No más que un partido en
Sacramento, otro ante un rival superior, camino de quince derrotas seguidas y sumando. El veterano titular
Russell Westbrook no tuvo su noche, apenas cuarto y medio de juego, cinco puntos y otra derrota sellada. Fue a medianoche que al teléfono de su mujer saltó una notificación de correo desconocido. “El trozo de mierda de tu marido no puede ni anotar diez puntos. Solo espero que ambos muráis en un accidente de coche, ****”. Asustada, la chica decidió compartirlo en Instagram a modo de denuncia: “Aquí veis los efectos de las apuestas. Saca lo peor de la gente”. Y que no era un caso aislado, añadió, que era la rutina de su marido y ahora también la suya.
Nina Westbrook llevaba razón. Lejos de ser puntual, conductas así se han vuelto rutinarias para un número cada vez mayor de jugadores en la
NBA. Y solo algunos, en el shock del momento, se atreven a publicar. “Que te jodan, p*** negro, si te veo por la calle te voy a reventar”. Esta lindeza fue recibida por
Jaylen Brown. El jugador de los
Celtics había fallado a una cuota, o a miles, igual que
Kevin Durant al quedarse en 19 puntos. “Hay una razón por la que no apuesto por tu p*** madre”. La respuesta del jugador, uno de los más famosos del mundo (19.6 millones de seguidores), tampoco agradó al aficionado: “Retírate ya, p*** viejo”. En realidad no es necesario ser una estrella. Prácticamente nadie que salte a pista se ve libre de esta nueva epidemia que asola a todos por igual. Jugadores menores como
Jordan Nwora,
Chris Boucher,
Ochai Agbaji,
Cameron Payne o
Tyler Kolek lo han sufrido en sus propias carnes. “Es habitual que te deseen la muerte –recalcaba Kolek–, y te amenacen con que te van a encontrar”. Hace ahora dos años que el actual técnico de los Pistons, J.B. Bickerstaff, denunció ante los periodistas amenazas de muerte vía texto y voz a él y su familia. “Sé dónde vives, y mejor será que cambien las cosas”. Hasta entonces, el entrenador sobrellevaba el curioso cambio producido en su escenario de trabajo. “Muchas veces estoy allí de pie con una ventaja de diez, y hay gente gritándome que deje a los titulares en pista para cubrirles su diferencial. Es ridículo”. Pero cuando lograron acceder a su terminal para una amenaza directa, cambiaron los términos: “Esto ya es peligroso”. El equipo declinó tomar medidas legales poniendo el asunto en manos de la liga. Como en otros muchos casos, nada más se supo. De hecho, trasciende una porción mínima de casos, si es que el incidente alcanza a los tribunales y no en la dirección correcta. De esto supo Bradley Beal cuando al término de un partido un individuo se le puso agresivo sobre el túnel de vestuarios. “Me acabas de joder mil trescientos pavos”. La respuesta de Beal solo agravó la situación con el tipo y sus acompañantes, se produjo un pequeño altercado y el jugador terminó demandado por presunta agresión y una indemnización de cincuenta mil dólares. Si no les inhibe lo presencial, como han probado Jimmy Butler o DeJounte Murray en la vía pública, tampoco la condición de ningún jugador. Uno de los más fuertes e intimidantes, Isaiah Stewart, reconoce haber recibido “locuras que involucran a mi mujer y a mi hijo, cosas tipo: me debes dinero, arruinaste mi apuesta, me la vas a pagar”. En los jugadores volátiles, la producción irregular actúa como agravante –Kyle Kuzma reconoce haber dejado de leer lo que le llega–, y en los equipos perdedores, llega a repetirse una escena en los vestuarios cuando las conversaciones pasan a leer en grupo lo recibido. “Una colección de amenazas de muerte –confesaba Corey Kispert–, a veces reconocíamos los mismos nombres, todos anónimos, y al final siempre lo dejábamos pasar”. Encabezado de la demanda presentada contra Bradley Beal (Orange County, Florida). Desde que el verano de 2018 la
NBA fuese la primera gran liga de los Estados Unidos en permitir formalmente las apuestas deportivas (poco después de aprobarlas el Tribunal Supremo), las amenazas inmediatamente posteriores a los partidos han ido creciendo hasta experimentar un repunte salvaje en el último año y medio. Desgranar las apuestas en todo aspecto medible del juego ha traído como consecuencia un cambio drástico en la relación entre jugadores y aficionados. Josh Hart empezó a notarlo desde su llegada a los Knicks por el corte redondo de los diez rebotes. Sus redes se inundan cuando se queda al filo. “Te sueltan de todo, desde disfrutar una lesión a desearte la muerte, y la mayoría con insultos racistas”. Hart cometió una vez el error de intentar reparar una pérdida con una pequeña donación (a través de la plataforma Venmo) a un aficionado cuya apuesta había fallado, y acto seguido su buzón estalló de peticiones. En este ecosistema se mueven hoy día los jugadores en la
