El paisaje agrario valenciano está cambiando, pero no por la modernización o la innovación que cabría esperar de una de las huertas históricas de Europa. Cambia porque se vacía. Porque envejece. Porque cada vez menos personas quieren —o pueden— trabajar la tierra. Y porque, mientras tanto, miles de hectáreas quedan abandonadas año tras año.Las cifras más recientes confirman que la
Comunitat Valenciana atraviesa una de las crisis agrarias más profundas de su historia reciente. En 2025, la superficie cultivada volvió a retroceder: se dejaron de trabajar 3.548 hectáreas, lo que supone un descenso interanual del 2,01%. Con ello, el territorio valenciano alcanzó un récord histórico cercano a las 180.000 hectáreas de cultivo abandonadas. Nunca antes se había llegado a un nivel tan elevado.El dato, por sí solo, ya resulta alarmante. Pero adquiere una dimensión aún mayor cuando se compara con el contexto nacional. Mientras la
Comunitat Valenciana pierde superficie agraria, el conjunto de
España experimenta una ligera recuperación: 1.257 hectáreas más cultivadas y una reducción del abandono. Es decir, la tendencia valenciana no solo es negativa, sino divergente respecto al resto del país. Hoy, el territorio valenciano concentra el 17,5% de toda la superficie agraria abandonada en
España, liderando el ranking nacional por delante de regiones mucho más extensas como
Castilla-La Mancha o
Andalucía. No es una anomalía puntual. Es la evidencia de un problema estructural.El campo valenciano se sostiene, en gran medida, sobre una población cada vez más envejecidaSi el abandono de tierras es la cara visible del problema, el envejecimiento de los agricultores es su causa profunda. El campo valenciano se sostiene, en gran medida, sobre una población cada vez más envejecida. Los datos del informe del
Ministerio de Agricultura sobre perceptores de ayudas lo reflejan con claridad. En la
Comunitat Valenciana, casi la mitad de los beneficiarios —el 47,62%— tiene más de 65 años. En cambio, los menores de 25 años apenas representan el 0,56%, y el grupo de entre 25 y 40 años se queda en un escaso 5,3% .La lectura es inmediata: el relevo generacional es prácticamente inexistente. Por cada joven que entra en el sector, decenas de agricultores se encuentran en edad de jubilación o la han superado ya. Esta estructura demográfica no solo condiciona el presente del campo, sino que compromete su futuro inmediato. Porque la agricultura, a diferencia de otros sectores, no puede sostenerse sin continuidad generacional. La tierra no se trabaja sola, y la experiencia acumulada durante décadas no se transmite automáticamente.Cristóbal Aguado, presidente de AVA-ASAJA, lo resumía con una imagen tan sencilla como contundente: los agricultores mayores siguen trabajando “por apego a la tierra”, incluso cuando la rentabilidad es mínima o inexistente. En muchos casos, la actividad agraria se mantiene gracias a la pensión, no a los ingresos del campo. Es una resistencia emocional, casi cultural, más que económica. Pero tiene fecha de caducidad.La falta de jóvenes en el campo no es un fenómeno nuevo, pero sí cada vez más acusado. Durante décadas, el éxodo rural ha ido reduciendo la base demográfica del sector. Sin embargo, lo que antes era una tendencia progresiva se ha convertido en un vacío difícil de revertir. El campo valenciano no resulta atractivo para las nuevas generaciones. Las razones son múltiples: baja rentabilidad, incertidumbre climática, presión de los mercados internacionales, burocracia creciente y condiciones de trabajo exigentes.El campo valenciano no resulta atractivo para las nuevas generacionesA diferencia de otros sectores, la agricultura requiere inversiones iniciales importantes, plazos largos de retorno y una elevada dependencia de factores externos como el clima o los precios. Todo ello configura un escenario de riesgo que muchos jóvenes no están dispuestos a asumir. El resultado es una fractura generacional evidente. Mientras los agricultores mayores prolongan su actividad todo lo posible, los jóvenes optan por otros caminos profesionales. Y cuando finalmente se produce el relevo —si es que se produce— suele ser tardío o parcial. Este desajuste tiene consecuencias directas. Sin jóvenes que asuman la continuidad de las explotaciones, muchas parcelas acaban abandonadas. No porque no sean productivas, sino porque no hay quien las trabaje.Campo abandonado