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El tiempo de los reyes: el relojero de Palacio pone en hora una de las mayores colecciones del mundo para exponerla al público

José Antonio Gismera, el relojero de Palacio, está restaurando 10 relojes antiguos del Palacio Real de Madrid para la exposición "La precisión del tiempo. Relojes del siglo XIX en las Colecciones Reales".

Rodrigo Naredo NúñezEl PaisFiled 2026-03-26 · 04:30 GMTLean · Center-LeftRead · 7 min
El tiempo de los reyes: el relojero de Palacio pone en hora una de las mayores colecciones del mundo para exponerla al público
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José Antonio Gismera, el relojero de Palacio, está restaurando 10 relojes antiguos del Palacio Real de Madrid para la exposición "La precisión del tiempo. Relojes del siglo XIX en las Colecciones Reales". La exposición, que tendrá lugar del 26 de marzo al 20 de septiembre en la Galería de las Colecciones Reales de Madrid, mostrará 17 piezas del siglo XIX, muchas de ellas por primera vez. Estos relojes forman parte de una colección de aproximadamente 740 relojes que Patrimonio Nacional resguarda en los Reales Sitios, considerada una de las colecciones de relojería más importantes del mundo. La colección abarca desde finales del siglo XVI hasta los primeros años del siglo XX, y una característica especial es que la mayoría de los relojes funcionan. La exposición busca completar el relato de la relojería real, centrándose en los relojes de Fernando VII e Isabel II.

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Only 17 pieces, all from the 19th century, have been selected for the exhibition.

factualVíctor Cageao, director of the Gallery
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Patrimonio Nacional safeguards about 740 clocks in the different Royal Sites.

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The exhibition 'La precisión del tiempo. Relojes del siglo XIX en las Colecciones Reales' will be held from March 26 to September 20.

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José Antonio Gismera has been the only one to repair the 230 antique clocks of the Royal Palace of Madrid for over 30 years.

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Almost all of the clocks work and are running.