NBA, y solo unos pocos empiezan a denunciarlo. “Es como si ya no les importaran las victorias o las derrotas –lamentaba Draymond Green–, solo sus ****s cuotas”. En el mismo sentido se pronunciaba
Jaylen Brown: “Esa es la interacción más habitual con los fans. Todo gira ahora en torno a las apuestas. Se ha creado un ambiente hostil para casi todos nosotros”. Otros como Cole Anthony califican este ambiente como “repugnante” al sentir en sus propias carnes la virulencia de que a los apostadores “les vaya la vida en ello”. El acoso se traduce en rasgos comunes: presión directa en redes, peticiones de dinero, mensajes de odio, amenazas de muerte, ataques al entorno y familia del jugador, insultos raciales y el fenómeno más nuevo de todos: el hostigamiento directo en los pabellones por estadísticas concretas. Esta era la advertencia de Bickerstaff por algo que ya no tiene lugar a distancia. El deporte americano conoce desde siempre la existencia de los hecklers, su presencia molesta, la distracción que suponen y la necesidad de que un veterano advierta al joven de cosas que no le gustará oír. Esto es diferente. La prevalencia de las apuestas deportivas ha cambiado la dinámica en los estadios y afecta al desempeño y seguridad de los profesionales. Uno de esos veteranos, P.J. Tucker, fue de los primeros en acusar este nuevo trastorno sin recibir mayor eco. “Es una locura, un escándalo que hay que abordar de una vez”. Ahora el fenómeno se ha vuelto rutinario y mucho más agresivo. Espectadores con cercanía a pista, la apuesta abierta y el móvil en la mano, gritan directamente a los jugadores qué necesitan para ganar su combinada. “Hey, tengo diez rebotes tuyos esta noche”, ilustraba Trayce Jackson-Davis. Lo que empieza con una simple demanda en apariencia inofensiva, se agrava conforme avanza el partido y alcanza su punto álgido en los minutos finales. “¡Necesito un rebote más!” “¡Tira otro triple!” “¡Llega a 25 antes del final!” “Haz otra falta” “¡Dame dos puntos más!”. Esta es la nueva banda sonora, una demanda constante a la que ahora se añade un volumen inédito de aficionados que a la salida recriminan a los jugadores haberles fallado. Hasta la fecha, la
NBA se escuda en la doble reunión anual con los equipos para implementar su sistema de protección –Global Security Operations Center– y regulares circulares internas. En ellas se sugiere una implicación más directa de los equipos de seguridad de los pabellones, que a la postre se ciñen estrictamente al Código de Conducta, aún desprovisto de abusos relativos a las apuestas. De manera que es la propia seguridad de los equipos la encargada de alertar en cada caso. Mientras algunos equipos empiezan a aplicar técnicas de seguimiento online, otros con inversores y partners de casinos y casas de juego miran para otro lado. En términos estrictos, el único programa real de monitorización y vigilancia secreta por patrones anómalos (ORS) afecta hoy día al cuerpo arbitral. Una mayoría de jugadores prefiere el silencio por miedo al efecto rebote y evitar el ruido que los convierta en noticia por un motivo sórdido. “Los agentes suelen decirles que lo dejen pasar, que no hagan caso –explicaba un beat writer–, pero no es más que una forma de lavarse las manos. A fin de cuentas no son ellos el objeto de las amenazas”. Los recientes escándalos que implican a protagonistas (Jontay Porter, Terry Rozier, Malik Beasley, Terry Porter) han hecho creer a la masa apostante que ellos, los jugadores, tienen mucho que decir en los riesgos que asumen, inhibiendo al resto a denuncias que puedan situarlos en la diana. Una vertiente de la investigación por el caso Jontay Porter exponía la presión insoportable a la que fue sometido por los conspiradores y las amenazas contra su vida por las deudas contraídas con ellos. La veracidad de la