Marcos Orengo habla de
Feliciano como quien recuerda una etapa vital que aún late cerca. No es solo un personaje: es, dice, “el más importante” que ha hecho hasta ahora, tanto a nivel personal como interpretativo. Su despedida de
La Promesa fue tan impactante para el público como íntima para el equipo. Durante ocho meses, el actor reconoce en conversación con
La Vanguardia haber encontrado el tiempo, además del espacio para crecer, equivocarse, aprender y, sobre todo, integrarse. “En una diaria entras como en un tren que va a toda velocidad”, explica, recordando su breve paso por
Servir y proteger. Allí aprendió mucho, pero casi sin darse cuenta. Aquí fue distinto: pudo asentarse, verse en emisión, corregir, entender los ritmos y, finalmente, “cogerle el tranquillo” a un oficio que exige vértigo.La muerte de
Feliciano, sin embargo, lo cambió todo. O, al menos, lo detuvo por un instante. “Fue tristísima, pero a la vez muy bonita”, resume. Durante aquella semana de rodaje, marcada por la agonía del personaje, el ambiente se transformó. Habla de una “bruma”, de un silencio compartido, de una calma inusual en un set acostumbrado a la simultaneidad de tramas y escenas. Esta vez, todos estaban en lo mismo. “Todo el mundo sabía que
Feliciano se estaba muriendo”, recuerda. Y, sin embargo, no se vivió desde la tristeza pura, sino desde una especie de recogimiento colectivo. La escena de la operación —seis horas de rodaje, varios cambios de campo, un trabajo técnico exigente— y, sobre todo, la última secuencia, quedaron grabadas como una experiencia casi suspendida en el tiempo. Él, inmóvil en la cama; su compañero,
Mario García, entregado a su parlamento; el equipo, en silencio. “Había algo muy bonito en ese momento, todo el mundo estaba tan involucrado…”, dice. Por eso, aunque muchos espectadores le hayan escrito deseando otro final —una boda, una vida feliz—, Orengo lo tiene claro: no habría sido lo mismo. “No lo recordarían así”.El actor
Marcos Orengo en '
La Promesa'ProductoraY es precisamente ahí donde sitúa la conexión con el público.
Feliciano, cree, encarnaba algo muy reconocible: la injusticia. La trama enfrentaba dos destinos —el del rico que se salva y el del pobre que muere— y, como suele ocurrir, la audiencia se volcó con quien tenía menos. “Siempre nos ponemos del lado del que sufre”, apunta. Pero también había algo más: su luz. El personaje llegaba inseguro, sin conocer a nadie, obligado a ganarse su lugar en un entorno hostil. Era, en sus palabras, “un buenazo”. Ese camino —el de alguien que intenta hacer las cosas bien, que busca encajar— es el que terminó por consolidar el vínculo emocional. Incluso sus sombras, como ese empujón al padre que precipita una caída, quedan diluidas frente a una muerte marcada por la desigualdad. “Ahí es donde la gente conecta”, insiste.De
Feliciano se lleva, sobre todo, una manera de estar. “El buen hacer”, dice. Y una identificación que va más allá de lo interpretativo. Porque, de algún modo, actor y personaje recorrieron trayectorias paralelas: ambos llegaron a un lugar nuevo, desconocido, con la intención de integrarse, de no molestar, de aportar. “Vivimos la misma aventura”, resume. También en lo humano: el equipo se convirtió en familia, hasta el punto de que su actual pareja forma parte de esa etapa. La recuerda, incluso, llorando detrás de cámara en aquellos días de despedida.Vocación desde niñoSu relación con la interpretación, sin embargo, viene de mucho antes. Empezó siendo un niño, en Luna negra, cuando apenas tenía siete años. De aquella experiencia conserva sensaciones más que aprendizajes: la emoción de salir del colegio para ir a rodar, el juego, la novedad. Las bases, en realidad, llegaron después, con su formación junto a Blanca Oteiza. “El amor y el cuidado hacia la profesión”, subraya, como pilares de todo lo que vino después. Y, especialmente, el teatro. Durante cuatro años, con la obra Tiza en los Teatros Luchana, no solo actuó, sino que también asumió tareas de producción. Funciones diarias, salas llenas, montajes y desmontajes en cuestión de minutos. “Fue un aprendizaje brutal”, recuerda. Allí entendió la profesión desde dentro, en contacto directo con el público. “Para mí, interpretativamente, es lo máximo”.Quizá por eso, cuando piensa en el futuro, no habla tanto de grandes producciones audiovisuales como de volver a ese origen. Le gustaría producir teatro, especialmente comedia. Pero no cualquier comedia: busca historias que, además de hacer reír, inviten a pensar. “Que salgas y sigas dándole vueltas”, explica. Esa idea —la reflexión a través del humor— conecta con lo que ya experimentó en Tiza, donde el entretenimiento convivía con una mirada crítica sobre la educación. Aunque no descarta otros géneros —el thriller, la ciencia ficción—, reconoce que dirigir o producir cine le impone respeto. “Hay que tener un control absoluto y mucha seguridad”, reflexiona, consciente de los límites y de ese “síndrome del impostor” que, admite, a veces aparece.Fuera del set, su vida transcurre en otro ritmo. Se define como “muy casero”, más cercano a una cerveza tranquila que a una noche larga. El deporte es una constante —gimnasio, pádel, rutas en bicicleta de hasta 60 kilómetros— y también lo es el intento de recuperar hábitos perdidos, como la lectura. “De pequeño me encantaba”, recuerda, evocando aquellos libros de Jerónimo Stilton que devoraba antes de dormir. Ahora intenta volver a ese gesto sencillo, alejándose un poco del móvil. También hay espacio para la inquietud emprendedora: colabora con su hermano en una newsletter de CrossFit y explora nuevas herramientas, apoyándose incluso en la inteligencia artificial para ampliar conocimientos.En ese equilibrio entre lo aprendido y lo que está por venir se sitúa su nuevo proyecto, Valle Salvaje, donde interpreta a Martín. Un personaje que, en un primer momento, le pareció demasiado cercano a
Feliciano.“Pensé: ¿esto no es un
Feliciano 2.0?”, admite. Pero pronto entendió que no. Aunque comparten origen humilde y cierta bondad, Martín es distinto: más ingenuo, menos curtido, todavía en proceso de descubrirse. “Está aprendiendo”, insiste. Y ese aprendizaje implica errores, incluso traiciones, como la que comete al priorizar el amor sobre su propia familia. Decisiones que lo oscurecen, que lo rompen por dentro, pero que también lo empujan a evolucionar.Eso es, en el fondo, lo que le gustaría que el público viera: el viaje. “Que le den una oportunidad”, pide, consciente de las comparaciones inevitables. Pero insiste en que cada personaje tiene su propio recorrido. Martín no es un héroe ya construido, sino alguien que se equivoca, que duda, que cambia. Como la vida misma.