quoteAmelia Aranda, conservator of the collections
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Cuando dan las doce, el lugar se convierte en un reventón de campanillas. Los soniquetes débiles permiten que las voces se sigan escuchando, pero José Antonio Gismera prefiere callar, dejando el protagonismo a un solemne ritual que ya conoce. Sonidos agudos, algunos menos, descoordinados, melódicos, juguetones. Cuando cesan, continúa con sus palabras: “Son muchos años funcionando, y aunque se portan bien, tienen su desgaste. Normal. Hay que cuidarlos mucho porque son únicos, ir con calma, pero sin que te atenace la responsabilidad”.Habla así de los 230 relojes antiguos del Palacio Real de Madrid que, desde hace más de 30 años, pasan solo por sus manos cuando el paso del tiempo que se dedican a marcar les pasa factura. En su taller en la cuarta planta del dieciochesco edificio, con vistas a la plaza de Oriente y al Teatro Real, descansan sobre las mesas más de 10 piezas variopintas que el relojero de Palacio retoca pocos días antes de hacerlas viajar a la Galería de las Colecciones Reales de Madrid. Ahí se exhibirán en la exposición La precisión del tiempo. Relojes del siglo XIX en las Colecciones Reales, del 26 de marzo al 20 de septiembre.Los suyos son una parte de los cerca de 740 que Patrimonio Nacional resguarda en los distintos Reales Sitios, una de las colecciones de relojería más importantes del mundo, que abarca desde finales del siglo XVI hasta los primeros años del siglo XX. “Una de las cosas más especiales de este conjunto es que casi todos funcionan y están en marcha”, cuenta Amelia Aranda, conservadora de las colecciones de Relojería, Platería y Luminarias de Patrimonio Nacional y comisaria de la muestra. Se encuentran en todas partes: salas abiertas al público, otras que no, despachos, pasillos, talleres. Muchos de los sitios en los que llevan cientos de años y para los que fueron adquiridos. “Ahora que los estamos retirando”, cuenta con risas Aranda, “algunos trabajadores me han dicho: ‘¡No me quites el reloj!’. No saben trabajar sin su sonido. Y hay otros que me dicen: ‘Por favor, llévatelo, no puedo más”.Ella, junto con el director de la Galería, Víctor Cageao, ha seleccionado una pequeña muestra de solo 17 piezas, todas del siglo XIX, para exponer al público, casi todas por primera vez. “En 2011 se hizo una exposición con relojes de Fernando VI, Carlos III y Carlos IV. Aquello cubría el siglo XVIII. Esta nueva muestra completa ese relato con el XIX, centrado sobre todo en los relojes de Fernando VII e Isabel II”, cuenta el director desde la mayordomía del palacio, con un reloj simpático de fondo. Simpático de nombre, no por campechano o agradable, sino porque está hecho para colocar un reloj de bolsillo en una cuna que tiene arriba, que lo regula, sincroniza la hora y le da cuerda automáticamente: una pieza única —hay cinco o seis en el mundo— de Abraham-Louis Breguet, quizá el más famoso relojero de la historia.“Son obras de arte”, sigue Cageao, “al mismo tiempo avances tecnológicos de primer nivel, y testimonio de los gustos propios de los reyes”. Pero el siglo XIX presenta un atractivo especial. Con la industrialización, los costes se redujeron e hicieron posible que, por primera vez en la historia, la hora dejase de ser patrimonio de unos pocos —o de estar disponible únicamente en la torre de la iglesia o el ayuntamiento— para pasar a ser un bien al alcance de cualquiera. “Es un siglo muy rápido, de progreso”, dice el director, y aunque los de la muestra siguen siendo artículos lujosos de reyes, sí que “permiten ver los cambios tan rápidos en la tipología” y cómo su función decorativa se fue convirtiendo en utilidad.El relojero del Palacio Real, José Antonio Gismera, pone a punto un reloj para la exposición 'La precisión del tiempo. Relojes del siglo XIX en las Colecciones Reales'.Jaime VillanuevaEl relojero de Palacio ajusta un reloj de sobremesa barroco, desprendido de su caja. Jaime VillanuevaJosé Antonio Gismera es el único relojero que se encarga de los 230 relojes del Palacio Real de Madrid. A su taller en la cuarta planta del edificio lo inundan los tictacs y, cuando trabaja, el sonido de una vieja radio de fondo.Jaime VillanuevaGismera aprendió el oficio como ayudante en ese mismo taller hace más de 30 años. Ahora, a sus 57, no hay quien aprenda de él.Jaime VillanuevaLos barrocos relojes franceses de principio de siglo, devoción de Fernando VII, muy recargados, bañados en oro, pero de maquinaria sencilla, dieron paso a otros ingleses, de Isabel II, mucho más variados, sin muchos adornos, pero más eficaces y complejos. Algunos de cabecera, de caja alta —con un péndulo de gran tamaño con un mecanismo de pesas oculto dentro de una caja de madera—, o esqueletos que muestran los engranajes, “a veces por puro orgullo de los relojeros, para que se viera la maravilla que habían creado”, aclara Aranda. También hay otros más particulares, como un autómata fumador: un hombre negro de madera que, al ritmo de los segundos, acerca y aleja un cigarro a su boca. El negrito, le apodan. “Ha sido difícil hacer la cartela de este para la exposición”, explica la comisaria, “porque, claro, la sociedad va cambiando, pero en