* El autor forma parte de la comunidad de lectores de La Vanguardia Era una de esas mañanas gélidas y desapacibles de la meseta castellana con una neblina húmeda que se te metía en los huesos y hacía que los contornos se desdibujaran; los edificios borrosos, los rostros de las gentes presurosas y preocupadas, las hojas caídas que resbalaban sobre el pavimento y los coches que rugían levantando charcos. Yo me dirigía hacia la cercana oficina de la
Seguridad Social con la intención de acreditarme para el famoso certificado digital —también llamado certificado electrónico— con el que operar virtualmente con la
Administración española y, de paso, posibilitar que tengan acceso a todos los datos de mi ordenador con un software residente. No tengo nada que ocultar, o eso creo al menos, aunque nunca se sabe. No se puede dar un paso en los complejos entresijos de la burocracia estatal sin acceder mediante esta identificación digital, ausente en otros países. Para empezar el INSS, o Instituto Nacional de la
Seguridad Social, ostenta todavía el epíteto Nacional, indicando claramente sus orígenes
Franquistas, pues lo creó el dictador con la intención de proporcionar una asistencia básica a la clase trabajadora. Qué raro que no hayan obviado el nombre o cambiado sutilmente el significado de las siglas, pues de eso se trata, de maquillar la imagen y sustituir las formas para que el fondo siga siendo el mismo. “Tipical Spanish”, diría un extranjero ahíto de Leyenda Negra, la misma que los españoles nos encargamos de difundir complacientemente. Y en esa oficina me encontraba ahora esperando pacientemente, sentado cómodamente —eso sí— pues no estaba abarrotado como era corriente en tiempos de la transición. Reflexioné que eso se pudiera deber a que cada vez somos menos los necesitados y que todas las ayudas y subvenciones están siendo repartidas hace tiempo, de forma que no hay que apresurarse en busca de Mínimo Vital, por ejemplo. No obstante, a lo que yo me refería en algún otro escrito era la traducción directa del alemán Bürgergeld, que significa ni más ni menos dinero del ciudadano. Más adelante me referí a esta subvención como renta básica incondicional, que no universal, pero nadie hizo caso. Porque los términos importan, y mucho, las palabras son dardos con los que se llega a la gente, y suelen traicionar también la psicología de un pueblo. Lee también El trabajo y la renta básica desde
Berlín No es el ciudadano el que tiene derecho a un dinero del Estado de por vida, sino determinados individuos que reúnan condiciones específicas y que, cuando esas condiciones cesen, dejen de percibir la prestación. Sobre todo es importante dejar fuera a “los ricos” mediante una intrincada, pero eficaz, burocracia. Por eso se llamó Mínimo Vital, aunque en su día se habló populistamente de convertirlo en “universal” para extenderlo a todos los pueblos de la tierra en un mesiánico intento digno de las más encendidas proclamas de un Zapatero. Vital porque lo que sentimos amenazada en
España es la existencia, que no puede darse exclusivamente a través del trabajo según nos recuerda una larga experiencia de lucha por la supervivencia que hunde las raíces en el inconsciente colectivo. Hay, al contrario que en otros países desarrollados, mucho miedo de que falte el pan y muy pocas ganas de salir a la calle para conseguirlo. Hay, al contrario que en otros países desarrollados, mucho miedo de que falte el pan y muy pocas ganas de salir a la calle para conseguirloCuando me acercaba a la amable muchacha que atendía cordialmente a los recién llegados, se me adelantó apresuradamente un tipo de boina calada y mirada ansiosa, en busca de la preciosa información que le ayudara a subsistir a costa del Estado, aunque luego haga alguna que otra chapucilla al negro. Vista por fuera de un autobús informativo del Ingreso Mínimo Vital, en lMadrid. Marta Fernández Jara - Europa Press Con humildad ejemplar se dirigió a la excepcionalmente amistosa funcionaria, pues la sumisión con las que antes se acercaba el campesino al terrateniente o el obrero a su patrón en nuestro dilatado pasado de feudalismo y opresión —impreso en los genes del pueblo— es la misma sumisión, el mismo miedo, la calculada humillación con la que uno se acerca a la Administración del Estado. Seguimos sin ser libres, pensé, y ese señor que se lleva los papeles a casa, y a quién seguramente concedan el Mínimo Vital si aporta la montaña de documentos necesarios, se convertirá en esclavo de esa subvención sabiendo que se lo debe todo al Estado lo mismo que el cliente le debía todo al patricio en tiempos de los romanos. Solo que el ente estatal es, o se supone que es, anónimo; pero alguien se ha dado cuenta de que es una anonimidad teñida de partidismo en el sistema electoral. El ente estatal es, o se supone que es, anónimo; pero alguien se ha dado cuenta de que es una anonimidad teñida de partidismo en el sistema electoralLa coacción no es solo indirecta, como