural se había convertido en la regla, cómo el margen se ha hecho con el centro del discurso artístico con historias como la de Rosalía oKiko Amat, pero al final me pidieron que recuperara la primera persona, la hija de un obrero y una limpiadora que llega a ser periodista cultural de
EL PAÍS. En Pipas (Pepitas de Calabaza), la novela de Esther L. Calderon un personaje, también periodista hija de obreros, recuerda que España necesita un relato de sus expobres. De paso pensé que un libro me serviría para conseguir legitimidad y que me subieran el sueldo. No pasó. Luego se enfermó mi madre y tardé mucho en acabarlo, de paso descubrí que cómo llegas a este mundo y cómo te vas son sucesos que también están atravesados por la clase social.¿Hay una especie de disonancia cognitiva entre nuestra realidad y cómo nos percibimos?Las redes han pervertido la idea del éxito. Para mí ahora el éxito consiste en que no tengo que escribir los fines de semana, pero sigo jugando a la lotería y tengo pensamiento mágico. Cuando te vas del pueblo como yo, pero tu familia y tus amigos se quedan allí puedes caer en la tentación de sentirte superior, pero en realidad ellos te ven como una inútil. No tengo piso ni coche que son sus marcadores de éxito y soy una loser. Y aunque me gusta mi trabajo y la propiedad no está entre mis códigos de riqueza ese runrún sigue en mi cabeza: piso y coche y yo vivo de alquiler. La disonancia la tengo yo más que ellos.España ha vivido varias décadas en la ilusión de la clase media, ¿se ha acabado?Bueno, la capacidad de riqueza de nuestra generación no llegará a través de los logros el esfuerzo sino de la herencia de la abuela. No tenemos estabilidad, estamos en riesgo constante. Antes la gente que vivía en el Eixample no temía ser expulsada, ahora después de los desalojos de Casa Orsola tras comprar la finca un fondo inversor, sí, y eso ha hecho que todo se tambalee. Ya no hay ningún sitio del que no podamos ser expulsados. La mayoría de la gente vive bajo sospecha, con la sensación de no llegar. Hay una gran desconfianza hacia lo público, yo misma me puse a buscar una cama articulada en Wallapop para mi madre antes de pensar en solicitarla a la Seguridad Social (fue como la conseguí), pero es terrorífico que el primer impulso sea buscarte la vida por tu cuenta, el sálvese quien pueda.