el siglo XIX, estos se llamaban relojes de negros, que ahora entiendo que no termina de gustar, aunque eso son, representan negros porque hay toda una corriente literaria que hizo que estos relojes fueran atractivos y muy cotizados además”. Los mejores, dice, son los ingleses. “Si un francés toca las medias y las horas, el inglés también toca los cuartos. Son más precisos, fueron los primeros en implementar signos zodiacales, calendario y ecuación del tiempo [que muestra la diferencia entre el tiempo solar verdadero, o reloj de sol, y el tiempo solar medio, o reloj convencional]. Siempre decimos que si un francés entra al taller cada 10 años, el inglés lo hace cada 50”.Ya en la práctica, lo cuenta el relojero Gismera, que suscribe la apreciación de la conservadora, lo ideal es darles mantenimiento profundo cada seis o siete años, aunque depende de las necesidades de cada uno. Gismera los recorre cada semana en busca de imperfecciones que suele detectar en el sonido. “Se oye si un reloj va redondo, cojo o un poco chungueras”. Revisa tanto la marcha como la sonería de los que tienen. “El aceite suele ser el problema habitual. Procuramos que no haya roturas, así que los traemos, los desmontamos, limpiamos y cambiamos el aceite que suele espesarse y retrasa el mecanismo hasta que se detiene definitivamente”, cuenta. Sin embargo, el tiempo tampoco los perdona a ellos y el desgaste de piezas tan delicadas y pequeñas termina siendo inevitable. El propio Gismera fabrica en su taller las piezas que hagan falta: “Desde un tornillo hasta los pivotes, contaderas o pasadores. No hay repuesto y hay cosas que se van por el uso”. Lo importante es mantenerlos vivos.El relojero del Palacio Real, José Antonio Gismera, manipula un cronómetro de marina (entre 1884 y 1868), de Santiago J. M. French: un invento revolucionario pensado para funcionar en alta mar. Jaime VillanuevaUn reloj de sobremesa barroco francés (1850-1900), de un autor anónimo, del que surge la figura de Neptuno, con tridente y rodeado de tritones y delfines. Jaime VillanuevaUn detalle de un reloj de sobremesa creado por J. Hoffmeyer y Jiménez, datado entre 1850 y 1900. Jaime VillanuevaUn reloj de sobremesa (1850-1900) creado por A. Brocot y J.B Delettrez, hecho en bronce, porcelana, mármol, vidrio y metal. Jaime VillanuevaEl director de la Galería de las Colecciones reales, Víctor Cageao, enseña el reloj 'simpático', obra de Abraham-Louis Breguet y que permite colocar un reloj de bolsillo en la cuna que tiene arriba, que lo regula, sincroniza la hora y le da cuerda automáticamente.Jaime VillanuevaDe todos los que cuida, hay uno que le gusta en particular. “Es una chulada”, dice mientras abre delicadamente una pequeña caja de madera con un sencillo reloj en el centro. No hay adornos ni lujos. Es un cronómetro de marina, un reloj pensado para funcionar en alta mar. “Lo que hace es que se adapta al movimiento del barco para que no influya en la marcha”, cuenta mientras lo menea levemente para demostrar cómo la máquina se balancea y se mantiene nivelada. Aquello no solo daba a los marinos la hora, ya acostumbrados a medirla con el sol, sino que era una revolucionaria herramienta de navegación que impulsó las rutas transatlánticas al permitir a los barcos no desviarse del rumbo exacto. Marcaba a bordo la hora de un punto de referencia terrestre (Greenwich) que, comparada con la hora local, permitía fijar la posición exacta del barco, una solución al eterno problema marino de la longitud.También le corresponde a él, y solo a él, las aparentemente fáciles tareas de darle cuerda a todos una vez por semana y cambiar los horarios dos veces al año. El cambio de hora este domingo, que pillará a algunos relojes ya en la exposición, es, asegura, “el fácil”. Lo difícil no es adelantar una hora, sino atrasarla: “Es más difícil porque no se puede ir hacia atrás, ni dar la vuelta nada más, porque si tiene calendario, tienes que darle las 24 horas para que no cambie a las 12 del mediodía”. Como solo él toca los engranajes de las piezas de Palacio, divide la tarea en tres días.Entró como ayudante con apenas 20 años, antes de hacer la oposición para quedarse con el puesto de un departamento que, poco a poco, ha reducido su número de personal. El relevo generacional no lo ve fácil. “Lo que se hace aquí se aprende haciéndolo, no hay de otra. Hay que ir de menos a más”, cuenta. Aprendió de “los mejores” y ahora, con 57 años, no tiene a quién enseñar. “Es un trabajo de paciencia, pero en el que se está muy bien”, dice. Su encanto, aviso a los interesados, trae también algunos efectos secundarios: un perfeccionismo que hace que cualquier reloj que Gismera encuentra lo desconcentre si no funciona, y una ligera obsesión con su trabajo. “Te vas y dices: ‘Joder, a ver cómo me lo encuentro mañana, a ver si ha tocado bien o no ha tocado bien”, cuenta. Y otro: “Salgo de aquí y sigo con el tic tac”. Una pequeña muestra de lo que él siente la podrán escuchar quienes visiten la galería estos meses. Casi una veintena de relojes antiguos en funcionamiento. Y sus cuartos, medias y horas reverberarán sin tregua por todo el edificio. A ver si de ahí le sale algún discípulo.
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