Nadie dijo nunca que las relaciones familiares tuvieran que ser tan fáciles y fluidas como aparentan de puertas afuera. Hasta hace poco, tiempo una ruptura familiar solía excusarse en razones incontestables: adicción, violencia, abandono… La contundencia de estos argumentos le restaba importancia a otros como la manipulación, el control, el juicio y tantos más que podrían englobarse bajo la etiqueta de la incomprensión. Sin embargo, las dinámicas familiares han dado un vuelco y en algunos casos, el amor incondicional de hijos a padres ha pasado a ser finito.Así, por ejemplo, lo decidió
Nerea. Hace aproximadamente tres años, tras la enésima discusión con su madre y después de años de poner en tela de juicio la relación que mantenía con su progenitora, amén de analizarla en incontables sesiones con su psicóloga, tomó la drástica decisión de bloquearla de WhatsApp y de las redes sociales. El portazo virtual, tan propio de nuestros tiempos, anunciaba una incomunicación dolorosa, pero necesaria para ella. “Sé que si mantengo contacto con mi madre, volverá a manipularme y a aprovecharse de mí porque solo piensa en sí misma y eso me daña. Mantener el contacto me produce demasiada ansiedad”, cuenta
Nerea con 40 años y muchas reflexiones a sus espaldas sobre esa relación que califica de tóxica.¿Hay más casos ahora que antes?La importancia del bienestar emocional es un fenómeno arraigado en las nuevas formas de crianzaiStockphotoNerea no es la única que ha bajado la persiana a su madre. Una quinta parte de las familias, según un estudio de la
Universidad de Cambridge, han decidido separarse de los que comparten su sangre. No es aventurado imaginar que las encuestas muestran a los que han reivindicado su decisión y la cifra podría aumentar con los que rehúyen abordar un tema para no exponerse a la incomprensión, a las preguntas incómodas o a cargar con el sambenito de ser un “mal hijo/a”.Hasta hace muy poco, “abandonar” a los padres y reconocerlo era un acto de egoísmo, pues la familia debía situarse por encima del bienestar individual. El paradigma ha cambiado y la importancia que le otorgamos en la actualidad al bienestar psicológico permite que esta dolorosa decisión no provoque el ostracismo. O al menos no tanto como en épocas anteriores.Lee también“Existe menor obligación de mantener el vínculo a toda costa. Los cambios sociales y culturales han hecho que las personas se den más el permiso para romper con la familia en beneficio de su salud mental. La sociedad actual valora mucho más el bienestar psicológico y la autonomía personal antes era más común mantener la relación familiar aunque hubiera conflicto, ya que el peso de la familia era mayor”, explica la psicóloga Judit March. Esta especialista contabiliza que en sus 20 años de práctica profesional el 80% de las consultas que ha atendido obedecen a problemas entre padres e hijos.Hay menos obligación de mantener el vínculo. Cambios sociales y culturales han hecho que las personas se den más el permiso para romper con la familiaJudit MarchPsicóloga Judit MarchLa importancia del bienestar emocional es un fenómeno arraigado en las nuevas formas de crianza que no se contemplaba en el pasado. “Nuestros padres seguían un modelo ‘proveedor’, por el que debían ocuparse de las necesidades de sus hijos. La preocupación, por ejemplo, podía consistir en llevarlos a una buena escuela sin interesarse en cómo se sentían en la misma. Era una educación vertical, autoritaria”, ilustra la psicóloga Irene Santiago.Un patrón obsoleto que se ha encargado de finiquitar la misma generación que fue educada en él y que ha apostado por criar a sus descendientes con un modelo “horizontal, en el que los padres se centran en las necesidades emocionales de sus hijos”, apunta Santiago.Los psicólogos apoyan la separación cuando el contacto sigue siendo fuente de malestar emocionalGetty ImagesResulta tentador, humano y en ocasiones un tanto injusto, culpar a los progenitores de habernos procurado una educación escasamente sentimental, en una época en la que este era el canon. Pero sobre todo, es una peligrosa trampa para que permanezcamos en el inmovilismo: “yo no puedo hacer esto o lo otro porque me educaron así”.Esto no