En la plaza Barberini, gran teatro del barroco romano, la fiesta se alargó hasta tarde. Los líderes progresistas celebraron la victoria en el referéndum constitucional con una foto y una certeza: los catorce millones de papeletas con noes de la consulta no serán automáticamente votos en unas elecciones generales para una coalición que suma más o menos doce. “Ahora hay que conservarlos”, fue el desafío compartido.Algo ha cambiado.La gran estabilidad política que Italia ha vivido en los últimos tres años está en riesgo. La derrota en el referéndum no llevará a
Giorgia Meloni a dimitir: “se sigue adelante”, repiten en Hermanos de Italia. Y, sin embargo, alrededor de los palacios de la política se respira ese aire de los días en que vuelven a pasar cosas.Una dimisión ya se ha producido: la de
Andrea Delmastro, viceministro de Justicia y hombre cercano a Meloni, implicado en una sociedad en un restaurante de Roma junto a la hija de un testaferro de la mafia.Caos en el gobiernoEl primero en caer tras el referéndum ha sido el viceministro Delmastro, por sus vínculos con el entorno de un testaferro de la mafiaAndrea Orlando, histórico dirigente del Partido Democrático y exministro de Justicia y de Trabajo, amplía el foco al contexto internacional: “Durante mucho tiempo Meloni ha representado la necesidad de estabilidad, pero su fidelidad a
Trump en este momento envía el mensaje contrario: inestabilidad. Esta guerra da miedo a los italianos”.La variada constelación del centroizquierda ve en la victoria del No una oportunidad que hace pocos meses parecía imposible y empieza a organizarse.La (posible) coalición incluye al Partido Demócrata (22%, según los últimos sondeos), desplazado a la izquierda por la secretaria general
Elly Schlein; el Movimiento 5 Estrellas (12%), hoy liderado por
Giuseppe Conte tras abandonar el populismo antisistema de los primeros años; y la Alianza Verdes e Izquierda (6,5%). También quiere sumarse
Matteo Renzi, hoy al frente de Italia Viva (2%), mientras que
Carlo Calenda (Azione) se mantiene fuera de los bloques.Tras años de luchas internas, todos parecen ahora conscientes de que deben remar en la misma dirección, como demuestran las candidaturas unitarias presentadas en todas las elecciones regionales, aunque las diferencias, especialmente en política exterior, siguen siendo profundas: el PD mantiene una línea pro-ucraniana (con algunos matices internos), mientras que el M5S critica el apoyo de Meloni a Kyiv.El contexto internacionalEl exministro Orlando: “Meloni ha dejado de representar estabilidad; su alineamiento con
Trump genera inquietud”El primer problema es cómo elegir al líder. La ley electoral, que la derecha debería modificar pronto, podría incluir de alguna forma la indicación del candidato a primer ministro. El lunes, sin siquiera esperar al final del escrutinio, Conte propuso organizar primarias de coalición, insinuando su propia candidatura. Le siguieron Renzi y Nicola Fratoianni (líder de Verdes e Izquierda), cogiendo en parte a contrapié a
Elly Schlein, que se mostró disponible pero que habría preferido aplazar ese debate. No se trata de una decisión sencilla. Aunque el Partido Demócrata tiene casi el doble de apoyo estimado que el Movimiento 5 Estrellas, Conte es, según las encuestas, el único que parece capaz de superar a Meloni en valoración. “Abriremos espacios de democracia y veremos cuánta gente participa”, aseguró.Otros, en cambio, plantean buscar una figura fuera de los partidos. En ese contexto, el nombre que más se repite es el de Silvia Salis, alcaldesa de Génova, independiente de izquierdas, exatleta olímpica de lanzamiento de martillo y dirigente del Comité Olímpico Italiano (CONI). Salis, sin embargo, reiteró también este martes su rechazo a la idea de unas primarias.“La parte positiva es que todos dan ya por descontada la coalición —prosigue Orlando, uno de los que más ha insistido dentro del PD en la alianza con los ex grillinos—, pero ahora es el momento de fijar un programa común, partiendo de los valores europeos que compartimos”. La mirada se dirige también a España: “Pedro Sánchez ha entendido que con
Trump solo se negocia desde una posición autónoma y no pasiva —concluye Orlando—. El Gobierno español ha hecho aflorar la contradicción entre nacionalismo y subordinación: no se puede decir ‘Viva España’ y ‘Viva
Trump’”.