Una de las cortesías comunes, con sonadas excepciones, del protocolo social entre damas y caballeros es no hablar mal en público sobre los muertos. El egiptólogo
Howard Carter era y se tenía por un caballero. Por eso, ante la muerte de
Arthur Weigall, el periodista que acuñó la leyenda de la maldición de Tutankamón, guardó un sensato silencio… En público. Un conjunto de cartas desvelado por The Times ha servido para descubrir que Carter sí tuvo una opinión sobre Weigall y su forma de reportar la egiptología. Y no era favorable: en su correspondencia privada calificó la desaparición de Weigall, ocurrida en 1934, como “una bendición”.Carter, al alimón con
George Herbert, lord Carnarvon y quinto conde de Carnarvon, halló la tumba de Tutankamón en noviembre de 1922. El hallazgo quedó envilecido por la muerte de Carnarvon, seis meses después del hallazgo, que alimentó el mito de una supuesta maldición que no era tal. Aunque se atribuye a Arthur Conan Doyle la popularización de la leyenda, la responsabilidad de Weigall en su origen es innegable, según las misivas de Carter.Weigall murió el 3 de enero de 1934. En una carta del mismo mes a
Helen Ionides, hija del magnate griego
Alexander Ionides –uno de los grandes benefactores del
Victoria and Albert Museum de Londres–, Carter lamenta la muerte de la duquesa de Alba,
María del Rosario de Silva y Gurtubay, cercana a Helen, que murió por tuberculosis con solo 33 años. Carter aprovecha el pésame para referirse al óbito de Weigall.Weigall dijo de lord Carnarvon al verle accediendo a la tumba sagrada: “Si baja con ese ánimo, le doy seis semanas de vida”“Su muerte es una auténtica bendición”, escribió Carter. Aunque reconoce que Weigall, también egiptólogo pero sobre todo periodista, “era un escritor ingenioso y astuto”, tenía tendencia –palabras de
Howard Carter– “a las invenciones sin fundamento”. “Suponían una amenaza para la arqueología”, añadió.Acto seguido, Carter plantea a
Helen Ionides el asunto de “la maldición de Tutankamón”. “Fue invención suya”, dice, mientras le reprocha que, pese a haberse llevado cierta fama en torno al descubrimiento precisamente por haber acuñado la supuesta maldición, Weigall “nunca estuvo en la apertura del hallazgo. Fue el último de los corresponsales en llegar, varios minutos después”. Esa falta de puntualidad y profesionalidad, insiste Carter, le llevaba a caer en las mencionadas invenciones “por una excitación y entretenimiento momentáneos a costa de los demás”.Lee tambiénTraducido al lenguaje de casi un siglo después, para Carter, Weigall era un periodista menor de virales y fake news. Bastante exitosos, conviene añadir, dado el recorrido que ha tenido la leyenda de la maldición.Para Carter, la principal falta de delicadeza de Weigall fue respecto a lord Carnarvon. Alineado con el egiptólogo Alan Gardiner, Weigall trató de reducir el impacto de los descubrimientos del tándem Carter-Carnarvon. The Times calificó el hallazgo de la tumba de Tutankamón como “el descubrimiento egiptológico más sensacional del siglo”: lo grandilocuente de los titulares quizá tuvo que ver con la exclusividad, pago mediante, que Carnarvon dio a The Times sobre las imágenes del descubrimiento en un momento en que Weigall trabajaba en el Daily Mail.Máscara funeraria de Tutankamón.TercerosEn paralelo, en su periódico y allá donde le dejaban,
Arthur Weigall se mostraba contrario a lo que consideraba soliviantar a los faraones con “la malevolencia que supuestamente permanece alrededor de los huesos de los antiguos muertos”. También dejó constancia de la impresión que le causaban las imágenes de lord Carnarvon accediendo a la tumba sagrada. “Si baja con ese ánimo, le doy seis semanas de vida”.Quizá sin querer, Weigall acertó. Lord Carnarvon murió en El Cairo de una infección causada por la picadura de un mosquito seis semanas después del augurio de Weigall, dando pie a la leyenda, primero, y a la maldición, después, de Tutankamón.Weigall “nunca estuvo en la apertura del hallazgo, fue el último de en llegar, varios minutos después”, dejó escrito CarterHoward Carter murió en 1939, sobreviviendo cinco años a Weigall. Los condes de Carnarvon, por su parte, no parecen encontrar ofensa en la maldición que mató a su ancestro. En el castillo que es residencia familiar tienen una exhibición permanente de los hallazgos del quinto conde de Carnarvon, que incluye una réplica de la tumba de Tutankamón y menciones a la maldición maldita.La residencia de los Carnarvon es, por cierto, el castillo de Highclere, famoso a día de hoy como casa de los ficticios condes de Grantham de Downton Abbey. No es la única conexión de los Carnarvon con la televisión británica: el nieto del quinto conde, Henry Herbert, era conocido entre la realeza como Porchie, retratado enThe Crowncomo el mejor amigo de Isabel II. Hechos estos que tal vez hubieran arqueado las cejas de
Howard Carter, pero que, a buen seguro, habrían encantado a Weigall y a su Daily Mail.Javier Dale Becedóniz (Santander, 1975) es periodista. Tras ser coordinador de contenidos del fin de semana en La Vanguardia (edición digital), fue Jefe de Redacción en Newtral.es y portadista en ABC