extorsión no sirvió de atenuante y Porter fue expulsado de por vida al quedar probada su participación. Brown, crítico con las apuestas. (EFE/EPA/Chris Torres) Otra razón para no reportar amenazas y/o mensajes de odio es su inmenso caudal, como reconocían Jalen Brunson y Josh Hart. Brunson dice haber recibido amenazas dirigidas incluso a su hija de meses. “Ves usuarios sin avatar ni foto soltar lo peor que imagines, a veces pienso en publicarlo pero luego siempre reculo”. Esta es la actitud más común. “Son tantos que, aunque se lo propusieran, no sabrían por dónde empezar o a quién denunciar. De algún modo se les está forzando a convivir con ello”. A forzar su inmunidad como ruido de fondo. Otra forma de hacerlo público es a través de terceros, confesiones particulares a portavoces que puedan alertar del problema, como recientemente hizo el analista de TV Ryan Clark: “Es triste que estos cobardes sean protegidos mientras que los deportistas son la diana”. Y de igual forma Kendrick Perkins al denunciar la facilidad para filtrar información de los vestuarios y los incentivos financieros masivos que comprometen la integridad del juego. “Las apuestas están destruyendo la liga”. Mientras el exjugador reclama “penas extremadamente duras”, tiene participación en ESPN Bet, confiesa haber sufrido una adicción al juego, perdido sumas de hasta cien mil dólares en un solo día y solicitar un “auto-baneo” para poder detenerse. Ante los recientes escándalos y el tupido velo oficial a los procesos de investigación, la
NBA ordenó a sus nuevos socios impedir las apuestas abiertas sobre jugadores con contratos duales. Pero actúa de momento como los reguladores con el consumo de tabaco: advertencia de responsabilidad, teléfono de ayuda en cada promoción de pantalla y mucha letra pequeña. “Eso no es suficiente cuando has tenido que expulsar jugadores mientras promocionas el motivo –alertaba un jugador anónimo–. Es como decirnos que no consumamos cocaína mientras la tenemos a paladas en el vestuario”. Otro jugador apuntaba: “A santo de qué viene terminar un partido y encontrarte mensajes y más mensajes, algunos en tu correo directo, amenazándote a ti y a tu familia”. El común de las protestas coincide en el problema de “vender tu alma al peor estrato de aficionados, dejan de verte como personas, es como si se hubieran vuelto locos”. Mientras los jugadores tratan de hacer oídos sordos a las amenazas en redes, cuesta más hacerlo con las llamadas telefónicas al domicilio de familiares. “Te deja de importar el dinero cuando llaman a tu madre mientras estás jugando”. Durante el sondeo anónimo abierto por The Athletic la pasada primavera uno de los entrevistados propuso al periodista si quería verlo allí mismo, abrirle sus notificaciones en Twitter o Instagram. Con ello quería demostrar que el caudal no cesa en ningún momento del día, que mucho de lo que está ocurriendo no se ve y que “es normal que mucha gente piense que esto pueda estar amañado”. A espaldas de la actualidad, la
NBA ha abierto un canal privado en su oficina central para que jugadores y técnicos reporten casos de gravedad en tres áreas: amenazas probadas, identificación y posibles medidas legales. La debilidad de la medida se traduce en que una inmensa mayoría de jugadores “desconoce ese protocolo de actuación”. Y como nada impide la oleada, se les conmina como solución el paso a la cuenta privada o la eliminación de sus redes. “Pedir a los jugadores que hagan caso omiso o no chequeen sus cuentas –valoraba el periodista James L. Edwards– es completamente irreal en el mundo de hoy”. Desde hace años, el baloncesto es presa de las apuestas. (Getty/Ethan Miller) De manera que el único amparo los deriva al servicio de atención psicológica que actúa como cajón desastre, razón por la que algunos jugadores contratan su propio servicio profesional. Uno de ellos, la estrella de los Pacers, Tyrese Haliburton, lo hizo tras seis semanas de acoso en redes por una turba que lo acusaba de integrar una “lista negra” de jugadores que incumplían sistemáticamente las cuotas propuestas por las casas de juego. Esto fue antes de decidir unirse al problema a cambio de dinero. Haliburton pasó a engrosar la lista ascendente de jugadores de primer nivel con inversiones directas o indirectas en esa industria, una nueva fuente de ingresos de la que ya beben LeBron James, Nikola Jokic,