bien experimentó un conocido al que una vez que se atrevieron a decir “no difundas esto porque te pueden quitar las ayudas”, dando por supuesto que vivía ayudado por alguno de los estados, como todo el mundo, porque, si no, ¿cómo se puede vivir? La amenaza, si amenaza se puede considerar, era que vertía peligrosas opiniones en los medios públicos, significándose de esa manera frente a determinados intereses de poder. El castigo ya no es, como antaño, la coacción física o legal, sino, mucho más fácilmente, económica. Ese Sancho Panza que llevamos dentro todos los españoles se fue satisfecho con sus papeles en el bolsillo, mientras yo, en un alarde de espontaneidad, me dirigí a la —excepcionalmente— amable empleada de cara al público: ¿Mínimo Vital? Sí, me contestó con una mirada fugaz. ¿En cuánto está ahora? Depende de las circunstancias, pero a continuación añadió: 650 euros. Vaya, dije yo, he cotizado 16 años y tengo la jubilación mínima que son exactamente 602,10 euros. No puede ser, me dijo. Bueno, voy a pedir los complementos a mínimos, repliqué. Eso es otra cosa, aunque necesita cumplir ciertos requisitos... Eso del Mínimo Vital es un engaño, añadió ella muy convencida, cuando llegas a la edad de jubilación no les dan nada. ¿No les dan nada?, apunté yo. Usted se referirá a que el Mínimo Vital no cotiza para una pensión —ya sería el colmo—, y que cuando llegan a esa edad en la que el trabajador empieza a cobrar del Estado en premio a una vida de sacrificios dedicada a ganar el pan con el sudor de su frente, los que no han cotizado el mínimo de años para recibir una pensión contributiva —en
España 15— seguirán recibiendo el Mínimo Vital, que no es ni más ni menos que una pensión no contributiva. Ante ese razonamiento la amable muchacha no supo que decir y optó por callarse. Evidentemente aquí hay lo que se podría llamar un agravio comparativo, pero no es el único en este país donde los “agravios” están a la orden día y la ley no parece ser igual para todos en el mundo laboral, especialmente en lo tocante al ámbito remunerativo. Por eso la gente sigue sin ser libre en el sentido real de la palabra, y tienen mucho miedo. En este país donde los “agravios” están a la orden día y la ley no parece ser igual para todos en el mundo laboralPero volvamos al certificado digital, cuya acreditación identitaria me costó toda la mañana. Solo había una funcionaria atendiendo al público con notable parsimonia, del mismo modo que si uno llega a un supermercado en horas de poco público solo dejan una caja cobrando a pesar de los numerosos puestos habilitados al respecto. Eso se llama racionalizar el trabajo, porque lo importante no es que el cliente realice sus gestiones —sus compras— con mayor rapidez y eficacia, sino que el personal esté cómodo y aproveche para tomarse un café u otros menesteres. Además, por eso se creó la Sede Electrónica de la Administración del Estado, con la intención de que se dé progresivamente cada vez menos atención personalizada y el contribuyente, por decirlo así, “se atienda a sí mismo”. Lo que pasa es que no se puede despedir al personal sobrante como en un supermercado, porque es casi imposible que un funcionario pueda perder su puesto, con lo que se opta por ocultarlos, según me pareció a mí. Por lo menos hay una maquinita que te da un número, pensé, pero como estaba algo impaciente me empecé a pasear arriba y abajo como una fiera enjaulada, hasta el punto que otra funcionaria que venía a hacer algunas fotocopias me llamó la atención: caballero, espere por favor detrás de la señal. Cuando finalmente salió mi número en el panel, la funcionaria que debía hacerme la sencillísima gestión de acreditación identitaria ya me había tomado ojeriza por mi actitud y se dispuso a castigarme adecuadamente; sabiendo como sabía que si me indisponía con ella o con el sistema sufriría las consecuencias. A pesar de eso me arriesgué a ser irónico, y hasta me permití hacerle alguna corrección. Sí, la Administración también puede equivocarse, pero doy gracias a dios que no le debo nada al papá Estado. Espero que la Inteligencia Artificial —mejor conocida por IA o AI, con esa manía que tenemos de ponerlo todo en siglas, como INSS— pueda hacer algo parecido a este escrito, porque como nos han dicho que la IA acabará con la creatividad, volverá obsoletos a los artistas, prescindirá de traductores y escritores, y hasta nos hará inmortales... yo tengo miedo, mucho miedo, pero no de morir porque por mucho que digan a cada quisqui le llega su hora, sino miedo de convertirme en obsoleto, de no encontrarle sentido a la breve vida precisamente por tantas facilidades, ayudas y algoritmos. ■ ¿CÓMO PUEDO PARTICIPAR EN LA COMUNIDAD DE LA VANGUARDIA? ¡Participa! ¿Quieres compartir tu mirada?Los interesados en participar en La Mirada del Lector pueden enviar sus escritos (con o sin material gráfico) al correo de la sección de Participación (participacion@lavanguardia.es) adjuntando sus datos.