Desengañémonos, cuando la reforma de la
Rambla esté terminada dentro de algo más de un año el paseo de
Barcelona por excelencia –con el permiso del de
Gràcia– seguirá siendo un foco de atracción irresistible para el turismo de masas. Darle un vuelco radical a la
Rambla, más de allá cambiar su fisonomía a golpe de un urbanismo que no acabará de convencer a todo el mundo, parece fuera del alcance de cualquier gobierno, sea del color político que sea. Es más, tampoco creo que nadie tenga el propósito de revertir por completo una situación que, guste o más bien no, ya forma parte del ADN de esta vía urbana.El tramo final de la
Rambla ya reurbanizado Llibert TeixidoLos turistas seguirán pasando cada día a millares por la nueva vieja
Rambla como lo hacen por delante de la
Sagrada Família, por los grandes monumentos de
Roma o frente a la torre Eiffel de París. Los planes de usos y las suspensiones de licencias quizás pongan freno al crecimiento de las tiendas de souvenirs, de carcasas y complementos de la telefonía móvil, de badulaques 24 horas, de bares, restaurantes, heladerías y take away, pero los comercios situados a ambas aceras de la
Rambla y en su zona de influencia más próxima seguirán orientados principalmente al consumo del visitante.La reforma del paseo y la ampliación de la oferta cultural es una oportunidad para buscar el reequilibrioLlevamos décadas escuchando en boca de todos los alcaldes que han ido sucediéndose en esta ciudad el compromiso de sus gobiernos en recuperar la
Rambla para los barceloneses, dando por hecho que este paseo se ha convertido en poco menos que un territorio hostil para los vecinos de la capital catalana. Buenas intenciones y mejores palabras de difícil traslación a la práctica. Sin embargo, sí es cierto que en paralelo a la reforma –cuyas obras, acertadamente, han visto reducida su duración a la mitad– se abre la opción, quizás la última oportunidad, de reequilibrar la
Rambla y de hacerlo utilizando como fórmula mágica la cultura.Lee tambiénEl anuncio del inicio de las obras de rehabilitación del
Teatro Principal, cerrado desde el 2017, es en principio una buena noticia. El teatro más antiguo de
Barcelona esboza un proyecto que irá definiéndose en los próximos dos años y medio, hasta el momento de su reapertura, que se sumará al del
Centre d’Arts Digitals de Catalunya en la antigua Foneria de Canons, otro edificio abandonado durante una eternidad, y a la recuperación del
Capitol, en el otro extremo del paseo. Con el
Liceu, el Poliorama, la Virreina y Santa Mònica completarán un eje con una oferta cultural variada y que debería servir para acercar un poco más al público local a la
Rambla. En cualquier caso no está de más recordar que la viabilidad económica del sector cultural en
Barcelona también depende en buena parte del público foráneo, el mismo que es mayoría entre los visitantes de algunos de los museos y festivales de música de la ciudad.Periodista catalano-brasileño. Redactor jefe de la sección Vivir. Más de media vida en La Vanguardia