Kevin Durant, Joel Embiid, James Harden o Giannis Antetokounmpo. “Es como aceptar el acoso a cambio de algún beneficio”. En realidad, todo esto no es más que la superficie de un problema mayor y creciente que fue territorio prohibido durante décadas. En otoño la NCAA elaboraba su propio informe con una conclusión devastadora: más de un tercio del total de encuestados (cerca de siete mil deportistas de 163 centros universitarios) asegura haber recibido abusos verbales en redes relacionados con las apuestas, incluido un 29% de interacciones en la vida real con estudiantes que apostaban por ellos o su equipo. “Nos pasaba todo el tiempo, dentro o fuera de los partidos”, subraya Pierre Brooks II, exalumno de Butler. “Si la gente no cumple con su over o under, terminas recibiendo mensajes directos”. Otro universitario, Armando Bacot (UNC), no olvidará una noche de March Madness, partido ante Michigan State, por un centenar de mensajes de odio que incluían privados (maniobra que más desconcierta a universitarios y profesionales). En ese mismo torneo, el joven RJ Luis Jr., de St. John’s, se vio obligado a eliminar sus redes por el aluvión de amenazas sufrido durante horas. El motivo no fue la derrota, sino quedarse en 9 puntos. El técnico de Clemson, Brad Brownell, denunció entonces: “Esa gente se ha vuelto extremadamente agresiva y empezamos a recibir llamadas anónimas en nuestras oficinas”. Hasta el momento, todos los intentos del organismo oficial con los reguladores estatales han fracasado desde que en 2023 se hiciera una solicitud a legisladores y empresas de juego a eliminar de sus ofertas las apuestas en el deporte universitario para proteger a los estudiantes del acoso y la coerción. Las promesas de algunas casas de banear a los acosadores quedaron en nada, basándose en la falta de denuncias y control por nuevas identidades. La industria del juego en los Estados Unidos alcanzó en 2025 una cifra récord cercana a los 79 mil millones de dólares. En solo un año las apuestas deportivas registraron un repunte máximo en torno al 25% e ingresos cercanos a los 30 mil millones. De ellos, la
NBA captura una fracción directa a través de patrocinios oficiales (FanDuel, DrafKings o BetMGM) que obligan a intervenir a los narradores de los partidos por la evolución de las cuotas. Eso supone que de los 14.300 millones que la
NBA estima ingresar al término del actual ejercicio, cerca de dos mil provienen de los acuerdos con las operadoras, es decir, un incremento anual superior al 25% derivado de las apuestas. Según el actual convenio, la participación de los jugadores en empresas de apuestas debe ser inferior al uno por ciento. Si la compañía no ofrece mercados de la
NBA, el límite de inversión asciende hasta el 50%. Lo difuso de algunos límites abre vacíos legales como la participación de Giannis Antetokounmpo en Kalshi, compañía de predicciones que tuvo mercados activos especulando por el posible traspaso del jugador antes de la fecha límite. El fiscal general de Arizona acaba de presentar una demanda penal contra la empresa y se espera que otros estados se sumen a la iniciativa tras algunos fallos preliminares emitidos por los jueces. “Empieza a haber una voluntad de que estalle una especie de efecto dominó –apuntaba otra fuente–. Lo curioso es lo bien que ha venido a la
NBA el masivo debate por el tanking y las presuntas soluciones que alentaban seguir hablando de ello y no de un problema como este”. El indudable éxito de comunicación de una liga como la
NBA promueve el control sobre el relato público de lo que hay que hablar, y no son pocos los que apuntan en esta dirección. El último de ellos, Jay King, añadía la repentina celeridad por la expansión a 32 equipos como otra maniobra de distracción a problemas muy severos que afectan hoy a la competición. “Si al final terminan metiendo a Las Vegas imagina el nuevo foco de riesgo”. La gestación de una respuesta En el alto mando de los jugadores, gravita la idea de que los actuales focos mediáticos responden a una estrategia por ocultar un problema cada vez menos larvado y más peligroso. El jugador de los Rockets, Fred VanVleet, elegido el pasado verano presidente del sindicato de jugadores (NBPA), continúa recabando información de sus representados, en torno a 570 jugadores. VanVleet, de baja este año tras romperse el cruzado en septiembre, muestra especial interés en el estrato de jugadores más vulnerable (también el mayoritario), compuesto por aquellos que sufriendo las consecuencias de las apuestas quedan excluidos de la aristocracia proclive a invertir en ellas. VanVleet no está solo. En la tarea están implicados Andre Iguodala, presidente ejecutivo de la Asociación, su director jurídico David Kelly y treinta delegados –uno por cada equipo– que actúan como informadores con la cúpula directiva. El anteproyecto a presentar estudia dos vías de protección a los jugadores: una menor, limitar drásticamente determinadas líneas de prop bets, y otra mayor: la supresión total de las apuestas relativas al desempeño estadístico cuando no regresar al escenario anterior. A esta parece inclinado
Jaylen Brown, vicepresidente del sindicato, muy contrario a la postura no escrita de si ganas dinero por ello, tómalo como un gaje, es decir, aguántate. Mientras Brown va tomando consulta a sus homólogos, carga contra una realidad que a su juicio los instrumentaliza. “Cada vez que pones el problema sobre la mesa, se piensan que lo que queremos es más dinero”. Y aquí es donde se adivinan futuras fricciones en la Asociación y una división de opiniones por estatus: de un lado, las estrellas tentadas a firmar con estas compañías, de otro las víctimas, sepultadas bajo una inmensa maquinaria que las oculta, y entre ambas un sector indefinido que reclame un consuelo económico. “Claro que recibo odio cuando ellos pierden, pero nunca nada cuando supongo que ganan –decía abiertamente Mikal Bridges–. Si todavía nos lleváramos pasta…”. Ahí reside el principal temor de la Asociación, el favor a la patronal por cualquier división de sus miembros que debilite la oposición y agrave el actual escenario. De la ingente información recibida, VanVleet ilustraba en una reciente entrevista en el Times lo ocurrido a Jimmy Butler en plena calle con un exaltado. “Si por un casual Jimmy llega a responder, hay una escalada y te encuentras con un tipo armado, (la posibilidad de una tragedia) es real”. Se da la circunstancia de que el propio VanVleet padeció ya un incidente durante un servicio religioso, donde tuvo que hacer frente a un acosador enfadado. “¡Eh, tú, tú arruinaste mi combinada, por tu ***a culpa perdí tres mil pavos!”. El sujeto no tuvo inconveniente en hacerlo en el interior de una iglesia. “Sé lo que está ocurriendo en internet –alertaba VanVleet–. El peligro es que ya nos empiezan a venir en persona en cualquier sitio”. VanVleet, presidente del sindicato, sigue recogiendo información de los jugadores. (Cortesía NBPA) Apenas se conoce que los legisladores y las propias casas de juego rechazaron el intento inicial de Adam Silver de negociar una “cuota de integridad” (hasta el 1% del total de dinero apostado, lo que se conoce como handle), de manera que los ingresos se generan por tarifas de licencia y patrocinios, una bolsa común a repartir entre dueños y jugadores (BRI). “Francamente, no merece la pena ni para la liga ni para nosotros”, insiste VanVleet, para quien las consecuencias eran previsibles, pero no tan preocupantes tan rápidamente y que los jugadores no puedan hacer nada por evitarlas. “Una pequeña hoguera te da calor –remataba–. Si se convierte en un incendio, que es donde creo que estamos, pierdes el control”. De los muchos frentes abiertos por el comisionado Adam Silver este puede acabar siendo el más destructivo de todos. Algunas líneas de investigación (FBI) sostienen que encausados y sentencias son una pequeña muestra de lo que aún no se sabe, redes mucho más profundas de corrupción, participación en crimen organizado y extorsión por datos internos de acceso privilegiado. Y esto es exactamente aquello que David Stern más temía para resistirse a dar un paso que él no vio en activo. Acertaba a expresarlo el periodista Ian O’Connor: “Silver ha terminado por hacer realidad la peor pesadilla de su predecesor en el cargo”. La memoria por lo ocurrido en los peores días, días de mafia, tribunales y muerte, reposaba en la caja fuerte de lo prohibido, que Silver terminó abriendo para pactar con el diablo a cambio de (más) dinero.