Actualizado Mi�rcoles, 25 marzo 2026 - 21:42En la Iglesia de Santa B�rbara no cab�a un alfiler ni, quiz�, demasiadas dudas. A �ltima hora de la tarde, el templo se convirti� en un escenario donde m�s de 250 personas y 21 sacerdotes acudieron a despedir --no tanto un cuerpo, ya enterrado desde el 26 de febrero en
Alzira (
Valencia)-- como una idea persistente de s� mismos encarnada en el 'golpista' y teniente coronel
Antonio Tejero. Entre los bancos, la estirpe era reconocible y, al mismo tiempo, cuidadosamente exhibida, como el presidente de la Fundaci�n
Francisco Franco,
Juan Chicharro, el nieto de
Francisco Franco Jaime Mart�nez-Bordiu o el l�der de Falange,
Manuel Andrino. Tambi�n el secretario general de Revuelta, Pablo Gonz�lez Gasca. Tambi�n se pudo ver al abogado de Hazte O�r, Javier Mar�a P�rez Roldan, o al periodista y falangista Eduardo Garc�a Serrano. "�Hola, carlista! �C�mo no iba a venir por un hombre de la patria?", dice un hombre con pantal�n de camuflaje, chanclas con calcetines y gorra con la Cruz de Borgo�a.Estaba la Espa�a de los domingos planchados: trajes ce�idos, corbatas con la rojigualda multiplicada hasta el mareo, cardados que desafiaban la gravedad, y para algunos el buen gusto... Y en todos, una inflamable seguridad, con su reflejo invertido: cabezas rapadas en ellos y peinado Chelsea en ellas, botas contundentes y polos de Fred Perry. "Nos demostr� con su saber estar lo que significa ser espa�ol, cristiano y hombre de honor", afirmaba su hijo y sacerdote, Ram�n Tejero, durante la homil�a. Esta iglesia fue la elegida por la familia para la celebraci�n del funeral, despu�s de que el Arzobispo General Castrense denegase su celebraci�n en la Iglesia Catedral de las Fuerzas Armadas por "el riesgo, no deseado por la familia de don Antonio, de darle a una Misa por su eterno descanso oficiada en la Catedral Castrense connotaciones ajenas al estricto significado religioso de dicha celebraci�n"Alrededor de la eucarist�a oficiada por su hijo, los nost�lgicos y devotos escuchaban una misa donde la liturgia en casi todo momento parec�a un relato familiar con convicci�n de dogma. La ceremonia orbit� con disciplina en torno a una figura y a una reinterpretaci�n de lo sagrado. Cristo, en esta versi�n, quedaba desplazado por una tr�ada m�s dom�stica. "Dios, Patria y familia, esa era la Sant�sima Trinidad de mi padre", dijo Ram�n, "la patria no es solo una realidad tangible e hist�rica, sino una realidad trascendente que nos hace descubrir el mandato divino de 'amar�s a tu Padre y a tu Madre'".Ya la fe dej� de ser argumento y dio paso a la herramienta. En ese reparto selectivo de lo sagrado, algo no terminaba de encajar. Porque el mismo Cristo al que se invoca -el que estuvo con leprosos, hu�rfanos, marginados, el que no pregunt� antes de amar ni exigi� credenciales para perdonar- parec�a no tener cabida en todas las Iglesias que all� se defend�an. "En
Valencia �bamos a misa con mis padres y el p�rroco insultaba a Espa�a, a las Fuerzas Armadas, a la Guardia Civil y a mi padre: esa es la Iglesia meretriz, la Iglesia prostituta", dijo.Esta tarde en el templo, el evangelio parec�a tener matices. Y entonces lleg� el instante en el que, en cualquier misa, fija la frontera entre lo humano y lo divino: la consagraci�n. Cuando el pan y el vino se convierten -seg�n el dogma- en el cuerpo y la sangre de Cristo, cuando todo deber�a recogerse en un silencio casi mineral, sucedi� otra cosa: comenz� a sonar el himno de Espa�a. No como un murmullo t�mido, sino como una irrupci�n. Y, por encima de la m�sica, un grito: "�Viva Espa�a!". As�, la liturgia, desplazada una vez m�s, qued� subordinada a otra devoci�n m�s urgente, m�s terrenal.Antes de terminar, Cristo reducido otra vez a un tr�mite, a una excusa. Porque antes de ir en paz, hab�a que desearle m�s de un "�Viva!" a la Guardia Civil, que si all� se estaba reuniendo a tanta gente era por ese hombre de "honor",
Antonio Tejero, y lo dem�s no importa.