sería, por tanto, un casus belli, para cortar la comunicación. “Seguir culpando a los padres sin responsabilizarnos de cambiar nuestros guiones nos mantiene atrapados en el pasado, dificulta avanzar o curar las heridas y reduce la sensación de control sobre nuestra propia vida. Los padres puede que sean responsables de muchas de nuestras heridas emocionales, pero el cambio de guiones y la sanación acaba siendo siempre nuestra responsabilidad”, apunta March.Padres que duelenSi bien es injusto achacar los problemas del presente a la crianza pretérita, no lo es huir de una situación actual que procura desazón. Los psicólogos apoyan la separación cuando el contacto sigue siendo fuente de malestar emocional. Más allá de casos críticos (adicciones, abusos, violencia) las principales razones para renunciar a comidas familiares, según March, suelen repetirse en consulta.El intrusismo es una de las quejas más habituales, nos cuenta la especialista. Aunque los hijos poseen autonomía para tomar decisiones, los padres siguen interviniendo demasiado en la vida de estos o no aceptan decisiones vitales importantes para ellos.Las dinámicas familiares tóxicas en las que los padres pretenden provocar un sentimiento de culpa en los hijos o en el que echan mano de la comparativa entre hermanos o muestran cierto favoritismo hacia alguno de ellos es otra de las razones de “corto y cierro”, por parte de los descendientes.“En ocasiones la causa está en los conflictos familiares que no se acaban de resolver y generan desgaste. O fricciones puntuales por temas relacionados con herencias, traiciones o falta de apoyo en momentos importantes en los que los hijos requieren el respaldo de sus padres”, ilustra March.Uno de los reproches de la infancia que queda latente en la edad adulta es que el hijo o hija haya tenido que adoptar de pequeño un papel que no le pertenecía para cuidar, ya fuera de sus hermanos o de sus propios padres. “Esta distorsión del rol provoca que de mayores estas personas sean muy responsables, cuidadoras, autoexigentes y que les cueste recibir atención de los demás. En estos casos, encontrar el origen de lo que les sucede y poderlo hablar sin culpa, resulta muy reparador”, comenta Santiago.Más protección que venganzaDesaparecer de la vida de los padres es una medida extrema que causa dolor. Pero, según March, no suele mediar el afán de venganza: “en la mayoría de los casos se trata de evitar un sufrimiento emocional y no subyace la voluntad de dañar a los padres. Cortar el contacto con ellos es una forma de poner límites para evitar la ansiedad, la tristeza o la culpa constante”.La reacción de los padres es diferente, pero con un denominador común doloroso. “Si se culpan de lo ocurrido, aparecen emociones como tristeza profunda, sensación de pérdida, confusión y mucho sufrimiento emocional”, asegura March.En otros casos, según la especialista, culpan a los hijos o a las “malas influencias”, que tanto pueden ser la pareja, los amigos o, incluso los terapeutas. “Lo más frecuente es que los padres experimenten una mezcla de emociones fluctuantes, hay momentos de culpa, de enfado, de tristeza y a veces de confusión e incertidumbre”, define March.¿El desamor es para siempre?
Nerea, en un principio, asegura que su ruptura es definitiva, en cambio, pasado un rato, se encoge de hombros y suelta que “nunca se sabe… si cambiaran algunas cosas…”. Por lo general, estos distanciamientos no suelen ser perpetuos, “depende mucho de los motivos de la ruptura y de si con el tiempo se producen cambios reales en la relación y existe la posibilidad de la reparación”, apunta March.La sabiduría popular reza que “el tiempo todo lo cura” y es cierto que apaciguar los sentimientos más intensos como la rabia, el dolor o el resentimiento es el primer paso para descubrir si el refrán está en lo cierto.El tiempo no solo apacigua las emociones, sino que permite que los implicados asimilen lo ocurrido, maduren y ganen perspectiva. Y, también, que ocurran eventos que abren la puerta a la reconciliación: un nacimiento, una enfermedad, un funeral… “Esto puede llevar a reanudar la relación gradualmente al hablar de lo que ocurrió para poder reconstruir el vínculo”, dice March.