en la Comunidad ValencianaunknownEste desajuste tiene consecuencias directas. Sin jóvenes que asuman la continuidad de las explotaciones, muchas parcelas acaban abandonadas. No porque no sean productivas, sino porque no hay quien las trabaje. A la falta de relevo generacional se suma otro desequilibrio estructural: la escasa presencia de mujeres en el sector agrario. Los datos a nivel nacional son reveladores. Las mujeres representan el 37,64% de los perceptores de ayudas directas, frente al 62,36% de hombres. Pero la desigualdad no se limita al número de beneficiarias: también afecta a los importes. Las mujeres reciben solo el 27,31% del total de las ayudas, frente al 72,69% de los hombres .Esto indica que, además de ser menos, las mujeres gestionan explotaciones de menor tamaño o reciben menos recursos. Una doble brecha que refleja la persistencia de un modelo agrario tradicional, donde la titularidad y la visibilidad siguen estando mayoritariamente en manos masculinas. En la
Comunitat Valenciana, aunque los datos desagregados no difieren sustancialmente del patrón nacional, la situación se percibe de manera similar: una presencia femenina minoritaria y, en muchos casos, invisibilizada.La falta de mujeres en el campo no es solo una cuestión de igualdad. También tiene implicaciones económicas y sociales. Diversos estudios han señalado que la incorporación de mujeres a la actividad agraria contribuye a fijar población, diversificar ingresos y mejorar la sostenibilidad de las explotaciones. Sin embargo, las barreras persisten: dificultades de acceso a la titularidad, menor acceso a financiación, falta de reconocimiento del trabajo agrario femenino y una estructura social que todavía arrastra inercias históricas.En 2025, los cítricos volvieron a liderar el abandono en la Comunitat ValencianaEl envejecimiento y la falta de relevo tienen un reflejo directo en el territorio: el abandono de cultivos. Pero este fenómeno no es homogéneo. Afecta especialmente a determinadas producciones, en función de su rentabilidad y de las condiciones del mercado. En 2025, los cítricos volvieron a liderar el abandono en la
Comunitat Valenciana, con 2.762 hectáreas dejadas de cultivar. Dentro de este grupo, destacan las mandarinas (998 hectáreas) y las naranjas (722 hectáreas), dos de los productos emblemáticos del campo valenciano.El retroceso de los cítricos no es anecdótico. En la última década, la superficie de cítricos en regadío ha disminuido un 15%. Es el reflejo de una crisis prolongada, marcada por la competencia internacional, la caída de precios y el aumento de costes. Otros cultivos también muestran signos de debilitamiento. El almendro perdió 2.349 hectáreas en un solo año (-2,6%), el viñedo retrocedió en 599 hectáreas (-0,9%), las frutas de hueso en 446 hectáreas (-4%) y el caqui en 167 hectáreas (-1%). En conjunto, estos datos evidencian una tendencia clara: los cultivos tradicionales, especialmente aquellos con menor margen de rentabilidad, están siendo abandonados de forma progresiva.Frente al retroceso de los cultivos tradicionales, algunas producciones emergen como alternativas. El olivar, por ejemplo, creció un 1,4% en 2025, con 1.360 hectáreas más. Las hortalizas y flores registraron un incremento aún mayor, del 9,5%, con 1.704 hectáreas adicionales. Pero la gran apuesta es el aguacate. Este cultivo ha experimentado un crecimiento sostenido en los últimos años y en 2025 volvió a expandirse un 5,4%, alcanzando las 4.211 hectáreas.El auge del aguacate responde a una combinación de factores: alta demanda en mercados internacionales, precios relativamente estables y expectativas de rentabilidad superiores a las de otros cultivos. Sin embargo, no está exento de riesgos. Requiere importantes recursos hídricos, lo que plantea dudas sobre su sostenibilidad en un contexto de sequía recurrente. Además, su expansión depende de un equilibrio delicado entre oferta y demanda. Otros cultivos alternativos, como el kiwi, han comenzado a mostrar signos de estancamiento o retroceso, lo que pone de relieve la dificultad de encontrar soluciones estables a la crisis del sector.El abandono del campo no solo tiene implicaciones económicas. También transforma el paisaje y genera problemas ambientalesEl abandono del campo no solo tiene implicaciones económicas. También transforma el paisaje y genera problemas ambientales. Las parcelas abandonadas se