Es bien conocido el caso de
Manuel Chaves Nogales, uno de los más singulares de la historia de la literatura. Olvidado en
España tras su salida del país a finales de 1936, ha sido el siglo XXI el que lo ha convertido en un clásico del siglo XX. Chaves, que en vida estuvo lejos de disfrutar de la máxima reputación literaria, es considerado ahora mismo uno de los grandes escritores de la generación que vivió la
Guerra Civil. La recuperación de
A sangre y fuego, a mi juicio la mejor obra narrativa sobre el conflicto, abrió las puertas a un rescate mucho más amplio, que ha incluido las publicaciones anteriores a la contienda, pero también multitud de textos que nunca se habían recogido en libro debido a los avatares del exilio y a la temprana muerte del escritor.A veces los grandes libros existen un poco por casualidad. Si no hubiera sido porque, en 1937, alguien en
Santiago de Chile improvisó un volumen con nueve cuentos de Chaves aparecidos en diferentes periódicos latinoamericanos y le puso el título de
A sangre y fuego , ¿quién nos asegura que esos cuentos no habrían seguido languideciendo en los anaqueles de las hemerotecas hasta el mismísimo día del juicio final? Los lectores actuales tenemos contraída una deuda de gratitud con ese pirata de la edición, quienquiera que fuese. LVEn su exilio parisino, Chaves Nogales siguió escribiendo relatos inspirados en episodios de la
Guerra Civil hasta bien entrado el año 1938. Los publicaba en revistas del exilio, de escasa difusión y efímera existencia. Por miedo a las represalias a las que estaban expuestos algunos familiares suyos que permanecían en
Sevilla, los firmaba con diferentes seudónimos, lo que no facilitaría precisamente su rastreo y localización.Esos cuentos son la continuación o secuela de los de
A sangre y fuego y, como estos, aúnan con naturalidad el valor testimonial y el literario. Si unos se salvaron gracias a la astucia de un editor chileno, los otros se han salvado gracias al tesón de un editor sevillano,
Abelardo Linares, que llevaba muchos años siguiendo la pista de Chaves y los ha rescatado de los polvorientos (es un decir) anaqueles en los que parecían condenados a dormir para siempre el sueño de los justos.Al igual que en ‘
A sangre y fuego’, el autor quiere componer un gran mosaico sobre la Guerra CivilEsta nueva colección de cuentos, titulada
Guerra total, se publicará dentro de poco más de un mes y es ya el acontecimiento literario del año. Si yo ya la he leído es porque
Abelardo Linares me ofreció redactar el prólogo, lo que para mí fue todo un honor. Al igual que en
A sangre y fuego, la intención de Chaves en
Guerra total es componer un gran mosaico sobre la
Guerra Civil cuyas teselas, al tiempo que enriquecen el conjunto con algo así como una visión panorámica del conflicto, poseen una entidad propia, independiente.Los cuentos de ambos libros son, en definitiva, piezas del mismo puzle, y podría decirse que forman parte de una hipotética obra superior, más amplia, que conectaría con la propia biografía de Chaves en una etapa de su vida en la que los vendavales de la historia lo arrastran de torbellino en torbellino y él se las arregla para contarnos, con frecuencia al momento, las enormes convulsiones históricas de las que es testigo privilegiado.Esa obra superior podría ser tan larga o tan ancha como la vida del propio autor e incluir, por ejemplo, los diarios y crónicas de la Segunda Guerra Mundial, desconocidos para el gran público hasta que el año pasado fueron rescatados por otra estudiosa del escritor sevillano, Yolanda Morató. Tendría esa hipotética obra total algo de work in progress, un poco a la manera de la Suite francesa de Irène Némirovsky, esa gran novela sobre la Francia de la ocupación, escrita también en riguroso directo y que quedó inconclusa porque su autora fue víctima precisamente de la ocupación.Atención a los paralelismos: extraviados en la vorágine de esos tiempos convulsos, tanto
A sangre y fuego de Chaves Nogales, muerto en Londres en 1944, como la Suite francesa de Némirovsky, muerta en Auschwitz en 1942, tardaron más de 60 años en llegar a los lectores.
Guerra total ha tardado aún más años, casi 90, y en todo este tiempo (al contrario de lo que les ocurre a tantas obras recientes, que envejecen con pasmosa rapidez) no ha perdido ni un ápice de lozanía.