A menudo, las cosas más desgarradoras pasan de la manera más tranquila. Por ejemplo, la separación forzosa de una madre y una hija puede ser compatible con la jardinería, con las meriendas y hasta con el amor. Solo así se entiende el mecanismo que hay detrás de 'Un asunto familiar', la novela con la que la británica
Claire Lynch debutó en la novela tras escribir un ensayo sobre la difícil llegada al mundo de sus gemelas, gestadas por su mujer. La publican
Literatura Random House, con traducción al español de
Laura Salas Rodríguez, y
Periscopi, con traducción al catalán de
Núria Saurina Eudaldo.El asunto familiar en cuestión pivota entre 1982 y 2022. A principios de los años ochenta, Dawn, una veinteañera recién casada y madre de una niña de tres años, conoce a la nueva maestra del pueblo, Hazel. Se enamoran sin remedio. Cuarenta años más tarde, cuando al ex marido de Dawn, Heron, le diagnostican una enfermedad terminal, la hija de ambos, que se ha criado con él, Maggie, ata cabos sobre la mentira (o el silencio) central que ha ocupado toda su vida. Hay dos semiverdades universales que planean sobre todo el relato: “Es lo mejor para los niños” y “esa era otra época”. Todo tipo de atropellos se han cometido en nombre de una o de la otra.Justo cuando empezaba a gestar su novela, la autora empezó a leer sentencias judiciales de los años ochenta, resoluciones en las que las madres perdían la custodia por tener una relación lésbica. A veces, el mero hecho de tener en casa una revista para lesbianas, como 'Arena Three' o 'Sappho', sirvió para argumentar y fallar en su contra. “Conseguí un libro que se pasaban las mujeres en esta situación y en el que se daban consejos sobre cómo responder a los jueces y a los fiscales. Me di cuenta de que la última persona que tuvo ese libro en las manos no lo usó para investigar, como yo, sino para evitar perder a sus hijos”, explica Lynch, que ha estado en
Barcelona promocionando su novela. De hecho, los pasajes del libro que reproducen el juicio por la custodia de la pequeña Maggie en 1982 contienen frases extraídas verbatim de esas sentencias que obsesionaron a Lynch durante años. “He hecho constar esas palabras como recordatorio de que el pasado reciente queda muy lejos. Y muy cerca”, escribe en el epílogo.En el año en el que transcurre ese juicio,
Margaret Thatcher estaba en el pico de su poder. Llevaba tres años como primera ministra en Reino Unido. En el exterior, libraba la
Guerra de las Malvinas y, en casa, avanzaba en su otro gran proyecto, la instalación, a modo de software, de toda una mentalidad en la sociedad británica, un corpus ideológico que fuese individualista e insolidario, a la vez pacato y represor. Más tarde, en 1986, Thatcher aprobaría la famosa ley conocida como Section 28, que prohibía a las autoridades locales “promover la homosexualidad”. Si se hablaba de eso en las escuelas tenía que ser para mal.Autoras como Olivia Laing, que se crio en los ochenta con una madre lesbiana y la novia de ésta, han narrado cómo su familia atípica vivió aquellos años en un clima de persecución e intensa homofobia. “Pero, por lo general, la lucha contra la Section 28 –dice Lynch– siempre se ha contado como algo propio de hombres gays de las grandes ciudades, o estudiantes muy politizados, pero nunca se ha pensado como algo que afectó a las amas de casa suburbanas. Estos casos demuestran que ellas también fueron víctimas directas de esa homofobia”.El relato permite a Lynch a colocar a casi todos los personajes en una luz moral ambigua. Heron, el marido burlado que priva a su hija de su madre, se explica también como un padre afectuoso y diligente. Dawn, la madre abandonadora a su pesar, también es alguien que intenta ser feliz dentro de la pauta que le marcan.En Estados UnidosLa novela ha sido recomendada por el club de lectura de Oprah Winfrey y otras influyentes prescriptoras“La mayor parte de la gente no es una tirana. Hace lo que puede, pero también se equivoca. Me interesaba mucho esa idea de que a menudo lo que parece apropiado está basado en malos consejos que nos dan. En el caso de Heron, año tras año, década tras década, mientras el mundo se abre a su alrededor, tiene que afrontar su propio pasado y siente que es demasiado tarde para cambiarlo”, dice la autora. Si acaso algo se puede achacar a su novela es que, al buscar exculpar al personaje del padre, toda la maldad recae en un procurador que pisa moqueta. Como si el villano rico hubiese obligado al pobre hombre trabajador a privar a su ex mujer de sus derechos parentales.El procurador pregunta cosas como:“-Señora Barnes, ¿hacen el amor delante de su hija?, ¿emite algún sonido cuando tiene relaciones sexuales con esta mujer?, ¿su hija las ha oído?”Es por eso, por la fijación enfermiza que tenían los tribunales en esos casos de custodia de los ochenta con el sexo, dando por hecho que una mujer sáfica y sexualmente activa no podía ser una buena madre, que el romance de Dawn y Hazel se cuenta en la novela apenas sin detalles carnales, como un enamoramiento casi angelical y muy tierno. “Fue una decisión casi de justicia restaurativa”, aclara la autora. “Pensé: voy a darles a estas mujeres la privacidad que los jueces les arrebataron”.Hacia el final de la novela, uno de los personajes, una lesbiana ya mayor, comenta que suele ver en su pueblo a una pareja de mujeres con sus hijos arriba y abajo. A nadie le sorprende. Nadie lo encuentra raro ni monstruoso. Ese es un cameo de la propia autora y de su familia, que se colocó allí como recordatorio de que las cosas cambian, pero también de que los derechos conquistados pueden perderse. “Cuando la gente mayor gay mira una familia como la mía piensan: esto es lo que yo podría haber tenido. Y eso conlleva cierta responsabilidad, es abrumador”.Una pareja, en el desfile de Martes de Carnaval Gay en Sydney, el mes pasadoSARAH WILSON / EFE“Ahora en cualquier grupo de padres, o en una clase del colegio, encontrarías familias homoparentales, madres solteras, padres divorciados… –observa Lynch– En el pasado reciente, sin embargo, había una idea muy clara de cómo estaba configurada una familia y quién estaba rompiendo esa norma. Había un miedo real a que toda esa corrupción moral se fuese de madre. Si eso ha cambiado tan rápido, puede volver a cambiar, y te hace pensar también en qué cosas pueden parecer raras ahora que no lo serán en el futuro”.Al haber tenido tanta repercusión con la novela (en Estados Unidos la recomendó el club de lectura de Oprah Winfrey y otras influyentes prescriptoras, como Jenna Bush Hager, la hija del ex presidente que ahora presenta un programa matinal en televisión), la autora ha recibido muchos mensajes de lectores que se han visto reflejados en la historia. ¿Más Maggies o más Dawns? “Más Dawns, sin duda. Mujeres que perdieron a sus hijos por homofobia. Algunas han conseguido reconectar con sus hijos ya de adultos, y tienen contacto con sus nietos. Así que hay algunos finales felices. Pero también tienen la sensación de que les arrebataron un trozo enorme de sus vidas”.