convierten en focos de maleza, plagas y fauna salvaje. Aumenta el riesgo de incendios forestales, especialmente en zonas donde la actividad agraria actuaba como barrera natural. Y se produce una degradación progresiva del entorno.Además, el abandono contribuye a la despoblación rural. Menos actividad agraria implica menos empleo, menos servicios y menos población. Es un círculo vicioso que afecta especialmente a las zonas de interior. La “mancha marrón” de la que habla Aguado no es solo una metáfora visual. Es la expresión de un proceso de deterioro que afecta a múltiples dimensiones: económica, social y ambientalEl problema del campo valenciano no es nuevo. Pero sí lo es su intensidad. La combinación de envejecimiento, falta de relevo generacional, desigualdad de género y crisis de rentabilidad está llevando al sector a un punto crítico.“Estamos entrando en un punto de no retorno”, advertía Aguado. La frase puede parecer alarmista, pero los datos la respaldan. Porque el abandono no es reversible a corto plazo. Una parcela que se deja de cultivar durante años difícilmente vuelve a ponerse en producción. Y un agricultor que abandona el sector rara vez regresa. El riesgo no es solo la pérdida de actividad agraria. Es la pérdida de soberanía alimentaria, de paisaje, de cultura y de identidad. El campo valenciano no es solo un sector económico. Es parte de la historia y del territorio.Ante este escenario, la responsabilidad recae en gran medida en las políticas públicas. El sector reclama cambios que permitan mejorar la rentabilidad, facilitar el acceso de jóvenes y mujeres y adaptar la agricultura a los nuevos desafíos. Entre las demandas más recurrentes figuran la revisión de los acuerdos comerciales internacionales, la reducción de la burocracia, el apoyo a la modernización de explotaciones y la mejora de los precios en origen.También se insiste en la necesidad de políticas específicas para fomentar el relevo generacional y la incorporación de mujeres al sector. Sin estas medidas, el futuro del campo valenciano seguirá condicionado por una inercia difícil de romper.El campo valenciano se encuentra en una encrucijada. Los datos son claros, las tendencias están definidas y las advertencias llevan años repitiéndose. Pero la evolución sigue siendo negativa. Cada hectárea abandonada, cada agricultor que se retira sin relevo, cada joven que decide no entrar en el sector, es una pieza más de un proceso de transformación profunda. La pregunta ya no es si el campo valenciano está en crisis. La pregunta es si todavía hay margen para revertirla.Récord de ayudas para impulsar el relevo agrario en la Comunitat ValencianaLa Conselleria de Agricultura de la
Comunitat Valenciana prepara la resolución de la convocatoria más ambiciosa hasta la fecha para la incorporación de jóvenes y nuevos agricultores, con una inversión récord de 29 millones de euros. Esta cifra supone más del doble respecto a la última convocatoria del anterior gobierno del Botànic, que contó con 12 millones, y refleja un claro impulso institucional al relevo generacional en el sector agrario.La iniciativa ha despertado un notable interés, con un total de 677 solicitudes registradas, frente a las poco más de 200 en la convocatoria anterior. De ellas, 540 corresponden a jóvenes de entre 18 y 40 años, mientras que 137 han sido presentadas por nuevos agricultores de entre 41 y 56 años. Ambos perfiles deben asumir la gestión de una explotación agraria viable tanto técnica como económicamente.El presupuesto se distribuye en 23 millones para jóvenes agricultores y 6 millones para nuevos agricultores. Las ayudas oscilan entre 30.000 y 80.000 euros en el caso de los jóvenes, con una media de 52.000 euros, y entre 20.000 y 70.000 euros para los nuevos, con una media de 42.000 euros.En cuanto a la distribución por género, se han contabilizado 440 hombres y 235 mujeres en el total de solicitudes. Destaca especialmente el caso de los nuevos agricultores, donde las mujeres (74) superan a los hombres (63), evidenciando un avance significativo en la incorporación femenina al sector.La Conselleria subraya que esta convocatoria no solo refuerza el apoyo económico, sino que también contribuirá a fijar población en zonas rurales, fomentar la modernización del campo y garantizar la continuidad de la actividad agraria valenciana en el futuro.Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991