26/03/2026 06:00 Actualizado a 26/03/2026 09:03 Habrá gobiernos de coalición entre el PP y
Vox en
Extremadura, Aragón y Castilla León. Ayer, sin ir más lejos, se anunciaba que el pacto extremeño está ya en su punto de madurez y sólo falta solemnizar su recolección. Los otros dos caerán también por su propio peso. No hay alternativa. Los andaluces irán a votar con al menos dos de esos tres ejecutivos de coalición conservadora recién estrenados. Eso se traducirá en apelaciones de
Juanma Moreno al voto útil para no depender, como sus homólogos, de
Santiago Abascal.Por su parte, Maria Jesús Montero podrá añadir a su campaña la alerta de una hipotética llegada de la ultraderecha como bastón del PP al palacio de San Telmo. Si sumamos las críticas a la gestión de los servicios públicos, la sanidad en particular, y el liderazgo de
Pedro Sánchez en el “No a la guerra”, tenemos ya impreso el manual de campaña con el que los socialistas intentarán contrarrestar el empuje derechista que las encuestas reflejan y que las elecciones previas en tres comunidades han confirmado sin matiz.Los acuerdos PP-
Vox que están por salir del horno son inevitablesLos acuerdos PP-
Vox que están por salir del horno son inevitables. La ultraderecha se despidió a la francesa de los gobiernos autonómicos en los que participaba en julio del 2024, pero ahora necesita volver. Tanto el adiós, muy buenas de entonces, como el hola de nuevo, ¿qué tal?, son movimientos tácticos sometidos al objetivo estratégico que preside la acción política de
Vox: ingresar por la puerta grande en el gobierno de España en cuanto el bloque conservador esté en condiciones de desalojar al sanchismo de la Moncloa.Que Abascal ordenase un corte de mangas autonómico en julio del 2024 tenía sentido demoscópico. Los menores inmigrantes hacinados en Canarias que había que repartir entre todas las comunidades fue una excusa, como podría haber sido cualquier otra. Lo que primaba de fondo era la intuición –acertada– de que para crecer en las encuestas había que repartir estopa a derecha e izquierda. Y eso solo resultaba creíble abandonando las responsabilidades de gobierno compartidas con los populares.
Santiago Abascal, ayer en el CongresoBorja Sanchez-Trillo / EFECasi dos años después, las necesidades son otras.
Vox anticipa ahora la presión a la que serán sometidos populares y socialistas para armar una “gran coalición” después de las próximas elecciones generales, siempre que el bloque derechista alcance el umbral de los 176 diputados y
Pedro Sánchez quede fuera de cualquier ecuación de futuro.En ese hipotético, pero plausible escenario, la operación “gran coalición” contaría con avales y prescriptores de postín, amén del empuje complaciente de la mayoría de las élites económicas, sociales y periodísticas. Armar ahora gobiernos de coalición en las comunidades autónomas, amarra y naturaliza todavía más de lo que ya lo está el binomio PP-
Vox. Y hace mucho más difícil que esa maniobra, la de importar el modelo alemán de colaboración entre derecha e izquierda clásica, tenga posibilidades de materializarse.Naturalmente todo movimiento comporta riesgos.
Vox asumirá ahora lo de no seguir creciendo en intención de voto, en la medida que puede trasladar, aunque pretenda vender lo contrario, un cierto adocenamiento voxero ante los populares antes de hora. Para subsanar ese riesgo,
Vox cuenta, por un lado, con la reacción de la izquierda. Y, por el otro, con que la mala relación entre Feijóo y Abascal siga haciendo creíble que la ultraderecha no ha venido para ayudar a los populares, sino para hacerlos pasar por el aro y, en cuanto sea posible, substituirlos. Lo cual, a decir verdad, no deja de ser cierto.Sólo que ese viaje es por etapas. Y como la carrera es larga, hay que dosificarse y atender las metas volantes. Dar y quitar en función del momento político y del objetivo concreto que hay que conquistar. En el 2024, cuando
Vox abandonó los gobiernos autonómicos, la misión era crecer en intención de voto. Ahora, dos años después, evitar que cuando llegue el momento, socialistas y populares puedan caer en la tentación de atender a los cantos de sirena de esa “gran coalición” con la que se sueña en los reservados de no pocos restaurantes en un futuro post-sanchista. El futuro que enseña el presente. De ahí el ir y el volver.